Una película de concreto…

que no resultó nada pesada.

THE HISTORY OF CONCRETE, el debut como largometraje de John Wilson, convirtió un tema que suena gris y poco atractivo en uno de los estrenos por pantalla más llamativos de Nueva York.

Por el equipo editorial de Cinesaurio

Hay películas sobre guerras, amores imposibles, asesinos, superhéroes, galaxias lejanas y monstruos gigantes.

Y luego está una película sobre concreto.

Sí, concreto.

THE HISTORY OF CONCRETE (The History of Concrete), dirigida por John Wilson, abrió este fin de semana en una sola pantalla del IFC Center de Nueva York y consiguió uno de los mejores estrenos en la historia de esa sala. IndieWire reportó que la cinta se convirtió en el segundo debut más fuerte del recinto, solo detrás de PARÁSITOS (Parasite).

La paradoja es deliciosa: una película cuyo título parece material para una conferencia de ingeniería terminó generando funciones agotadas, presentaciones especiales y largas jornadas de exhibición. El propio IFC Center programó numerosas funciones y encuentros con Wilson durante el fin de semana.

Pero la gracia está en que la película no es realmente una clase sobre cemento, grava y resistencia estructural.

Después de terminar su serie televisiva, Wilson buscaba una nueva salida creativa y asistió a un taller sobre cómo escribir y vender películas tipo Hallmark. Entonces decidió hacer algo bastante absurdo: intentar aplicar esa fórmula narrativa a un documental sobre concreto. Ese es el punto de partida oficial de la cinta, que dura 101 minutos y es distribuida por Magnolia.

En otras palabras, Wilson tomó dos cosas que aparentemente no deberían encontrarse jamás —una fórmula romántica prefabricada y un material de construcción— y decidió mezclarlas.

Y el público respondió.

En una industria obsesionada con encontrar “la fórmula” del éxito, THE HISTORY OF CONCRETE (The History of Concrete) parece burlarse precisamente de las fórmulas. Su atractivo está en la mirada del autor, en su capacidad para encontrar historias donde los demás solo ven banquetas, edificios, grietas y muros.

Porque una buena película no siempre depende del tema.

Depende de cómo se mira.

El concreto puede ser gris, duro, frío y perfectamente inmóvil. Pero alrededor de él hay ciudades, personas, arquitectura, recuerdos, fracasos, obsesiones y decisiones humanas. Y cuando alguien sabe mirar esas cosas con suficiente curiosidad, hasta una pared puede tener algo que contar.

Tal vez por eso la película está funcionando. No porque el mundo haya despertado repentinamente con una pasión secreta por el cemento Portland, sino porque el público todavía responde a una voz original.

Y eso también es una pequeña buena noticia para el cine.

En tiempos de secuelas calculadas, universos compartidos y algoritmos tratando de adivinar qué queremos ver, una película sobre concreto llegó con una propuesta rarísima y consiguió llenar una sala.

Nada mal para un material que, en teoría, está hecho para quedarse quieto.

THE HISTORY OF CONCRETE (The History of Concrete) demuestra que en el cine hasta el tema más pesado puede volverse ligero cuando alguien sabe contar la historia.

O, dicho de otra manera:

el concreto puede pesar toneladas.

La película, por fortuna, no.



CUANDO LA NOTICIA SE CONVIERTE EN SHOW

PRIMETIME, película presentada hoy sábado en el Festival de Venecia con Robert Pattinson, revisa la frontera incómoda entre periodismo, justicia, espectáculo y rating.

Hubo un tiempo en que la noticia quería informar.

Luego descubrió la iluminación dramática, la música de suspenso, el corte a comerciales y el primer plano del conductor mirando a cámara como si acabara de descubrir el pecado original.

Robert Pattinson y Chris Hansen conductor de To Catch a Predator

Y entonces la noticia se puso maquillaje.

Ese parece ser el terreno de PRIMETIME (Primetime), película presentada este sábado 5 de septiembre en el Festival de Venecia, dirigida por Lance Oppenheim y protagonizada por Robert Pattinson. La cinta está inspirada en el polémico programa televisivo TO CATCH A PREDATOR (To Catch a Predator), aquel formato de NBC en el que cámaras ocultas, periodistas, policías y presuntos depredadores sexuales se mezclaban en una fórmula explosiva: investigación, trampa, justicia pública y televisión de alto impacto.

Robert Pattinson y Lance Oppenheim (Director) hoy sábado en Venecia

La película marca el debut de Oppenheim en la ficción narrativa, después de una trayectoria en el documental, y coloca a Pattinson en un papel inspirado en Chris Hansen, el conductor que se volvió rostro de aquel fenómeno televisivo. Hansen no participó en la producción y ha criticado el proyecto, lo que añade otra capa al asunto: incluso cuando el cine intenta revisar la televisión, la televisión revisada también reclama su versión de los hechos.

Pero lo interesante no es solo el caso concreto. Lo interesante es la pregunta que queda flotando sobre la pantalla:

¿En qué momento informar dejó de ser suficiente y empezó a convertirse en espectáculo?

