Una película de concreto…

que no resultó nada pesada.

THE HISTORY OF CONCRETE, el debut como largometraje de John Wilson, convirtió un tema que suena gris y poco atractivo en uno de los estrenos por pantalla más llamativos de Nueva York.

Por el equipo editorial de Cinesaurio

Hay películas sobre guerras, amores imposibles, asesinos, superhéroes, galaxias lejanas y monstruos gigantes.

Y luego está una película sobre concreto.

Sí, concreto.

THE HISTORY OF CONCRETE (The History of Concrete), dirigida por John Wilson, abrió este fin de semana en una sola pantalla del IFC Center de Nueva York y consiguió uno de los mejores estrenos en la historia de esa sala. IndieWire reportó que la cinta se convirtió en el segundo debut más fuerte del recinto, solo detrás de PARÁSITOS (Parasite).

La paradoja es deliciosa: una película cuyo título parece material para una conferencia de ingeniería terminó generando funciones agotadas, presentaciones especiales y largas jornadas de exhibición. El propio IFC Center programó numerosas funciones y encuentros con Wilson durante el fin de semana.

Pero la gracia está en que la película no es realmente una clase sobre cemento, grava y resistencia estructural.

Después de terminar su serie televisiva, Wilson buscaba una nueva salida creativa y asistió a un taller sobre cómo escribir y vender películas tipo Hallmark. Entonces decidió hacer algo bastante absurdo: intentar aplicar esa fórmula narrativa a un documental sobre concreto. Ese es el punto de partida oficial de la cinta, que dura 101 minutos y es distribuida por Magnolia.

En otras palabras, Wilson tomó dos cosas que aparentemente no deberían encontrarse jamás —una fórmula romántica prefabricada y un material de construcción— y decidió mezclarlas.

Y el público respondió.

En una industria obsesionada con encontrar “la fórmula” del éxito, THE HISTORY OF CONCRETE (The History of Concrete) parece burlarse precisamente de las fórmulas. Su atractivo está en la mirada del autor, en su capacidad para encontrar historias donde los demás solo ven banquetas, edificios, grietas y muros.

Porque una buena película no siempre depende del tema.

Depende de cómo se mira.

El concreto puede ser gris, duro, frío y perfectamente inmóvil. Pero alrededor de él hay ciudades, personas, arquitectura, recuerdos, fracasos, obsesiones y decisiones humanas. Y cuando alguien sabe mirar esas cosas con suficiente curiosidad, hasta una pared puede tener algo que contar.

Tal vez por eso la película está funcionando. No porque el mundo haya despertado repentinamente con una pasión secreta por el cemento Portland, sino porque el público todavía responde a una voz original.

Y eso también es una pequeña buena noticia para el cine.

En tiempos de secuelas calculadas, universos compartidos y algoritmos tratando de adivinar qué queremos ver, una película sobre concreto llegó con una propuesta rarísima y consiguió llenar una sala.

Nada mal para un material que, en teoría, está hecho para quedarse quieto.

THE HISTORY OF CONCRETE (The History of Concrete) demuestra que en el cine hasta el tema más pesado puede volverse ligero cuando alguien sabe contar la historia.

O, dicho de otra manera:

el concreto puede pesar toneladas.

La película, por fortuna, no.



CUANDO LA NOTICIA SE CONVIERTE EN SHOW

PRIMETIME, película presentada hoy sábado en el Festival de Venecia con Robert Pattinson, revisa la frontera incómoda entre periodismo, justicia, espectáculo y rating.

Hubo un tiempo en que la noticia quería informar.

Luego descubrió la iluminación dramática, la música de suspenso, el corte a comerciales y el primer plano del conductor mirando a cámara como si acabara de descubrir el pecado original.

Robert Pattinson y Chris Hansen conductor de To Catch a Predator

Y entonces la noticia se puso maquillaje.

Ese parece ser el terreno de PRIMETIME (Primetime), película presentada este sábado 5 de septiembre en el Festival de Venecia, dirigida por Lance Oppenheim y protagonizada por Robert Pattinson. La cinta está inspirada en el polémico programa televisivo TO CATCH A PREDATOR (To Catch a Predator), aquel formato de NBC en el que cámaras ocultas, periodistas, policías y presuntos depredadores sexuales se mezclaban en una fórmula explosiva: investigación, trampa, justicia pública y televisión de alto impacto.

Robert Pattinson y Lance Oppenheim (Director) hoy sábado en Venecia

La película marca el debut de Oppenheim en la ficción narrativa, después de una trayectoria en el documental, y coloca a Pattinson en un papel inspirado en Chris Hansen, el conductor que se volvió rostro de aquel fenómeno televisivo. Hansen no participó en la producción y ha criticado el proyecto, lo que añade otra capa al asunto: incluso cuando el cine intenta revisar la televisión, la televisión revisada también reclama su versión de los hechos.

Pero lo interesante no es solo el caso concreto. Lo interesante es la pregunta que queda flotando sobre la pantalla:

¿En qué momento informar dejó de ser suficiente y empezó a convertirse en espectáculo?

Ahí PRIMETIME (Primetime) dialoga, aunque desde otro terreno, con SEPTEMBER 5 (September 5), la película de Tim Fehlbaum sobre la cobertura televisiva del ataque terrorista contra la delegación israelí en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972. Aquella cinta se centra en el equipo de ABC Sports, que de pronto pasó de narrar competencias olímpicas a transmitir en vivo una tragedia internacional.

La relación entre ambas es muy sugerente. SEPTIEMBRE 5 (September 5) mira el origen de una era: la noticia en vivo como acontecimiento global. PRIMETIME (Primetime) parece mirar una consecuencia posterior: la noticia convertida en formato, en marca, en tensión narrativa, en personaje televisivo y en producto de consumo.

Una muestra el momento en que la cámara llega a una tragedia.

La otra, el momento en que la cámara parece empezar a construir el escenario de la confrontación.

Y ahí la cosa se pone incómoda.

