La verdad de por qué los Óscar se llaman así

Un libro del exdirector ejecutivo de la Academia de Hollywood acaba con una vieja controversia: el mérito fue de una secretaria que custodiaba los trofeos en las primeras galas y se refiere a un marino noruego

Con información de Gregorio Belinchón publicada originalmente en EL PAÍS e información de Andrés Bermea en exclusiva para CINESAURIO.COM

No es su nombre oficial, pero sí el popular. La estatuilla de los Óscar se denomina en realidad Premio de la Academia al Mérito (Academy Award® of Merit). Una de las metas era idear un método que honrara los logros extraordinarios, fomentando así los niveles de calidad superiores en todas las facetas de la producción cinematográfica…

El apelativo del trofeo más ansiado del cine se añadió años después de su primera entrega, el 16 de mayo de 1929, en el hotel Roosevelt, a solo una manzana del teatro Dolby, donde se celebra la gala en la actualidad. Aunque el alias «Óscar» se popularizó en la década de 1930, no fue adoptado oficialmente por la Academia hasta 1939. Eso sí, la Academia de Hollywood lo tiene registrado. El alias, el nombre oficial, la silueta, la estatuilla, todo… El negocio es el negocio. Pero, si no se llaman Óscar, ¿de dónde viene ese apodo? Pues de un marino noruego “alto y erguido”. Un libro sobre el primer medio siglo de vida de la institución, que se publicará en otoño en EE UU, recoge esta historia y señala a Eleanore Lilleberg, trabajadora en la Academia en los albores de los trofeos, como la creadora del alias.

Hasta ahora, se aceptaba la teoría de que Margaret Herrick fue quien bautizó el galardón (que, obviamente, no es de oro macizo, sino de britannium —una aleación de cobre, estaño y antimonio— con un baño de oro). En 1931, Herrick —entonces Margaret Gledhill por su primer matrimonio— se incorporó a la biblioteca de la Academia, y en su jornada inicial se encontró con una estatuilla, ante la que dijo: “Me recuerda a mi tío Óscar”. Según el almanaque de la Academia de Hollywood de 1947/1948, un periodista oyó la gracia y al día siguiente la publicó. Como en «Un tiro en la noche» (El hombre que mató a Liberty Valance), se imprimió la leyenda. En 1943, Herrick se convirtió en Directora Ejecutiva de la Academia, y fue la primera en negociar con una cadena de televisión la retransmisión en directo de la gala en 1953, hecho que le dio independencia económica a la institución, que hasta entonces subsistía de las cuotas de sus socios, y amplió sus programas educativos y sus actividades culturales.

Margaret Herrick, bibliotecaria y primera mujer directora ejecutiva de la Academia de Hollywood

Sin embargo, en el libro The Academy and the Award (The Coming of Age of Oscar and the Academy of Motion Picture Arts and Sciences), a la venta en Amazon.com desde el 6 Octubre 2022, Bruce Davis desmonta la historia. Y Davis sabe de qué habla: durante 22 años, hasta que se retiró en 2011, fue el director ejecutivo de la Academia. Es decir, ha contado con acceso a los archivos, a lo que se ha dedicado desde que dejó el cargo. Davis no es un cualquiera: a él se le ocurrió hace un tiempo invertir un remanente de dinero que guardaba la institución en el museo que ahora se ha convertido en el orgullo de la Academia.

según cuenta la web Deadline, que ha tenido acceso al volumen de 521 páginas centrado en los primeros 50 años de singladura de los premios, Davis ha buceado fructíferamente en legajos y hemerotecas. Para corroborar la historia de Herrick, encontró un reportaje de Los Angeles Examiner de 1938 donde Herrick explica otra versión, y asegura que solía bromear con su primer marido, Donald Gledhill, con la muletilla: “¿Cómo está tu tío Óscar?”. Primer elemento distorsionador.

Bruce Davis, en un acto de la academia en noviembre de 2010. Amanda Edwards (Getty Images)

El asunto se enreda, porque Davis lo comparó con las memorias del columnista Sidney Skolsky (Don’t Get Me Wrong—I Love Hollywood) que en 1970 contaba que bajo la presión del cierre en 1934 fue el primero en usar ese mote en homenaje a una frase de los actores de vodevil, que solían dirigirse al director de orquesta con un: “¿Tendrá un puro, Óscar?”. Por tanto, se atribuía el mérito. Sin embargo, el 16 de marzo de 1934, en New York Daily News el mismo Skolsky escribió: “Entre la profesión, a las estatuillas se les llama Óscar”. Lo cual tumba la teoría de Skolsky, que ya había anulado la de Herrick. Y siempre hubo una tercera que se quiso apuntar el hallazgo: la actriz Bette Davis.