Ahí PRIMETIME (Primetime) dialoga, aunque desde otro terreno, con SEPTEMBER 5 (September 5), la película de Tim Fehlbaum sobre la cobertura televisiva del ataque terrorista contra la delegación israelí en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972. Aquella cinta se centra en el equipo de ABC Sports, que de pronto pasó de narrar competencias olímpicas a transmitir en vivo una tragedia internacional.

La relación entre ambas es muy sugerente. SEPTIEMBRE 5 (September 5) mira el origen de una era: la noticia en vivo como acontecimiento global. PRIMETIME (Primetime) parece mirar una consecuencia posterior: la noticia convertida en formato, en marca, en tensión narrativa, en personaje televisivo y en producto de consumo.

Una muestra el momento en que la cámara llega a una tragedia.

La otra, el momento en que la cámara parece empezar a construir el escenario de la confrontación.

Y ahí la cosa se pone incómoda.

Porque el periodismo necesita mirar. Necesita investigar. Necesita revelar. Pero la televisión, cuando descubre que el público no solo quiere saber sino también sentir adrenalina, puede cruzar una línea delicada. La noticia deja de ser únicamente información y empieza a organizarse como relato: presentación del sospechoso, tensión, confrontación, caída y cierre moral. Casi como si la realidad pidiera estructura de película policiaca.

El problema es que la realidad no siempre obedece al guion.

Chris Hansen

En el caso de TO CATCH A PREDATOR (To Catch a Predator), el programa se volvió un fenómeno cultural en Estados Unidos, pero también fue cuestionado por sus métodos, por la colaboración entre medios y fuerzas policiales, y por el riesgo de convertir la exposición pública en castigo televisado. PRIMETIME (Primetime) toma inspiración también de un caso trágico de 2006, cuando Bill Conradt, fiscal asistente en Texas, murió por suicidio durante una operación vinculada al programa.

Por eso la película no parece tratar solo de un conductor famoso ni de una serie polémica. Trata de una pregunta que sigue viva:

¿Qué pasa cuando la televisión se coloca entre la justicia y el espectáculo?…

¿Qué ocurre cuando una cámara no solo registra una escena, sino que ayuda a convertirla en evento?…

Robert Pattinson, que en los últimos años ha construido una carrera bastante más inquieta de lo que muchos imaginaban en tiempos de vampiros crepusculares, parece encontrar aquí un papel hecho para la ambigüedad. No interpreta simplemente a un héroe ni a un villano. Interpreta a una figura mediática situada en esa zona gris donde la denuncia, el ego, la fama, la utilidad pública y el rating pueden sentarse en la misma mesa.

Y quizá por eso este tema resulta tan atractivo. Porque el cine no solo sirve para contar historias inventadas; también sirve para revisar cómo hemos contado la realidad. Nos permite mirar el aparato detrás de la imagen: la cámara, el productor, el conductor, el editor, la audiencia, el rating y esa pregunta que rara vez aparece en pantalla: ¿Quién se beneficia de que esto se vea así?

En SEPTIEMBRE 5 (September 5), la televisión enfrenta una tragedia que ocurre frente a sus cámaras.

En PRIMETIME (Primetime), la televisión parece haber aprendido a convertir la confrontación en fórmula.

Entre una y otra hay décadas de evolución mediática, pero también una misma inquietud: cuando la realidad entra a cuadro, ¿la estamos mirando… o la estamos produciendo?

Tal vez por eso estas películas incomodan. Porque no solo hablan de la televisión. Hablan de nosotros, los espectadores. De nuestra curiosidad. De nuestro morbo. De esa parte nuestra que dice “¡Qué horror!”… pero no cambia de canal.

Y ahí está el verdadero golpe.

Cuando la noticia se convierte en show, siempre hay alguien sentado enfrente, viéndola.

Por el equipo editorial de Cinesaurio


EL DESAIRE: CUANDO DECIR “NO” SE VOLVIÓ UNA CONDENA

Inspirada en el corrido de Rosita Alvírez, la película mexicana revisa una historia cantada durante décadas y la coloca frente a una realidad dolorosamente vigente: la violencia contra una mujer que intenta decidir por sí misma.

EL DESAIRE es una película de “bienes”… es decir, bien adaptada por Gabo Ramos Co guionista y Director de la película con un buen tema, bien importante y bien oportuno, la violencia contra la mujer es un asunto al que hay que entrarle hoy con mayor determinación y eficacia. Una historia bien contada; con un reparto bien elegido, bien actuada, bien fotografiada y bien musicalizada, y todo en un Saltillo que luce espectacular como un lugar cualquiera de la provincia mexicana. Está bien que la veas.

Hay canciones que conocemos tan bien que dejamos de escucharlas.

Las tarareamos, las repetimos, las oímos en fiestas, reuniones familiares, cantinas o películas, hasta que un día alguien nos obliga a poner atención y descubrimos que aquello que parecía tradición también escondía una herida abierta.

Eso ocurre con el corrido de Rosita Alvírez.