Porque el periodismo necesita mirar. Necesita investigar. Necesita revelar. Pero la televisión, cuando descubre que el público no solo quiere saber sino también sentir adrenalina, puede cruzar una línea delicada. La noticia deja de ser únicamente información y empieza a organizarse como relato: presentación del sospechoso, tensión, confrontación, caída y cierre moral. Casi como si la realidad pidiera estructura de película policiaca.

El problema es que la realidad no siempre obedece al guion.

Chris Hansen

En el caso de TO CATCH A PREDATOR (To Catch a Predator), el programa se volvió un fenómeno cultural en Estados Unidos, pero también fue cuestionado por sus métodos, por la colaboración entre medios y fuerzas policiales, y por el riesgo de convertir la exposición pública en castigo televisado. PRIMETIME (Primetime) toma inspiración también de un caso trágico de 2006, cuando Bill Conradt, fiscal asistente en Texas, murió por suicidio durante una operación vinculada al programa.

Por eso la película no parece tratar solo de un conductor famoso ni de una serie polémica. Trata de una pregunta que sigue viva:

¿Qué pasa cuando la televisión se coloca entre la justicia y el espectáculo?…

¿Qué ocurre cuando una cámara no solo registra una escena, sino que ayuda a convertirla en evento?…

Robert Pattinson, que en los últimos años ha construido una carrera bastante más inquieta de lo que muchos imaginaban en tiempos de vampiros crepusculares, parece encontrar aquí un papel hecho para la ambigüedad. No interpreta simplemente a un héroe ni a un villano. Interpreta a una figura mediática situada en esa zona gris donde la denuncia, el ego, la fama, la utilidad pública y el rating pueden sentarse en la misma mesa.

Y quizá por eso este tema resulta tan atractivo. Porque el cine no solo sirve para contar historias inventadas; también sirve para revisar cómo hemos contado la realidad. Nos permite mirar el aparato detrás de la imagen: la cámara, el productor, el conductor, el editor, la audiencia, el rating y esa pregunta que rara vez aparece en pantalla: ¿Quién se beneficia de que esto se vea así?

En SEPTIEMBRE 5 (September 5), la televisión enfrenta una tragedia que ocurre frente a sus cámaras.

En PRIMETIME (Primetime), la televisión parece haber aprendido a convertir la confrontación en fórmula.

Entre una y otra hay décadas de evolución mediática, pero también una misma inquietud: cuando la realidad entra a cuadro, ¿la estamos mirando… o la estamos produciendo?

Tal vez por eso estas películas incomodan. Porque no solo hablan de la televisión. Hablan de nosotros, los espectadores. De nuestra curiosidad. De nuestro morbo. De esa parte nuestra que dice “¡Qué horror!”… pero no cambia de canal.

Y ahí está el verdadero golpe.

Cuando la noticia se convierte en show, siempre hay alguien sentado enfrente, viéndola.

Por el equipo editorial de Cinesaurio


DOLLY PARTON: CONVIRTIÓ LAS LENTEJUELAS EN LUZ PROPIA

Por el equipo editorial de Cinesaurio

Dolly Parton murió este martes 25 de agosto de 2026, a los 80 años, en Nashville, Tennessee. La noticia fue confirmada por su familia y representantes. Hasta el momento no se ha informado oficialmente la causa de su muerte; distintos medios señalan que en los últimos meses había enfrentado problemas de salud, pero la versión pública disponible se limita a indicar que falleció pacíficamente.

Con Dolly Parton se va mucho más que una estrella de la música country. Se va una de esas figuras rarísimas que parecían inventadas por el propio espectáculo: voz prodigiosa, pelucas imposibles, vestidos brillantes, humor afilado, inteligencia empresarial y una capacidad enorme para reírse de sí misma antes de que alguien más intentara hacerlo.

Dolly Rebecca Parton nació el 19 de enero de 1946 en Pittman Center, Tennessee, y creció en una familia pobre de las montañas Smoky.

Dolly Parton en los Premios Óscar de 2006

Reuters recuerda que fue una de doce hijos y que su origen humilde marcó profundamente su música, sus letras y su manera de relacionarse con el público. De ahí salió una artista que nunca renegó de sus raíces, pero tampoco permitió que la encerraran en ellas.

Su carrera musical fue monumental. Escribió miles de canciones, vendió más de 100 millones de discos y dejó títulos que ya forman parte de la memoria popular: “Jolene”, “Coat of Many Colors”, “9 to 5” y, por supuesto, “I Will Always Love You”, canción que ella compuso y que décadas después Whitney Houston convirtió en fenómeno mundial. Reuters la describe como autora de aproximadamente 3,000 canciones y una de las figuras más reconocibles de la cultura popular estadounidense.

Pero en CINESAURIO nos toca mirarla también desde la pantalla. Dolly debutó en cine con COMO ELIMINAR A SU JEFE (9 to 5, 1980), junto a Jane Fonda y Lily Tomlin, una comedia laboral que hoy se recuerda como una pequeña bomba feminista envuelta en humor. IMDb señala que por esa película obtuvo una nominación al Óscar por la canción principal, además de premios Grammy por “Nine to Five”.

Después vinieron LA MEJOR CASITA DE PLACER (The Best Little Whorehouse in Texas, 1982), con Burt Reynolds; EL TAXISTA CARADURA (Rhinestone, 1984), con Sylvester Stallone; MAGNOLIAS DE ACERO (Steel Magnolias, 1989), junto a Sally Field, Shirley MacLaine, Olympia Dukakis, Daryl Hannah y Julia Roberts; FAMOSA POR ERROR (Straight Talk, 1992); y RUIDOS GOZOSOS (Joyful Noise, 2012), con Queen Latifah. Su filmografía nunca fue tan extensa como su discografía, pero sí dejó una presencia reconocible: Dolly no “aparecía” en pantalla; entraba como si la luz la hubiera estado esperando.