La intérprete, que en enero de 1941 se convirtió en la primera mujer que presidió la Academia de Hollywood, cargo al que renunció a los pocos meses tras enfrentarse a la Junta Directiva, contaba en sus memorias The Lonely Life, publicadas en 1962, que fue ella quien lanzó la ocurrencia. En 1936, con su primer Óscar en la mano por ‘Peligrosa‘ (Dangerous)Bette Davis dijo —siempre según su autobiografía— que de espaldas parecía la imagen de su entonces marido, Harmon Oscar Nelson, y que por eso la estatuilla se había empezado a calificar así. Cuando a la actriz le sacaron los colores —en 1934, dos años antes, Óscar ya era su apelativo común—, se retractó.

Bette Davis, en 1936, con su Oscar por ‘Peligrosa‘ en la mano

Así pues, Bruce Davis continuó investigando. Y lo encontró escarbando en la prensa. A los Óscar los bautizó Eleanore Lilleberg, secretaria y asistente en los inicios de la Academia. Ella era la encargada de custodiar los premios en los minutos previos a las ceremonias de los primeros años de vida de la institución. Se sabía que Lilleberg era probablemente la creadora del mote, por investigaciones precedentes. Aunque no la razón. En un pequeño museo en Green Valley (California) dedicado a ella y a su hermano Einar, un gemólogo, Davis encontró las memorias inconclusas de este, donde Einar explicaba que fue Eleanore quien les llamó Oscar, por un veterano de la armada noruega —país de origen de la familia Lilleberg— que ambos habían conocido en Chicago y que, como el premio, “era alto y erguido”. Entrevistas con colegas de Lilleberg en periódicos de 1944 confirman la historia. Y así aparece en el libro de Davis, que promete revelar más secretos de los premios Oscar.

La estatuilla representa a un caballero sosteniendo una espada sobre una bobina de cine, diseñado por Cedric Gibbons.



Espectacular!

HAMILTON el musical triunfador de Broadway llega a la pantalla grande…

Presenciar «En Vivo» un espectáculo como un musical de Broadway siempre será una experiencia inigualable, pero sin duda hoy gracias al video se puede experimentar también de una manera diferente pero significativa ya que el uso de múltiples cámaras nos permite ver aspectos imposibles desde una butaca lejana tales como las expresiones en los rostros de los actores; las cámaras nos dan una experiencia totalmente inmersiva en el escenario.

Tal es el caso de HAMILTON el musical histórico que ya rebasa los diez años en escena en el majestuoso Richard Rodgers Theatre en Broadway.

Para los amantes del género musical es imperdible, pues aunque desde hace tiempo está disponible en el canal de DISNEY+ la pantalla del cine nos envuelve y el sonido nos hace sentir el ritmo de la historia.

Elementos clave en los que se basa el musical:

  • Biografía de Ron Chernow: La obra de Chernow es la fuente principal para la historia, ofreciendo un relato detallado de la vida de Alexander Hamilton. 
  • Figuras históricas: El musical se centra en la vida de Alexander Hamilton, pero también explora sus interacciones con otros personajes clave, como George Washington, Thomas Jefferson, James Madison y Aaron Burr. 
  • Revolución Americana: La narrativa sigue a Hamilton desde sus días como inmigrante caribeño que lucha por la independencia hasta su papel en la fundación de Estados Unidos. 
  • Historia temprana de Estados Unidos: La obra detalla los inicios del gobierno estadounidense y los debates que moldearon la nación. 
  • Estilos musicales: La banda sonora es una mezcla innovadora de hip-hop, R&B, jazz, soul, pop y baladas de Broadway, que da vida a los eventos y personajes históricos. 

Aunque para muchos la trama pueda parecer un tanto ajena por bordar sobre un personaje propio de la historia de los Estados Unidos, nunca sobra un poquito de cultura al respecto. Pero finalmente la dramatización y musicalización de esa fracción de la vida norteamericana se ha convertido en un espectáculo sumamente disfrutable. La parte histórica está contada de manera accesible y sin caer en lo prolijo o aburrido.