Screenshot

Ahora, la película mexicana EL DESAIRE, dirigida por Gabo Ramos, retoma esa historia popular ligada a Saltillo, Coahuila, y la mira desde una sensibilidad contemporánea. IMCINE la ha descrito como una nueva versión crítica de un corrido casi convertido en mito fundacional saltillense, pero subrayando algo esencial: vista de frente, la canción es la crónica de un feminicidio.

El corrido cuenta, en términos generales, una historia brutal: Rosita va a un baile, un hombre quiere bailar con ella, ella lo rechaza y él la mata. Durante décadas, esa tragedia fue cantada con fatalismo, humor negro o advertencia moral. Pero si quitamos el envoltorio musical, lo que queda es estremecedor: una mujer dice “no” y un hombre decide que ese “no” merece castigo.

En algunas versiones tradicionales aparece una línea reveladora: “Rosita, no me desaires, la gente lo va a notar”. Ahí asoma una clave poderosa: el rechazo no solo hiere el deseo masculino; hiere el orgullo público. El “desaire” se vuelve vergüenza social. La pista de baile se convierte en escenario, y la mirada de los demás pesa casi tanto como la negativa de Rosita.

Pero EL DESAIRE no parece quedarse únicamente en esa lectura del corrido. La película traslada la historia a un drama actual donde el detonador principal no es solo la vergüenza, sino los celos enfermizos de Juan, el novio de Rosa. Y ahí el relato se vuelve todavía más cercano e incómodo.

Juan no representa simplemente al hombre rechazado de una canción antigua. Representa una forma de violencia mucho más reconocible: la del amor confundido con posesión, la vigilancia disfrazada de preocupación, la manipulación presentada como cariño, el control manejado como prueba de interés. Ese machismo cotidiano que no siempre empieza con un golpe, sino con una pregunta, una sospecha, una prohibición, una escena de celos.

La película parece entender que la violencia no surge de la nada. Se va construyendo. Crece en frases, gestos, presiones, silencios y amenazas. Primero aparece como incomodidad. Luego como control. Después como miedo. Y cuando Rosa intenta conservar su libertad, su deseo de estudiar, trabajar, moverse y decidir, el entorno empieza a cerrarse sobre ella.

Ahí está el verdadero peso del título. EL DESAIRE puede sonar a una ofensa menor: un gesto frío, una grosería social, una negativa incómoda. Pero en esta historia la palabra carga una tragedia. Porque el problema nunca fue que Rosa desairara a alguien. El problema fue que alguien creyó tener derecho sobre ella.

Ese cambio de enfoque importa. La película no rescata el corrido para repetirlo como estampa folclórica ni para envolverlo en nostalgia norteña. Lo trae al presente para preguntarnos qué hemos estado cantando durante años y qué violencias quedaron normalizadas debajo de la música.

Porque muchas veces la cultura popular guarda historias que repetimos sin analizarlas. Canciones que parecen inocentes. Frases que se vuelven chiste. Tragedias que terminan convertidas en tradición. Y entonces el cine puede hacer algo muy valioso: detener la música por un momento y obligarnos a escuchar la letra de verdad.

EL DESAIRE merece atención precisamente por eso. No porque prometa resolver la historia de Rosita Alvírez ni porque pretenda convertir el corrido en expediente judicial. Su interés está en tomar una memoria popular mexicana y leerla desde una pregunta urgente: ¿Cuántas veces hemos llamado “celos” a lo que en realidad era control?, ¿Cuántas veces hemos confundido pasión con posesión?, ¿Cuántas veces una mujer ha tenido que pagar demasiado caro por decir que no?

Rosita no cometió una provocación.

Rosa no pertenece a nadie.

Y esa diferencia, que debería ser obvia, es justamente lo que la película viene a poner frente a nosotros.

Al final, EL DESAIRE no vuelve al corrido para adornarlo.

Vuelve para corregirnos el oído.



ADRIANA PAZ, PORTADA DE USA TODAY

EN LA EDICIÓN 2026 DE HISPANIC HERITAGE MONTH

La actriz mexicana encabeza la edición especial con la que USA TODAY celebra el Mes de la Herencia Hispana y reconoce las historias y figuras latinas que están dejando huella en Estados Unidos.

Ciudad de México, 3 septiembre de 2026.— Adriana Paz protagoniza este año la portada de Hispanic Heritage Month 2026 de USA TODAY, edición especial anual dedicada a celebrar la cultura, las historias y las aportaciones de la comunidad latina en Estados Unidos.

Bajo el encabezado “Adriana Paz: Rising Star Brings Magic to the Big Screen”, la publicación dedica su portada y una historia a la trayectoria ascendente de la actriz mexicana, coincidiendo con el Mes de la Herencia Hispana, que se celebra en Estados Unidos del 15 de septiembre al 15 de octubre.

La elección cobra especial relevancia por el espacio que estas publicaciones de USA TODAY han dado a personalidades latinas con una importante presencia en la cultura estadounidense. Figuras como Camila Cabello, Eva Longoria y Sofía Vergara han protagonizado anteriormente especiales dedicados a la comunidad hispana; en 2026, ese lugar lo ocupa Adriana Paz, colocando a una actriz mexicana al frente de esta celebración editorial.