Como actriz tenía una virtud muy difícil: parecía natural incluso cuando todo en ella era deliberadamente actuado. Su imagen era grande, brillante, exagerada, casi de caricatura; pero detrás de esa superficie había una persona cálida, precisa, inteligente y dueña absoluta de su personaje público. Ella misma convirtió el exceso en marca personal. Las lentejuelas, el peinado, el maquillaje y el humor no eran disfraz: eran armadura, bandera y declaración de independencia.

Dolly Parton en el Songwriters Hall of Fame

Sus premios hablan de una carrera fuera de serie. Fue reconocida con múltiples Grammy; ingresó al Country Music Hall of Fame, al Songwriters Hall of Fame y al Rock & Roll Hall of Fame; recibió la National Medal of Arts y los Kennedy Center Honors. En 2025, la Academia de Hollywood anunció que Dolly Parton recibiría el Premio Humanitario Jean Hersholt, uno de los reconocimientos más importantes que otorga la industria cinematográfica por labores filantrópicas.

Y justamente ahí aparece otra Dolly: la filántropa. Su Imagination Library distribuyó millones de libros gratuitos a niños; también apoyó causas educativas, víctimas de desastres y proyectos de salud. AP recuerda que donó un millón de dólares a investigaciones relacionadas con la vacuna contra COVID-19, además de impulsar programas de lectura infantil y ayuda comunitaria.

Dolly Parton en el Rock & Roll Hall of Fame, 2022

Dolly Parton fue única porque nunca pidió permiso para ser varias cosas a la vez. Fue cantante country y estrella pop. Compositora sentimental y empresaria astuta. Mujer de fe y figura camp. Símbolo del sur estadounidense y celebridad global. Una artista profundamente popular que podía cantar una pena amorosa con absoluta sinceridad y, al minuto siguiente, soltar una broma sobre su propio escote.

Quizá por eso la quiso tanta gente tan distinta. Dolly no parecía hablar desde una torre de fama, sino desde una cocina iluminada, un camerino lleno de brillo o una carretera de Tennessee. Tenía esa cualidad rara de las estrellas verdaderas: era más grande que la vida, pero nunca dejó de sonar cercana.

En el cine, en la música y en la cultura popular, Dolly Parton deja algo más que canciones y películas. Deja una lección de identidad: se puede ser brillante sin volverse frío, poderoso sin perder ternura, famoso sin olvidar de dónde se viene.

Hoy se apaga una voz inmensa.

Pero Dolly Parton hizo lo que solo logran los artistas inolvidables: dejó suficiente luz como para que el escenario no se quede oscuro.



HOMERO TAMBIÉN VENDE PALOMITAS…

Por el equipo editorial de Cinesaurio

Durante años nos han dicho que el público ya no tiene paciencia. Que las películas largas espantan. Que las historias complejas no venden. Que si no hay superhéroes, multiversos, cameos sorpresa o muñecos coleccionables, la taquilla se pone nerviosa.

Y entonces llegó Homero.

Bueno, llegó Christopher Nolan con Homero bajo el brazo.

LA ODISEA (The Odyssey) acaba de convertirse en la película clasificación ‘R’ más taquillera de todos los tiempos, superando a DEADPOOL & WOLVERINE, que tenía el récord desde 2024. Según reportes recientes, la cinta de Nolan ya ronda los 1,400 millones de dólares a nivel mundial y también se convirtió en la película más taquillera de toda su carrera.

LA ODISEA (The Odyssey) acaba de convertirse en la película clasificación ‘R’ más taquillera de todos los tiempos, superando a DEADPOOL & WOLVERINE (Deadpool & Wolverine), que tenía el récord desde 2024. Según reportes recientes, la cinta de Nolan ya ronda los 1,400 millones de dólares a nivel mundial y también se convirtió en la película más taquillera de toda su carrera.

El dato es notable por muchas razones. Primero, porque estamos hablando de una película clasificación R en Estados Unidos, lo que limita el acceso de menores de 17 años si no van acompañados por un adulto. Segundo, porque no se trata precisamente de una comedia ligera de hora y media. Es una epopeya antigua, basada en un poema atribuido a Homero, con viaje, guerra, monstruos, dioses, regreso al hogar y bastante sufrimiento humano. Nada de “me la explicas en TikTok en treinta segundos”.

Y aun así, el público compró boleto.

Ahí está la noticia verdadera.

Nolan tomó una obra literaria que tiene casi tres mil años de antigüedad y la convirtió en acontecimiento cinematográfico. No la vendió como tarea escolar ni como lectura obligatoria con examen el lunes. La presentó como espectáculo: gran formato, reparto estelar, aventura, misterio, prestigio y esa sensación de que, si no la ves en sala, te estás perdiendo algo.

Eso es algo que Hollywood debería anotar con plumón rojo: el público no necesariamente huye de las historias ambiciosas. Huye del aburrimiento. Huye de las películas que parecen diseñadas por comité. Huye de los estrenos que prometen mucho ruido pero poca emoción. Pero cuando una película logra convencerlo de que hay una experiencia grande esperándolo, el público todavía sale de casa.

Claro, Nolan no es cualquier director. Su nombre ya funciona casi como marca de garantía. Después de BATMAN: EL CABALLERO DE LA NOCHE (The Dark Knight), EL ORIGEN (Inception), INTERESTELAR (Interstellar) y OPPENHEIMER (Oppenheimer), buena parte de la audiencia sabe que una película suya no se estrena: se anuncia como evento. Y esa diferencia cuenta.

Pero el triunfo de LA ODISEA (The Odyssey) también tiene algo de saludable provocación cultural. En una temporada dominada por franquicias, secuelas y héroes en traje ajustado, un poema épico de la Grecia antigua se sentó en la mesa de la taquilla y pidió palomitas grandes.

Y se las dieron.

El éxito no significa que mañana todos los estudios vayan a adaptar a los clásicos griegos. Tampoco veremos necesariamente una avalancha de películas sobre Sófocles, Eurípides o Hesíodo con palomera conmemorativa. Pero sí demuestra que el cine comercial todavía puede dialogar con materiales culturales profundos, antiguos y aparentemente “difíciles”, siempre que los convierta en experiencia viva.