Las variaciones musicales le aplican un dinamismo que hace de la pieza algo muy llevadero y hasta divertido. La Producción con que se presenta refleja porqué Broadway es Broadwayla capital del teatro en nuestro continente-; La Dirección escénica nos lleva con gran ingenio de un lado a otro del escenario para que nunca decaiga la atención; La coreografía es un lujo del teatro moderno, las actuaciones son fenomenales gracias a un elenco de extraordinarios actores y actrices encabezados por el creador y protagonista principal Lin-Manuel Miranda.

Ojalá que la magia que resulta de combinar el teatro con el cine se siga dando para que lo mejor del mundo artístico llegue hasta las pantallas cercanas a nosotros. La había visto un par de veces en la pantalla de la televisión, pero anoche la vi en la gran pantalla del cine y resultó ser una experiencia muy gratificante. La sala tenía una ocupación de un 80% durante esta función lo que me hace pensar que al público esto le encanta. Ojalá y los programadores de los complejos cinematográficos como #Cinépolis y #Cinemex nos traigan más espectáculos como este.

Andrés Bermea


Así empezó todo

Nací en la ciudad de Monterrey, NL, México el martes 9 de diciembre de 1952. ¡Sí! Hace ya un buen tiempo… Sin embargo, los recuerdos más claros y vívidos de mi infancia y  primeros episodios significativos en mi vida, corresponden sin duda a los años qué viví en San Antonio, Texas en los E.U.A. pues a mediados de la década de los 50 mi papá fue a trabajar allá y nos llevó a la familia con él, y quién ya desde esa época siendo yo aún muy pequeño, me inició en el rito de asistir con frecuencia a las salas de cine, visitas que desde luego dejaron tan profunda huella en mí que aún recuerdo tres películas de las qué vi en la ciudad tejana:

LOS 10 MANDAMIENTOS (The Ten Commandments de 1956). Gran súper producción dirigida por el legendario Cecil B. DeMille y estelarizada por un abultado número de estrellas de la época encabezadas por Charlton Heston, Yul Brynner y Anne Baxter que vi en el cine Majestic ubicado en el 224 E. de la Calle Houston en el corazón de San Antonio.

Aún resuena en mi interior la majestuosa obertura con la música que Elmer Bernstein compuso para la película; las impactantes escenas de la apertura y el paso por el Mar Rojo y la grabación a fuego de la Tablas de la Ley.

Por alguna razón que desconozco LOS DIEZ MANDAMIENTOS llegó a México con un retraso de ¡siete años! Y en Monterrey se estrenó el martes 20 de noviembre de 1962 en los cines Juárez, Reforma y Elizondo.

Aunque también recuerdo haber visto en San Antonio cintas como: EL COLOSO INVENCIBLE (The Amazing Colossal Man de 1957 / Dirigida por Bert I. Gordon con Glenn Langan y Cathy Downs) muy probablemente la primera película de ciencia ficción que vi en mi vida y que despertó mi afición al género…

y hasta la mexicana ANDO VOLANDO BAJO de 1959 con Luis Aguilar y Pedro Armendáriz, exhibida muy probablemente en el Teatro Nacional en la esquina de la Calle Commerce y Santa Rosa, o en el cine Alameda ubicado este en el 318 W. de la Calle Houston.

Afortunadamente estos tres teatros se mantienen en pie, se han restaurado y siguen siendo centros para el arte y la cultura. Hechos que lamentablemente por el desinterés de los gobiernos estatales por la cultura no se replicaron con los templos cinematográficos de Monterrey.

Seguramente desde entonces nació mi afición al cine. Regresamos a la capital regia a fines de 1959, y la mayor parte de la niñez y adolescencia las viví en pleno centro de Monterrey, en el número 316 Oriente de la calle Mariano Matamoros, luego en una casa contigua hacia al Poniente, (Hoy parte de la tienda El Nuevo Mundo Monterrey) ambas entre las calles de Hermenegildo Galeana y Emilio Carranza, muy cerca de los abandonados o ya desaparecidos cines de aquel sector.