La portada llega además en un momento clave de su carrera. En 2024, Paz hizo historia al convertirse en la primera actriz mexicana en recibir el Premio a Mejor Actriz en el Festival de Cannes, reconocimiento otorgado de manera coral a las cuatro protagonistas de Emilia Pérez, de Jacques Audiard. Ese mismo año fue nombrada Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres por el Gobierno de Francia.

En 2026, su presencia internacional continúa creciendo: La Cazadora, de Suzanne Andrews Correa, tuvo su estreno mundial en el Festival de Sundance, mientras que Ceniza en la boca, dirigida por Diego Luna, fue presentada en el Festival de Cannes dentro de la sección Proyecciones Especiales. Ambas películas forman parte actualmente de la Competencia Oficial del Festival Internacional de Cine de Morelia. A estos proyectos se suma Animals, producción dirigida, producida y protagonizada por Ben Affleck, en la que Adriana Paz forma parte del elenco principal y que se estrenará el próximo octubre en Netflix.

“Me emociona profundamente ocupar esta portada, especialmente porque forma parte de una edición que celebra nuestras historias, nuestra cultura y todo lo que la comunidad latina aporta. Mi carrera comenzó en México y me ha llevado a lugares que nunca imaginé; poder representar desde mi trabajo una pequeña parte de todo ese talento latinoamericano que existe me llena de orgullo y gratitud”, comparte Adriana Paz.

Con más de dos décadas de trayectoria, más de 30 películas, tres Premios Ariel, un Premio a Mejor Actriz en el Festival Internacional de Cine de Morelia y una nominación al Goya, la portada de Hispanic Heritage Month 2026 de USA TODAY representa un nuevo capítulo en la carrera de Adriana Paz y en su creciente presencia ante las audiencias de Estados Unidos.



DOLLY PARTON: CONVIRTIÓ LAS LENTEJUELAS EN LUZ PROPIA

Por el equipo editorial de Cinesaurio

Dolly Parton murió este martes 25 de agosto de 2026, a los 80 años, en Nashville, Tennessee. La noticia fue confirmada por su familia y representantes. Hasta el momento no se ha informado oficialmente la causa de su muerte; distintos medios señalan que en los últimos meses había enfrentado problemas de salud, pero la versión pública disponible se limita a indicar que falleció pacíficamente.

Con Dolly Parton se va mucho más que una estrella de la música country. Se va una de esas figuras rarísimas que parecían inventadas por el propio espectáculo: voz prodigiosa, pelucas imposibles, vestidos brillantes, humor afilado, inteligencia empresarial y una capacidad enorme para reírse de sí misma antes de que alguien más intentara hacerlo.

Dolly Rebecca Parton nació el 19 de enero de 1946 en Pittman Center, Tennessee, y creció en una familia pobre de las montañas Smoky.

Dolly Parton en los Premios Óscar de 2006

Reuters recuerda que fue una de doce hijos y que su origen humilde marcó profundamente su música, sus letras y su manera de relacionarse con el público. De ahí salió una artista que nunca renegó de sus raíces, pero tampoco permitió que la encerraran en ellas.

Su carrera musical fue monumental. Escribió miles de canciones, vendió más de 100 millones de discos y dejó títulos que ya forman parte de la memoria popular: “Jolene”, “Coat of Many Colors”, “9 to 5” y, por supuesto, “I Will Always Love You”, canción que ella compuso y que décadas después Whitney Houston convirtió en fenómeno mundial. Reuters la describe como autora de aproximadamente 3,000 canciones y una de las figuras más reconocibles de la cultura popular estadounidense.

Pero en CINESAURIO nos toca mirarla también desde la pantalla. Dolly debutó en cine con COMO ELIMINAR A SU JEFE (9 to 5, 1980), junto a Jane Fonda y Lily Tomlin, una comedia laboral que hoy se recuerda como una pequeña bomba feminista envuelta en humor. IMDb señala que por esa película obtuvo una nominación al Óscar por la canción principal, además de premios Grammy por “Nine to Five”.

Después vinieron LA MEJOR CASITA DE PLACER (The Best Little Whorehouse in Texas, 1982), con Burt Reynolds; EL TAXISTA CARADURA (Rhinestone, 1984), con Sylvester Stallone; MAGNOLIAS DE ACERO (Steel Magnolias, 1989), junto a Sally Field, Shirley MacLaine, Olympia Dukakis, Daryl Hannah y Julia Roberts; FAMOSA POR ERROR (Straight Talk, 1992); y RUIDOS GOZOSOS (Joyful Noise, 2012), con Queen Latifah. Su filmografía nunca fue tan extensa como su discografía, pero sí dejó una presencia reconocible: Dolly no “aparecía” en pantalla; entraba como si la luz la hubiera estado esperando.