Porque LA ODISEA (The Odyssey) no solo vende la historia de Odiseo intentando regresar a casa. Vende la promesa de un viaje. Y el cine, desde sus orígenes, ha sido precisamente eso: una invitación a sentarse en la oscuridad para ir a otro lugar.

Quizá por eso este récord importa. No solo porque Nolan rompió una marca de taquilla. No solo porque desplazó a un gigante reciente como DEADPOOL & WOLVERINE (Deadpool & Wolverine). Importa porque recuerda que el público puede seguir respondiendo a historias con peso, con tradición y con ambición, siempre que la pantalla las haga respirar.

A Hollywood le gusta pensar que la fórmula del éxito está en calcular tendencias.

Homero, desde algún rincón del Olimpo literario, acaba de sugerir otra cosa: quizá la fórmula estaba en contar bien un gran viaje.

Con monstruos, sí.

Con tragedia, también.

Pero sobre todo con una razón para que el espectador quiera subirse al barco.

Al final, la lección es sencilla: no hay que subestimar al público.

Puede que hoy vea videos cortos, series a doble velocidad y avances en el celular.

Pero si el viaje promete valer la pena, todavía compra boleto, apaga la luz y se deja llevar.

Porque, como acaba de demostrar Nolan, Homero también vende boletos de cine y  palomitas.



UN BECERRITO CON MUCHA CARNITA EN LA TAQUILLA

Niu Lai, una modestísima animación china hecha casi en casa, pasó de la burla en redes al fenómeno de taquilla. Hollywood, toma nota: a veces el público no quiere más presupuesto, quiere algo de qué hablar.

Por el equipo editorial de Cinesaurio

A ver, Hollywood, siéntate tantito. Tenemos que hablar.

Tú que a veces crees que para emocionar al público necesitas presupuestos capaces de financiar un país pequeño, estrellas con contrato blindado, computadoras sudando CGI, universos compartidos, poscréditos, precuelas, secuelas, multiversos, muñecos coleccionables y ejecutivos usando palabras como “sinergia” en juntas con café caro… resulta que una película animada china, hecha con recursos modestísimos, acaba de recordarte algo elemental:

El público no siempre necesita que lo apantallen.

A veces basta con que le despierten curiosidad.

La película se llama Niu Lai, también traducida como The Bull Comes o The Cow Is Coming, y se ha convertido en una de las historias más raras y sabrosas de la taquilla china en 2026. Se trata de una animación rudimentaria sobre un becerrito, realizada por un equipo mínimo —reportado en varios medios como una madre y su hijo— que primero fue ridiculizada en redes por su apariencia extraña, sus recursos básicos y su animación casi casera. Reuters la describió como una película hecha con presupuesto de “zapato”, mientras otros reportes han señalado cifras tan bajas como unos cuantos miles de dólares, e incluso versiones que hablan de apenas 200 dólares. Conviene tomar esa cifra con cautela, pero el punto central no cambia: esto no nació como una superproducción.

Lo más divertido es que al principio casi nadie la estaba viendo. Associated Press reportó que hubo días en que Niu Lai recaudaba apenas unos 200 yuanes, alrededor de 30 dólares, en la taquilla china. Es decir: hubo jornadas en que la película probablemente ganó menos que una familia grande gastando en palomitas, refrescos y nachos.

Pero entonces ocurrió la magia rara de Internet.

La gente empezó a compartir clips, capturas y comentarios burlones. Que si la animación parecía “terrible”. Que si los personajes eran feos. Que si aquello era tan malo que daba curiosidad. Y lo que comenzó como escarnio digital terminó convirtiéndose en campaña involuntaria. Las burlas hicieron lo que una agencia de publicidad carísima sueña con lograr: que todo mundo hablara de la película.

Y cuando todo mundo habla de una película, tarde o temprano alguien compra boleto.

Así, Niu Lai pasó de ser chiste en redes a fenómeno de taquilla. Reuters reportó que la película ya había superado los 4 millones de dólares de recaudación en China para ayer 20 de agosto, mientras otros medios destacaron que llegó a competir en rankings junto a títulos muchísimo más grandes y costosos.

Aquí es donde Hollywood debería sacar libreta y apuntar.

Porque esta historia no significa que ya no importen la técnica, el talento, la animación sofisticada o los grandes presupuestos. Claro que importan. Nadie está diciendo que Pixar deba despedir a sus animadores y comprar una laptop usada en oferta. Tampoco se trata de celebrar la mediocridad como si fuera virtud artística automática.

Pero sí nos recuerda algo que a veces la industria olvida: el éxito comercial no siempre obedece al dinero invertido. También puede nacer de la conversación, de la rareza, de la simpatía, del morbo, del entusiasmo colectivo o de esa extraña ternura que produce ver a alguien intentar algo con más ganas que recursos.

En tiempos de películas calculadas al milímetro, Niu Lai parece un accidente. Y quizá por eso funciona. Porque el público detecta cuando algo no viene pulido por veinte departamentos de mercadotecnia. Detecta cuando hay torpeza, sí, pero también impulso. Detecta cuando algo parece hecho no para cumplir con una franquicia, sino porque alguien, contra toda lógica, quiso hacerlo.

Ahí está la lección incómoda: a veces una película imperfecta puede tener más personalidad que una producción carísima diseñada para no incomodar a nadie. Y en una época donde muchos estrenos se sienten fabricados por comité, hasta lo raro, lo mal hecho o lo artesanal puede convertirse en acontecimiento.

Por supuesto, no hay que exagerar. Niu Lai no va a derrumbar el sistema de estudios ni a jubilar al CGI. Tampoco significa que mañana todas las películas deban costar lo mismo que una cena. Pero sí es un recordatorio delicioso: el cine no solo vive de perfección técnica. También vive de historias improbables, fenómenos populares y películas que nadie vio venir… porque, francamente, ni ellas mismas parecían saber hacia dónde iban.

Hollywood lleva años preguntándose cómo recuperar al público.

Tal vez la respuesta no siempre está en hacer todo más grande.