La ubicación resultó sumamente estratégica pues estaba prácticamente rodeado de salas de cine. Primero hago un recorrido rápido para “peinar la zona”… Eso todavía lo puedo hacer… y que abarca las décadas de los 60 y 70s. Más adelante abundaré sobre cada una de las salas de cine, mis recuerdos y anécdotas.

A tan sólo dos cuadras y media, al Oriente sobre la Avenida Zaragoza entre las calles de Mariano Matamoros y Padre Mier se encontraba el Gran Cinema ELIZONDO, un poco más hacia el Norte en la esquina de Zaragoza con Juan Ignacio Ramón el REX (Luego reconstruido a principios de los años 70 como el OLYMPIA. Con la reconstrucción probablemente se aprovechó el espacio de lo que había sido el anfiteatro del Rex y se construyó el ATENEA) y más al Norte pero sobre la Calle Washington entre la Av. Zaragoza y la calle Juan Zuazua el PALACIO que tras una remodelación fue llamado LATINO. Vagos recuerdos tengo también del cine ZARAGOZA ubicado en la esquina Norponiente de Zaragoza y Washington.

Sobre la Avenida Juárez entre 5 de Mayo y Washington estuvo el nuevo, espléndido y moderno cine JUÁREZ que por mucho tiempo fue la sala principal para películas de estreno en la ciudad. Poco más al Norte sobre la misma avenida el tradicional Teatro Cine REAL RODRÍGUEZ entre las calles José Silvestre Aramberri y José Modesto Arreola.

Por los rumbos de la Alameda Mariano Escobedo estaban:

El colosal MONTERREY, sobre la citada calle de Aramberri en la esquina con Privada Alameda y exactamente frente a la Alameda.

El MARÍA TEREZA MONTOYA (Tereza así con “Z”) originalmente un teatro inaugurado en 1954 que fue acondicionado para proyecciones de cine y ubicado frente a la Alameda Mariano Escobedo –que merecerá también comentario especial por haber sido el primero en la ciudad de Monterrey con proyección en película de 70mm. y sonido estereofónico de 6 canales.

Subiendo al Norte sobre la calle Julián Villagrán se ubicaban: El ALAMEDA en el 515 Nte. de 1939 (Luego llamado VERSALLES) entre Santiago Tapia y casi llegando a Isaac Garza en la acera Noreste. El majestuoso ENCANTO, en la esquina Noroeste con Isaac Garza. Unos pasos al Norte y sobre la misma acera el BERNARDO REYES entre las calles de Isaac Garza y Gral. Jerónimo Treviño. Data de 1942. El entrañable ARACELI muy cerca de estos tres sobre el No. 740 de Isaac Garza, entre José T. Villagómez y Amado Nervo.

Sobre la Calzada Madero recuerdo especialmente cuatro salas en ese sector.

El LÍRICO en el 137 poniente de la acera Norte en la Ave. Francisco I. Madero, entre las calles de Colegio Civil y la Av. Benito Juárez. El REFORMA, hermano gemelo del cine Monterrey y también considerado un cine colosal por su capacidad para recibir hasta 4,500+ personas cómodamente, se ubicaba sobre la Calzada Madero en la acera Sur entre las calles de Hermenegildo Galeana y Emilio Carranza. El teatro FLORIDA estaba ubicado en la acera Norte también entre las calles de Hermenegildo Galeana y Emilio Carranza.

El cine MARAVILLAS un tanto más hacia el Oriente estuvo localizado en la calle Dr. José María Coss 930 Nte. entre la propia Calzada Madero y Arteaga.

Ya más alejado se encontraban: El cine Brasil que tras una remodelación fue llamado Sala CHAPLIN ubicada en la calle de Héroes del 47, en 815 Nte. Entre José Ma. Arteaga y Gral. Carlos Salazar.

Sobre la Avenida Venustiano Carranza al Norte, el AMÉRICA entre Jerónimo Treviño y Gral. Carlos Salazar. Al Sur en la esquina de Venustiano Carranza y la Avenida Constitución se ubicó la sala BUÑUEL.

Más posteriores y que más bien corresponden a mi adolescencia están el RÍO 70 Un espectacular domo geodésico en la calle Serafín Peña Sur, 1051, entre Melchor Ocampo y la Ave. Constitución inaugurado en 1969.