Como actriz tenía una virtud muy difícil: parecía natural incluso cuando todo en ella era deliberadamente actuado. Su imagen era grande, brillante, exagerada, casi de caricatura; pero detrás de esa superficie había una persona cálida, precisa, inteligente y dueña absoluta de su personaje público. Ella misma convirtió el exceso en marca personal. Las lentejuelas, el peinado, el maquillaje y el humor no eran disfraz: eran armadura, bandera y declaración de independencia.

Dolly Parton en el Songwriters Hall of Fame

Sus premios hablan de una carrera fuera de serie. Fue reconocida con múltiples Grammy; ingresó al Country Music Hall of Fame, al Songwriters Hall of Fame y al Rock & Roll Hall of Fame; recibió la National Medal of Arts y los Kennedy Center Honors. En 2025, la Academia de Hollywood anunció que Dolly Parton recibiría el Premio Humanitario Jean Hersholt, uno de los reconocimientos más importantes que otorga la industria cinematográfica por labores filantrópicas.

Y justamente ahí aparece otra Dolly: la filántropa. Su Imagination Library distribuyó millones de libros gratuitos a niños; también apoyó causas educativas, víctimas de desastres y proyectos de salud. AP recuerda que donó un millón de dólares a investigaciones relacionadas con la vacuna contra COVID-19, además de impulsar programas de lectura infantil y ayuda comunitaria.

Dolly Parton en el Rock & Roll Hall of Fame, 2022

Dolly Parton fue única porque nunca pidió permiso para ser varias cosas a la vez. Fue cantante country y estrella pop. Compositora sentimental y empresaria astuta. Mujer de fe y figura camp. Símbolo del sur estadounidense y celebridad global. Una artista profundamente popular que podía cantar una pena amorosa con absoluta sinceridad y, al minuto siguiente, soltar una broma sobre su propio escote.

Quizá por eso la quiso tanta gente tan distinta. Dolly no parecía hablar desde una torre de fama, sino desde una cocina iluminada, un camerino lleno de brillo o una carretera de Tennessee. Tenía esa cualidad rara de las estrellas verdaderas: era más grande que la vida, pero nunca dejó de sonar cercana.

En el cine, en la música y en la cultura popular, Dolly Parton deja algo más que canciones y películas. Deja una lección de identidad: se puede ser brillante sin volverse frío, poderoso sin perder ternura, famoso sin olvidar de dónde se viene.

Hoy se apaga una voz inmensa.

Pero Dolly Parton hizo lo que solo logran los artistas inolvidables: dejó suficiente luz como para que el escenario no se quede oscuro.



HOMERO TAMBIÉN VENDE PALOMITAS…

Por el equipo editorial de Cinesaurio

Durante años nos han dicho que el público ya no tiene paciencia. Que las películas largas espantan. Que las historias complejas no venden. Que si no hay superhéroes, multiversos, cameos sorpresa o muñecos coleccionables, la taquilla se pone nerviosa.

Y entonces llegó Homero.

Bueno, llegó Christopher Nolan con Homero bajo el brazo.

LA ODISEA (The Odyssey) acaba de convertirse en la película clasificación ‘R’ más taquillera de todos los tiempos, superando a DEADPOOL & WOLVERINE, que tenía el récord desde 2024. Según reportes recientes, la cinta de Nolan ya ronda los 1,400 millones de dólares a nivel mundial y también se convirtió en la película más taquillera de toda su carrera.

LA ODISEA (The Odyssey) acaba de convertirse en la película clasificación ‘R’ más taquillera de todos los tiempos, superando a DEADPOOL & WOLVERINE (Deadpool & Wolverine), que tenía el récord desde 2024. Según reportes recientes, la cinta de Nolan ya ronda los 1,400 millones de dólares a nivel mundial y también se convirtió en la película más taquillera de toda su carrera.

El dato es notable por muchas razones. Primero, porque estamos hablando de una película clasificación R en Estados Unidos, lo que limita el acceso de menores de 17 años si no van acompañados por un adulto. Segundo, porque no se trata precisamente de una comedia ligera de hora y media. Es una epopeya antigua, basada en un poema atribuido a Homero, con viaje, guerra, monstruos, dioses, regreso al hogar y bastante sufrimiento humano. Nada de “me la explicas en TikTok en treinta segundos”.

Y aun así, el público compró boleto.

Ahí está la noticia verdadera.

Nolan tomó una obra literaria que tiene casi tres mil años de antigüedad y la convirtió en acontecimiento cinematográfico. No la vendió como tarea escolar ni como lectura obligatoria con examen el lunes. La presentó como espectáculo: gran formato, reparto estelar, aventura, misterio, prestigio y esa sensación de que, si no la ves en sala, te estás perdiendo algo.

Eso es algo que Hollywood debería anotar con plumón rojo: el público no necesariamente huye de las historias ambiciosas. Huye del aburrimiento. Huye de las películas que parecen diseñadas por comité. Huye de los estrenos que prometen mucho ruido pero poca emoción. Pero cuando una película logra convencerlo de que hay una experiencia grande esperándolo, el público todavía sale de casa.