A veces está en hacer algo que la gente quiera comentar.

Aunque sea para decir: “No puede ser… tengo que ver esto”.

Y así, mientras los grandes estudios afinan sus universos, protegen sus marcas y calculan sus próximos mil millones, un becerrito animado con cara rara salió de China para recordarles una verdad incómoda:

No todo éxito necesita doctorado en cine.

A veces solo necesita una idea, terquedad, conversación… y tantito descaro.



Cinerama Dome: una de las salas de cine más icónicas del mundo está por renacer

El histórico Cinerama Dome de Los Ángeles volverá a abrir en 2028, recordándonos que la experiencia de ver películas en sala todavía tiene mucho que dar.

Por el equipo editorial de Cinesaurio

COMO CASI SE PERDIÓ EL OESTE en la pantalla del Cinerama Dome

Durante años nos dijeron que el cine estaba muriendo. Que el streaming lo había condenado. Que las salas serían cosa del pasado. Que la pantalla grande terminaría convertida en nostalgia, como las marquesinas antiguas, los intermedios y los acomodadores con linterna.

Pero resulta que el cine no estaba muerto.

Solo estaba esperando que volvieran a encenderle la cúpula.

Sony Pictures Entertainment anunció que el legendario Cinerama Dome de Los Ángeles será restaurado y reabrirá a principios de 2028, después de permanecer cerrado desde la pandemia. El recinto será operado por Alamo Drafthouse Cinema y su regreso tiene algo de resurrección cinematográfica: no hablamos de cualquier sala, sino de uno de los edificios más reconocibles de Hollywood.

Ubicado en Sunset Boulevard e inaugurado en 1963, el Cinerama Dome se volvió famoso por su enorme cúpula geodésica y por representar una época en la que ir al cine era, literalmente, entrar a otro mundo. Abrió sus puertas con EL MUNDO ESTÁ LOCO, LOCO, LOCO, LOCO (It’s a Mad, Mad, Mad, Mad World), la comedia épica de Stanley Kramer, y desde entonces quedó asociado con una idea muy poderosa: el cine podía ser más grande, más ancho y más envolvente que cualquier pantalla doméstica.

Y aquí conviene explicar algo para las nuevas generaciones:

el Cinerama no era solo el nombre de una sala bonita. Fue un sistema de exhibición espectacular que buscaba envolver al público. En su versión clásica utilizaba tres proyectores sincronizados que lanzaban tres imágenes alineadas sobre una pantalla enorme, curva y panorámica. El resultado era una experiencia inmersiva para su tiempo, como si la película sumergiera en su interior al espectador antes de que existieran las pantallas IMAX modernas o las salas premium que hoy conocemos.

Por eso el regreso del Cinerama Dome no es una noticia menor. En los años sesenta, el gran rival del cine era la televisión. Hoy, el enemigo se llama streaming, celular, algoritmo, plataforma, “lo veo luego” y “me espero a que salga en casa”. Pero la respuesta sigue siendo la misma: algunas películas no solo se ven; se habitan.

Una sala como el Cinerama Dome no es únicamente un negocio con butacas. Es una promesa. La promesa de que la imagen puede envolvernos, de que el sonido puede sacudirnos y de que la oscuridad compartida todavía conserva mucho de ritual. Ahí uno no entra nada más a consumir contenido. Entra a rendirse, por un par de horas, ante una pantalla que no cabe en la palma de la mano.

El plan anunciado busca preservar el nombre Cinerama, su imagen exterior y el carácter histórico del recinto. Ese detalle importa. Porque no todo templo necesita convertirse en restaurante con película incluida. A veces basta con que la luz se apague, la pantalla se ilumine y el público recuerde por qué salió de casa.

El regreso del Cinerama Dome no resolverá todos los problemas de la exhibición cinematográfica. No hará desaparecer el streaming. No devolverá automáticamente a todas las salas vacías a su antiguo esplendor. Pero sí manda una señal poderosa: todavía hay lugares que merecen ser salvados porque guardan algo más que funciones. Guardan memoria.

En CINESAURIO lo sabemos bien: los cines no son solo edificios. Son cápsulas de tiempo. Ahí vimos películas que nos asustaron, nos hicieron reír, nos enamoraron o nos cambiaron la vida sin pedir permiso.

Por eso la reapertura del Cinerama Dome emociona incluso a quienes nunca han comprado un boleto ahí. Porque no se trata únicamente de Los Ángeles. Se trata de defender una idea: que el cine sigue necesitando lugares donde ocurrir.

Por ahora, queda una pregunta abierta para los cinéfilos más técnicos: ¿con qué formato -o formatos- proyectará el Dome cuando reabra? Aunque el nombre Cinerama remite al sistema clásico de tres proyectores sincronizados sobre una pantalla curva, oficialmente todavía no se ha informado con detalle si la sala recuperará ese formato histórico, si privilegiará el 70 mm, la proyección digital de gran formato, o una combinación de tecnologías. Habrá que esperar. Pero algo sí parece claro: el espíritu que se busca rescatar es el de una sala diseñada para que el cine vuelva a sentirse enorme.

Durante años nos dijeron que el futuro estaba en ver películas en casa.

Puede ser.

Pero, de vez en cuando, el futuro también necesita una marquesina encendida, una fila en la banqueta y una cúpula enorme recordándonos que la pantalla grande todavía sabe levantar la mirada.

El cine no ha muerto.

Solo estaba esperando que alguien volviera a abrir la puerta.



¡DON ALFREDO ERA UN FISGÓN!

Era un gran observador de la conducta humana, y qué mejor prueba que LA VENTANA INDISCRETA (Rear Window): Hitchcock sabía que todos miramos… aunque nos hagamos los muy decentes.

Por Andrés Bermea y Mr. Chips

Hoy 13 de agosto, el hombre de la redonda figura, el perfil inconfundible y la mirada de quien ya sabía dónde estaba escondido el cadáver, cumpliría 127 años. Su nombre: Alfred Hitchcock, aunque para la historia del cine bien podría ser simplemente Don Alfredo, señor del suspenso, maestro de la sospecha y gran fisgón profesional.