El CUAUHTÉMOC 70 ubicado en Washington 505, esquina con la Ave. Cuauhtémoc en el Centro de Monterrey.

Desde luego hubo varias más salas de cine en Monterrey como el RALY, que merece comentarios especiales en otro artículo; el CINERAMA 2000 en Ruíz Cortínez y la Ave. Gonzalitos, en un edificio perteneciente a los Servicios de Agua y Drenaje de Monterrey o al Sindicato; el 2001 también sobre J. Villagrán muy cerca del Alameda/Versalles y luego convertido a templo, pero no los conocí.

Las colonias de Monterrey también contaron con otras salas cinematográficas como por ejemplo el EDÉN (luego AZTECA, luego INDEPENDENCIA) en la Calle Querétaro esquina con calle Independencia precisamente en la colonia Independencia.

En la colonia Del Valle, sobre la calle Río Orinoco estuvo el CINEMA DEL VALLE entre Río Grijalva y Río Tamazunchale. Y en la misma colonia dieron funciones un par de salas en el CINE MOLL DEL VALLE, en el centro comercial del mismo nombre a las que se podía acceder por la Av. José Vasconcelos.

Todos esos cines fueron en buena medida mi patio de juego, especialmente el ELIZONDO en donde incluso llegué a entablar amistad con los proyeccionistas Don Agustín Briones y Don Santiago Alcorta quienes siendo yo apenas un mocoso me permitían entrar a la cabina de proyección y hasta “ayudarles” en su trabajo. Esto me facilitó que al llegar a la entrada del cine, sólo le dijera al “boletero” que recogía los cartoncillos de entrada -que iba a la caseta de proyección- y así me colaba subiendo por una de las escaleras laterales en color verde en forma de caracol (generalmente cerradas para el público) hasta el anfiteatro de aquélla catedral en donde estaba ubicada la “caseta” y que alojaba dos poderosos proyectores, pues en ese entonces las películas llegaban a los cines en unas “latas” metálicas conteniendo los rollos de la película con una duración de 10 minutos cada uno, por tanto cada cinta de largometraje de 35 mm requería de 9 o más rollos dependiendo de su duración total.

Entonces para qué la proyección fuera continua, los rollos impares iban en un proyector y los pares en el otro, así que cuando finalizaba la proyección del primer rollo, el operador o “Cácaro” accionaba el otro y estaban sincronizados con un mecanismo de tal manera que para el público era prácticamente imperceptible el cambio de rollo y de proyector. Sólo los conocedores se percataban de las marcas en la imagen que indicaban al operador que al rollo le quedaban 20 y luego 10 segundos para terminar. Cuando una película se exhibiría por varios días y a fin de hacer menos cambios de proyectores, se transferían los rollos a bobinas o carretes de dos en dos, disminuyendo así a la mitad los cambios. Ahí aprendí a pegar las películas, se hacía un pequeño raspado en la parte baja y a lo ancho del último fotograma o cuadro de un rollo, y al primero del siguiente y se unían con acetona. Recuerdo bien que el botecito de acetona que usaban para el efecto, estaba envuelto con un buen tramo de cinta de película y así con una base mucho más amplia evitaban que el bote se volteara y se derramara el químico. “Tretas” que brindan la experiencia y el ingenio.

Recuerdo que en una ocasión se me ocurrió sacar del proyector una bobina cargada con película recién exhibida, resultó más pesada de lo que imaginé y se me cayó sobre el pedal que cortaba la proyección del otro aparato que estaba en operación, los proyeccionistas no se percataron de inmediato hasta que se empezó a escuchar la rechifla del público y al ver la pantalla en negro deshicieron rápidamente mi travesura involuntaria.

Seguramente de todas estas visitas semana a semana a estas diferentes salas viene mi gusto por las películas, y gracias a mi padre pues obviamente él fue el primero en llevarme al cine.

La TV apenas transmitía unas cuantas horas al día a partir del mediodía y fue en blanco y negro hasta 1968, no había televisión por cable (sólo en un pequeño sector de la Colonia del Valle), y mucho menos Internet o teléfonos inteligentes. Mientras muchos de mis compañeros de la escuela salían a jugar, yo me iba al cine. El recorrido será siguiendo un patrón geográfico y no histórico.

Iniciemos ahora un paseo por los cines antiguos de Monterrey… mi patio de juego…