Claro, Nolan no es cualquier director. Su nombre ya funciona casi como marca de garantía. Después de BATMAN: EL CABALLERO DE LA NOCHE (The Dark Knight), EL ORIGEN (Inception), INTERESTELAR (Interstellar) y OPPENHEIMER (Oppenheimer), buena parte de la audiencia sabe que una película suya no se estrena: se anuncia como evento. Y esa diferencia cuenta.

Pero el triunfo de LA ODISEA (The Odyssey) también tiene algo de saludable provocación cultural. En una temporada dominada por franquicias, secuelas y héroes en traje ajustado, un poema épico de la Grecia antigua se sentó en la mesa de la taquilla y pidió palomitas grandes.

Y se las dieron.

El éxito no significa que mañana todos los estudios vayan a adaptar a los clásicos griegos. Tampoco veremos necesariamente una avalancha de películas sobre Sófocles, Eurípides o Hesíodo con palomera conmemorativa. Pero sí demuestra que el cine comercial todavía puede dialogar con materiales culturales profundos, antiguos y aparentemente “difíciles”, siempre que los convierta en experiencia viva.

Porque LA ODISEA (The Odyssey) no solo vende la historia de Odiseo intentando regresar a casa. Vende la promesa de un viaje. Y el cine, desde sus orígenes, ha sido precisamente eso: una invitación a sentarse en la oscuridad para ir a otro lugar.

Quizá por eso este récord importa. No solo porque Nolan rompió una marca de taquilla. No solo porque desplazó a un gigante reciente como DEADPOOL & WOLVERINE (Deadpool & Wolverine). Importa porque recuerda que el público puede seguir respondiendo a historias con peso, con tradición y con ambición, siempre que la pantalla las haga respirar.

A Hollywood le gusta pensar que la fórmula del éxito está en calcular tendencias.

Homero, desde algún rincón del Olimpo literario, acaba de sugerir otra cosa: quizá la fórmula estaba en contar bien un gran viaje.

Con monstruos, sí.

Con tragedia, también.

Pero sobre todo con una razón para que el espectador quiera subirse al barco.

Al final, la lección es sencilla: no hay que subestimar al público.

Puede que hoy vea videos cortos, series a doble velocidad y avances en el celular.

Pero si el viaje promete valer la pena, todavía compra boleto, apaga la luz y se deja llevar.

Porque, como acaba de demostrar Nolan, Homero también vende boletos de cine y  palomitas.



UN BECERRITO CON MUCHA CARNITA EN LA TAQUILLA

Niu Lai, una modestísima animación china hecha casi en casa, pasó de la burla en redes al fenómeno de taquilla. Hollywood, toma nota: a veces el público no quiere más presupuesto, quiere algo de qué hablar.

Por el equipo editorial de Cinesaurio

A ver, Hollywood, siéntate tantito. Tenemos que hablar.

Tú que a veces crees que para emocionar al público necesitas presupuestos capaces de financiar un país pequeño, estrellas con contrato blindado, computadoras sudando CGI, universos compartidos, poscréditos, precuelas, secuelas, multiversos, muñecos coleccionables y ejecutivos usando palabras como “sinergia” en juntas con café caro… resulta que una película animada china, hecha con recursos modestísimos, acaba de recordarte algo elemental:

El público no siempre necesita que lo apantallen.

A veces basta con que le despierten curiosidad.

La película se llama Niu Lai, también traducida como The Bull Comes o The Cow Is Coming, y se ha convertido en una de las historias más raras y sabrosas de la taquilla china en 2026. Se trata de una animación rudimentaria sobre un becerrito, realizada por un equipo mínimo —reportado en varios medios como una madre y su hijo— que primero fue ridiculizada en redes por su apariencia extraña, sus recursos básicos y su animación casi casera. Reuters la describió como una película hecha con presupuesto de “zapato”, mientras otros reportes han señalado cifras tan bajas como unos cuantos miles de dólares, e incluso versiones que hablan de apenas 200 dólares. Conviene tomar esa cifra con cautela, pero el punto central no cambia: esto no nació como una superproducción.

Lo más divertido es que al principio casi nadie la estaba viendo. Associated Press reportó que hubo días en que Niu Lai recaudaba apenas unos 200 yuanes, alrededor de 30 dólares, en la taquilla china. Es decir: hubo jornadas en que la película probablemente ganó menos que una familia grande gastando en palomitas, refrescos y nachos.

Pero entonces ocurrió la magia rara de Internet.

La gente empezó a compartir clips, capturas y comentarios burlones. Que si la animación parecía “terrible”. Que si los personajes eran feos. Que si aquello era tan malo que daba curiosidad. Y lo que comenzó como escarnio digital terminó convirtiéndose en campaña involuntaria. Las burlas hicieron lo que una agencia de publicidad carísima sueña con lograr: que todo mundo hablara de la película.

Y cuando todo mundo habla de una película, tarde o temprano alguien compra boleto.

Así, Niu Lai pasó de ser chiste en redes a fenómeno de taquilla. Reuters reportó que la película ya había superado los 4 millones de dólares de recaudación en China para ayer 20 de agosto, mientras otros medios destacaron que llegó a competir en rankings junto a títulos muchísimo más grandes y costosos.