Fisgón, sí, pero con clase y con propósito.

Porque Hitchcock no miraba por mirar. Observaba. Estudiaba. Esperaba. Se asomaba -metafóricamente, claro- por la rendija de la conducta humana para descubrir qué hacemos cuando creemos que nadie nos ve. Y luego, con toda la elegancia británica del mundo, convertía esa curiosidad en cine.

Por eso su importancia va mucho más allá de haber dirigido películas famosas. Hitchcock no sólo hacía thrillers. Construía trampas emocionales. Nos sentaba cómodamente en la butaca, nos daba palomitas, apagaba la luz… y luego nos decía al oído: “Mira bien, porque aquí algo no está en su lugar”.

Y claro, uno miraba.

Ahí está LA VENTANA INDISCRETA (Rear Window), quizá su confesión más descarada. Un hombre inmóvil, mirando a sus vecinos desde su departamento, convierte el chisme vecinal en arte cinematográfico. Hitchcock sabía que todos tenemos un pequeño detective doméstico por dentro. Ese que oye un ruido raro y dice: “No me importa… pero voy a ver”. Ese que no se mete en vidas ajenas… Bueno,nomás tantito.

Pero su genio no estaba sólo en el tema. Estaba en la forma.

Hitchcock entendió que el suspenso no depende necesariamente del susto, sino de la espera. Si una bomba explota sin avisar, el público se sorprende. Pero si el público sabe que hay una bomba debajo de la mesa y los personajes siguen platicando como si estuvieran en café de señoras, entonces cada segundo se vuelve insoportable. Esa era su especialidad: no aventarnos el miedo encima, sino cocerlo a fuego lento.

Como buen gourmet -y él de comida sabía bastante-, Hitchcock no servía el suspenso crudo. Lo marinaba. Lo sazonaba. Lo dejaba reposar. Y cuando ya nos tenía con los nervios al punto exacto, entonces sí: cuchillito, sombra, escalera, ventana, tren, motel o pájaros desquiciados.

Su cine tiene algo muy particular: convierte lo cotidiano en amenaza. Una ducha puede volverse pesadilla.

Una carretera, persecución. Una ventana, tentación. Un motel de carretera, trampa. Un ramo de flores, sospecha. Una mujer elegante, misterio. Y si además era rubia, mejor todavía.

Porque sí: Don Alfredo tenía una fascinación muy conocida por las rubias. Pero no por cualquier rubia. Le interesaban esas mujeres impecables por fuera y enigmáticas por dentro: frías en apariencia, elegantes, controladas, pero capaces de esconder una tormenta completa detrás de una mirada.

Grace Kelly, Kim Novak, Tippi Hedren, Eva Marie Saint y hasta Ingrid Bergman… en su cine, la rubia no era adorno: era laberinto.

Y ahí vuelve a aparecer su verdadera grandeza: Hitchcock sabía que el peligro no siempre grita. A veces sonríe. A veces se peina perfecto. A veces toma té. A veces entra a cuadro como si nada, mientras la música y la cámara nos avisan que más vale no confiarse.

También fue un maestro de la cámara. Para él, la cámara no era una grabadora obediente. Era cómplice, testigo, acusadora y, muchas veces, fisgona también. Nos hacía mirar desde donde no deberíamos, saber lo que un personaje ignora, sospechar antes de tiempo o sentir culpa por estar disfrutando demasiado aquello que no tendríamos derecho a mirar.

DE ENTRE LOS MUERTOS (Vertigo)

En DE ENTRE LOS MUERTOS (Vertigo), la obsesión se vuelve abismo. En INTRIGA INTERNACIONAL (North By Northwest) y EN MANOS DEL DESTINO (The Man Who Knew Too Much) un hombre común acaba metido en una conspiración que no pidió, como quien se equivoca de fila y termina perseguido por medio mundo. En PSICOSIS (Psycho), Hitchcock cambió las reglas a media película y nos enseñó que nadie está a salvo, ni siquiera la protagonista… ni siquiera en la regadera. Sobre todo en la regadera.

Ese es otro punto clave: Hitchcock jugaba con nuestras expectativas. Cuando creíamos saber por dónde iba la película, él nos movía el tapete. Cuando esperábamos una explicación, nos daba una mirada de jugador de póker. Cuando queríamos alivio, nos apretaba un poquito más la cuerda. Y cuando ya estábamos demasiado tensos, soltaba una pizca de humor negro, como diciendo: “Tranquilos, esto también me divierte”.

Su contribución al cine mundial está ahí: en haber perfeccionado el lenguaje del suspenso moderno. El falso culpable, el objeto misterioso que todos persiguen -el famoso MacGuffin-, la información que el público sabe antes que los personajes, el crimen elegante, la tensión psicológica, el humor oscuro, la cámara subjetiva, el montaje como instrumento de ansiedad.

Todo eso sigue vivo en películas, series, thrillers políticos, historias de espionaje y hasta en relatos cotidianos donde alguien sospecha que el vecino no anda en buenos pasos.

Con PSICOSIS Inventó la alerta de Spoiler y le decía al público como ver su cine

Y aunque muchas veces se le recuerda como “el maestro del suspenso”, Hitchcock fue también un extraordinario director de espectadores. Sabía cómo respiramos frente a una escena, cuándo nos adelantamos, cuándo cerramos los ojos y cuándo, aunque nos dé vergüenza admitirlo, queremos seguir viendo más.

Por eso su cine sigue vigente.

Podrán cambiar los ritmos, las tecnologías, los efectos visuales y las plataformas. Pero seguimos siendo los mismos bichos curiosos de siempre. Seguimos mirando por ventanas reales o digitales. Seguimos sospechando. Seguimos queriendo saber qué hay detrás de la puerta cerrada, quién miente, quién esconde algo y por qué esa música se puso tan inquietante.

Hitchcock entendió que el cine entra por los ojos, pero se queda trabajando en la nuca.

Y quizá por eso nunca se ha ido del todo. Cada vez que una película nos hace mirar donde no debemos, cada vez que una cámara convierte un pasillo en amenaza, cada vez que el silencio pesa más que un grito, ahí anda Don Alfredo, redondito, elegante, haciendo gala de su humor en cada uno de sus famosos “cameos”; irónico, acomodándose la corbata y diciendo: “Yo les avisé”.

Así que hoy en CINESAURIO celebremos a Hitchcock no sólo como un director famoso, sino como uno de los grandes arquitectos del lenguaje cinematográfico.

El hombre que hizo del miedo una coreografía.
Del suspenso, una ciencia.
Del fisgoneo, una obra de arte.

Y del espectador, su cómplice favorito.



¡MAMÁ! ¡HAY UN DINOSAURIO EN EL PATIO!

EL FINAL DE LA CALLE OAK llega a México con aroma a 1982: vecindarios tranquilos, familias en crisis y una amenaza prehistórica que revela que, a veces, el monstruo no solo está fuera de casa.

Por Andrés Bermea y Mr. Chips

Mañana jueves 13 de agosto llega a los cines de México EL FINAL DE LA CALLE OAK (The End of Oak Street), una película que a primera vista parece vendernos una premisa irresistible: una calle residencial, una familia en crisis, un extraño evento cósmico… y dinosaurios. Sí, dinosaurios. Porque cuando la vida familiar se pone complicada, Hollywood siempre puede empeorarla con una criatura prehistórica en el jardín.

La cinta está escrita y dirigida por David Robert Mitchell, el mismo realizador de ESTÁ DETRÁS DE TI (It Follows) y EL MISTERIO DE SILVER LAKE (Under the Silver Lake), y es producida por J. J. Abrams. El reparto lo encabezan Anne Hathaway e Ewan McGregor. La premisa plantea que un misterioso evento cósmico arranca la calle Oak de su entorno habitual y transporta a todo el vecindario a un lugar desconocido, obligando a la familia Platt a mantenerse unida para sobrevivir.

Pero lo interesante no está solamente en los dinosaurios. Lo interesante está en el vecindario.

La historia se ubica en los años ochenta -algunas reseñas la sitúan específicamente en 1982-, y ese dato abre una puerta muy sabrosa. Porque 1982 no fue cualquier año para el cine fantástico. Ese año se estrenaron dos películas fundamentales para entender cómo Hollywood convirtió la vida doméstica en territorio de asombro y amenaza: E.T. EL EXTRATERRESTRE (E.T. the Extra-Terrestrial) y POLTERGEIST: JUEGOS DIABÓLICOS (Poltergeist).

En E.T. lo imposible llega al patio de una casa común. En POLTERGEIST, el horror entra por la televisión, ese altar luminoso de la sala familiar. Las dos películas hicieron algo enorme: demostraron que la aventura ya no necesitaba castillos, galaxias lejanas o mansiones góticas. Bastaba un vecindario tranquilo, una calle silenciosa, una familia aparentemente normal… y algo raro detrás de la puerta o en la sala de la casa.

Ahí parece colocarse EL FINAL DE LA CALLE OAK (The End of Oak Street). La diferencia es que aquí no entra un monstruo a la casa: la casa, la calle y el vecindario entero son arrancados de su realidad. Es como si la tranquilidad residencial -con sus jardines, sus cocheras, sus vecinos saludando desde la banqueta- fuera levantada del suelo y arrojada a un mundo donde la cortesía vecinal ya no sirve de mucho frente a un dinosaurio con hambre.

Y entonces aparece el ángulo más interesante: el vecindario como jaula.

Porque un vecindario puede parecer refugio, pero también puede ser encierro. En esas calles perfectamente ordenadas se guardan frustraciones, matrimonios cansados, silencios familiares, sueños pospuestos y esa sensación de que la vida ya decidió por uno. Algunas reseñas han señalado precisamente a Denise, el personaje de Anne Hathaway, como una ama de casa frustrada o desencantada dentro de ese mundo doméstico aparentemente estable.

Por eso los dinosaurios pueden ser el espectáculo, pero no necesariamente el tema. El verdadero monstruo quizá no está solo afuera, rugiendo entre los árboles. También puede estar dentro: en lo que una familia no se dice, en lo que una madre quiere ser y no ha podido, en lo que un vecindario oculta debajo del pasto bien cortado.

David Robert Mitchell ya había demostrado en ESTÁ DETRÁS DE TI que sabe convertir un miedo abstracto en algo físico, cotidiano, casi inevitable. Y en EL MISTERIO DE SILVER LAKE jugó con la paranoia, los códigos ocultos y la sensación de que el mundo aparentemente normal esconde otra cosa.

Ahora, con EL FINAL DE LA CALLE OAK, Mitchell parece entrar al terreno del gran espectáculo, pero sin abandonar del todo su obsesión por lo invisible: aquello que persigue, aquello que se oculta, aquello que convierte la normalidad en amenaza.

También hay una sombra inevitable: la de PARQUE JURÁSICO (Jurassic Park), otra película donde los dinosaurios no son solo atracción, sino advertencia. Pero mientras Spielberg llevó al público a una isla diseñada para exhibir criaturas imposibles, Mitchell parece hacer lo contrario: traer lo imposible al vecindario, al lugar donde supuestamente nada debía pasar.

Y quizá por eso la premisa funciona. Porque todos entendemos esa fantasía inquietante: ¿Qué pasaría si un día nuestra calle, nuestra casa, nuestra rutina y nuestros pendientes quedaran atrapados en un lugar donde ya no sirven las reglas de siempre?

Los ochenta nos enseñaron que lo extraordinario podía aparecer en una recámara infantil, en una televisión encendida o en un cobertizo del patio. EL FINAL DE LA CALLE OAK actualiza esa advertencia con humor, aventura y dientes muy grandes.

Cuidado con desear que algo emocionante pase en el vecindario.

A veces pasa.

Y se lleva toda la cuadra.





LA BATALLA QUE COMENZÓ MIRANDO AL CIELO

Antes de dispararse el primer tiro, hubo que librar una batalla contra la incertidumbre.