Aquí es donde Hollywood debería sacar libreta y apuntar.

Porque esta historia no significa que ya no importen la técnica, el talento, la animación sofisticada o los grandes presupuestos. Claro que importan. Nadie está diciendo que Pixar deba despedir a sus animadores y comprar una laptop usada en oferta. Tampoco se trata de celebrar la mediocridad como si fuera virtud artística automática.

Pero sí nos recuerda algo que a veces la industria olvida: el éxito comercial no siempre obedece al dinero invertido. También puede nacer de la conversación, de la rareza, de la simpatía, del morbo, del entusiasmo colectivo o de esa extraña ternura que produce ver a alguien intentar algo con más ganas que recursos.

En tiempos de películas calculadas al milímetro, Niu Lai parece un accidente. Y quizá por eso funciona. Porque el público detecta cuando algo no viene pulido por veinte departamentos de mercadotecnia. Detecta cuando hay torpeza, sí, pero también impulso. Detecta cuando algo parece hecho no para cumplir con una franquicia, sino porque alguien, contra toda lógica, quiso hacerlo.

Ahí está la lección incómoda: a veces una película imperfecta puede tener más personalidad que una producción carísima diseñada para no incomodar a nadie. Y en una época donde muchos estrenos se sienten fabricados por comité, hasta lo raro, lo mal hecho o lo artesanal puede convertirse en acontecimiento.

Por supuesto, no hay que exagerar. Niu Lai no va a derrumbar el sistema de estudios ni a jubilar al CGI. Tampoco significa que mañana todas las películas deban costar lo mismo que una cena. Pero sí es un recordatorio delicioso: el cine no solo vive de perfección técnica. También vive de historias improbables, fenómenos populares y películas que nadie vio venir… porque, francamente, ni ellas mismas parecían saber hacia dónde iban.

Hollywood lleva años preguntándose cómo recuperar al público.

Tal vez la respuesta no siempre está en hacer todo más grande.

A veces está en hacer algo que la gente quiera comentar.

Aunque sea para decir: “No puede ser… tengo que ver esto”.

Y así, mientras los grandes estudios afinan sus universos, protegen sus marcas y calculan sus próximos mil millones, un becerrito animado con cara rara salió de China para recordarles una verdad incómoda:

No todo éxito necesita doctorado en cine.

A veces solo necesita una idea, terquedad, conversación… y tantito descaro.



Cinerama Dome: una de las salas de cine más icónicas del mundo está por renacer

El histórico Cinerama Dome de Los Ángeles volverá a abrir en 2028, recordándonos que la experiencia de ver películas en sala todavía tiene mucho que dar.

Por el equipo editorial de Cinesaurio

COMO CASI SE PERDIÓ EL OESTE en la pantalla del Cinerama Dome

Durante años nos dijeron que el cine estaba muriendo. Que el streaming lo había condenado. Que las salas serían cosa del pasado. Que la pantalla grande terminaría convertida en nostalgia, como las marquesinas antiguas, los intermedios y los acomodadores con linterna.

Pero resulta que el cine no estaba muerto.

Solo estaba esperando que volvieran a encenderle la cúpula.

Sony Pictures Entertainment anunció que el legendario Cinerama Dome de Los Ángeles será restaurado y reabrirá a principios de 2028, después de permanecer cerrado desde la pandemia. El recinto será operado por Alamo Drafthouse Cinema y su regreso tiene algo de resurrección cinematográfica: no hablamos de cualquier sala, sino de uno de los edificios más reconocibles de Hollywood.

Ubicado en Sunset Boulevard e inaugurado en 1963, el Cinerama Dome se volvió famoso por su enorme cúpula geodésica y por representar una época en la que ir al cine era, literalmente, entrar a otro mundo. Abrió sus puertas con EL MUNDO ESTÁ LOCO, LOCO, LOCO, LOCO (It’s a Mad, Mad, Mad, Mad World), la comedia épica de Stanley Kramer, y desde entonces quedó asociado con una idea muy poderosa: el cine podía ser más grande, más ancho y más envolvente que cualquier pantalla doméstica.

Y aquí conviene explicar algo para las nuevas generaciones:

el Cinerama no era solo el nombre de una sala bonita. Fue un sistema de exhibición espectacular que buscaba envolver al público. En su versión clásica utilizaba tres proyectores sincronizados que lanzaban tres imágenes alineadas sobre una pantalla enorme, curva y panorámica. El resultado era una experiencia inmersiva para su tiempo, como si la película sumergiera en su interior al espectador antes de que existieran las pantallas IMAX modernas o las salas premium que hoy conocemos.

Por eso el regreso del Cinerama Dome no es una noticia menor. En los años sesenta, el gran rival del cine era la televisión. Hoy, el enemigo se llama streaming, celular, algoritmo, plataforma, “lo veo luego” y “me espero a que salga en casa”. Pero la respuesta sigue siendo la misma: algunas películas no solo se ven; se habitan.