Por Andrés Bermea

Desde el comienzo, PRESSURE: ‘EL DÍA D BAJO PRESIÓN’ hace una afirmación que llama la atención: ésta es una historia real. No dice solamente “basada” o “inspirada” en hechos verdaderos. Y, en lo esencial, tiene razón.

James Stagg existió. Fue el meteorólogo encargado de asesorar al general Dwight D. Eisenhower ante una de las decisiones militares más trascendentes de la Segunda Guerra Mundial. La película comprime tiempos y dramatiza algunas relaciones y enfrentamientos, pero el dilema fundamental que presenta ocurrió realmente.

Para entender la magnitud de esa decisión hay que situarnos en junio de 1944. Francia llevaba cuatro años bajo la ocupación de la Alemania nazi y los Aliados -principalmente Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá, acompañados por fuerzas de la Francia Libre y de otros países aliados- necesitaban abrir un gran frente occidental: cruzar el Canal de la Mancha, desembarcar un enorme ejército en Normandía, establecer una cabeza de playa y comenzar desde ahí la liberación de Francia y el avance hacia Alemania.

La Operación Overlord no podía ser simplemente un ataque más. Había miles de soldados preparados, barcos, aviones, armamento y meses de planificación detrás de ella. Pero todo dependía de algo que ningún general podía controlar: encontrar el momento adecuado para atacar. Una decisión equivocada podía convertir aquella gigantesca operación en una catástrofe.

Y EL DÍA D BAJO PRESIÓN tiene la inteligencia de colocarnos no tanto entre quienes van a combatir, sino junto al hombre que deberá decidir cuándo enviarlos.

Brendan Fraser es un magnífico Eisenhower

Pensemos por un momento como Eisenhower.

¿Cuál es la situación que enfrento? Tengo preparada una operación militar de dimensiones nunca vistas que depende de que fuerzas terrestres, navales y aéreas actúen prácticamente al mismo tiempo. ¿Quiénes son mis enemigos? El ejército alemán, desde luego, pero también el secreto que puede descubrirse, el tiempo que se agota, las opiniones contradictorias y algo contra lo que ningún general puede disparar: el clima.

¿Qué debo considerar? El viento, el oleaje, la visibilidad, las nubes, las mareas. Un mar demasiado bravo puede convertir las lanchas de desembarco en trampas; las nubes pueden impedir el apoyo aéreo; el viento puede dispersar a los paracaidistas y una mala combinación de condiciones puede desarticular una operación cuidadosamente planeada durante meses. Una invasión anfibia obliga a coordinar aire, tierra y mar, cada uno con necesidades meteorológicas diferentes.

¿Cuáles son mis recursos? Barcos, aviones, armas, inteligencia, soldados entrenados y una gigantesca estructura militar. Pero para decidir cuándo poner todo eso en movimiento necesito también algo aparentemente mucho más modesto: un pronóstico del tiempo.

En 1944 no existen satélites, modelos computacionales ni el Weather Channel, ni la capacidad tecnológica actual para observar de manera instantánea lo que ocurre sobre todo el Atlántico. Los meteorólogos trabajan con información limitada, frecuentemente vieja y, para complicar todavía más las cosas, no todos interpretan esos datos de la misma manera.

Andrew Scott como el «Capitán James Stagg» Una película de Focus Features. Créditos: Alex Bailey/Focus Features/StudioCanal © 2026 All Rights Reserved.

Ahí comienza verdaderamente EL DÍA D BAJO PRESIÓN.

James Stagg, interpretado espléndidamente por Andrew Scott, debe transformar ciencia e información imperfecta en una recomendación que puede afectar la vida de miles de hombres. Frente a él, Eisenhower -un Brendan Fraser (¡Insuperable!! Le anticipo nominación al Óscar) contenido, humano y cargado de responsabilidad- debe decidir a quién escuchar.

Y nosotros quedamos atrapados exactamente ahí.

¿Quién tiene razón? ¿Qué tan confiable puede ser una predicción meteorológica bajo esas condiciones? ¿Es más peligroso avanzar o esperar? ¿Cuánto puede retrasarse una operación de semejante magnitud sin perder la sorpresa? ¿Y cómo se toma finalmente una decisión cuando ninguna alternativa garantiza el éxito?

Ésa es la gran virtud de la película: conocemos históricamente el Día D, pero PRESSURE: EL DÍA D BAJO PRESIÓN consigue hacernos sentir que todavía no ha sucedido.

Y ahí encontramos también su verdadero tema.

PRESSURE no trata realmente sobre meteorología. Trata sobre tomar decisiones cuando no existe certeza.

El director Anthony Maras ha explicado que le interesaba precisamente ese conflicto: cómo un líder reconoce aquello que no sabe, determina en quién confiar y escucha incluso a quien está diciéndole exactamente lo que no desea escuchar.

Por eso resulta fascinante descubrir que una de las operaciones militares más enormes de la historia no dependió únicamente de generales, soldados, barcos y aviones.

También dependió de hombres mirando mapas, interpretando nubes y tratando de responder una pregunta aparentemente sencilla:

¿Qué va a hacer el cielo?

Y mientras ellos intentan averiguarlo, la película consigue algo admirable: que nosotros también miremos hacia arriba esperando la respuesta.

I a D: Andrew Scott, Brendan Fraser, Kerry Condon, Chris Messina y Damian Lewis Getty/Chad Griffith/Cortesía/Getty/Clint Spaulding

PRESSURE: ‘EL DÍA D BAJO PRESIÓN’ me mantuvo todo el tiempo interesado, muy entretenido, disfrutando de excelentes actuaciones de todo el reparto; una magnífica narrativa del Director Anthony Maras; así como de una cinematografía ejemplar, una edición que le da gran ritmo y una música que nos sumerge en la trama.  ¡La recomiendo!

FUENTES: Me apoyé en el ChatGPT para las consultas de las Fuentes históricas: National WWII Museum; Royal Meteorological Society; Associated Press.