Una sala como el Cinerama Dome no es únicamente un negocio con butacas. Es una promesa. La promesa de que la imagen puede envolvernos, de que el sonido puede sacudirnos y de que la oscuridad compartida todavía conserva mucho de ritual. Ahí uno no entra nada más a consumir contenido. Entra a rendirse, por un par de horas, ante una pantalla que no cabe en la palma de la mano.

El plan anunciado busca preservar el nombre Cinerama, su imagen exterior y el carácter histórico del recinto. Ese detalle importa. Porque no todo templo necesita convertirse en restaurante con película incluida. A veces basta con que la luz se apague, la pantalla se ilumine y el público recuerde por qué salió de casa.

El regreso del Cinerama Dome no resolverá todos los problemas de la exhibición cinematográfica. No hará desaparecer el streaming. No devolverá automáticamente a todas las salas vacías a su antiguo esplendor. Pero sí manda una señal poderosa: todavía hay lugares que merecen ser salvados porque guardan algo más que funciones. Guardan memoria.

En CINESAURIO lo sabemos bien: los cines no son solo edificios. Son cápsulas de tiempo. Ahí vimos películas que nos asustaron, nos hicieron reír, nos enamoraron o nos cambiaron la vida sin pedir permiso.

Por eso la reapertura del Cinerama Dome emociona incluso a quienes nunca han comprado un boleto ahí. Porque no se trata únicamente de Los Ángeles. Se trata de defender una idea: que el cine sigue necesitando lugares donde ocurrir.

Por ahora, queda una pregunta abierta para los cinéfilos más técnicos: ¿con qué formato -o formatos- proyectará el Dome cuando reabra? Aunque el nombre Cinerama remite al sistema clásico de tres proyectores sincronizados sobre una pantalla curva, oficialmente todavía no se ha informado con detalle si la sala recuperará ese formato histórico, si privilegiará el 70 mm, la proyección digital de gran formato, o una combinación de tecnologías. Habrá que esperar. Pero algo sí parece claro: el espíritu que se busca rescatar es el de una sala diseñada para que el cine vuelva a sentirse enorme.

Durante años nos dijeron que el futuro estaba en ver películas en casa.

Puede ser.

Pero, de vez en cuando, el futuro también necesita una marquesina encendida, una fila en la banqueta y una cúpula enorme recordándonos que la pantalla grande todavía sabe levantar la mirada.

El cine no ha muerto.

Solo estaba esperando que alguien volviera a abrir la puerta.



LOS GATOS TAMBIÉN VAN AL CINE…

Y ARAÑAN LA TAQUILLA

Por el equipo editorial de Cinesaurio

En una cartelera dominada por superhéroes, epopeyas mitológicas y grandes campañas de mercadotecnia, apareció un competidor inesperado: los gatos.

CatVideoFest 2026, una recopilación de 74 minutos con videos de gatos seleccionados de Internet, se coló al Top 10 de la taquilla estadounidense durante el fin de semana. La película recaudó $568,414 dólares en 255 salas, con un promedio de $2,229 dólares por pantalla, superando a títulos que, en teoría, sonaban mucho más “importantes”, como una biopic de Anthony Bourdain y un documental producido por Meghan Markle y el príncipe Harry.

La pregunta es inevitable: ¿Cómo puede una colección de videos de gatos -eso que cualquiera puede ver gratis en el celular mientras finge trabajar- llevar gente a una sala de cine?

La respuesta está, precisamente, en la sala.

CatVideoFest no vende solamente videos de gatos. Vende una experiencia colectiva: reírse con desconocidos, reaccionar juntos, escuchar carcajadas alrededor y convertir algo diminuto, doméstico y viral en un pequeño evento comunitario. En otras palabras: toma lo más solitario de Internet y lo transforma en algo compartido.

El concepto no es improvisado. CatVideoFest 2026 es presentado por Oscilloscope Laboratories como una compilación de los mejores y más recientes videos felinos, seleccionados entre muchas horas de envíos, animaciones, videos musicales y clásicos de Internet.

Además, varias funciones del festival suelen tener un componente benéfico o vínculo con refugios y causas relacionadas con gatos, lo que le da al asunto una capa simpática: uno entra a ver gatos haciendo travesuras y, de paso, puede apoyar a gatos reales.

El éxito también dice algo interesante sobre el cine actual. No todo lo que funciona en pantalla grande necesita explosiones, multiversos o presupuestos imposibles. A veces basta una buena curaduría, una idea clara y una comunidad dispuesta a compartir la risa.

Porque, aceptémoslo, Internet nos acostumbró a ver gatos solos. En la cama, en el camión, en la oficina, en horarios moralmente cuestionables. Pero el cine recuerda que hasta la tontería puede volverse celebración cuando se ve acompañado.

Así que mientras Spider-Man se columpia por la taquilla y Odiseo navega mares épicos, los gatos hicieron lo suyo: entraron sigilosos, se acomodaron en el sillón… y arañaron un pedacito de Hollywood.

Al final, el cine tiene muchas vidas.

Y, al parecer, también tiene siete.


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