EL DESAIRE: CUANDO DECIR “NO” SE VOLVIÓ UNA CONDENA

Inspirada en el corrido de Rosita Alvírez, la película mexicana revisa una historia cantada durante décadas y la coloca frente a una realidad dolorosamente vigente: la violencia contra una mujer que intenta decidir por sí misma.

EL DESAIRE es una película de “bienes”… es decir, bien adaptada por Gabo Ramos Co guionista y Director de la película con un buen tema, bien importante y bien oportuno, la violencia contra la mujer es un asunto al que hay que entrarle hoy con mayor determinación y eficacia. Una historia bien contada; con un reparto bien elegido, bien actuada, bien fotografiada y bien musicalizada, y todo en un Saltillo que luce espectacular como un lugar cualquiera de la provincia mexicana. Está bien que la veas.

Hay canciones que conocemos tan bien que dejamos de escucharlas.

Las tarareamos, las repetimos, las oímos en fiestas, reuniones familiares, cantinas o películas, hasta que un día alguien nos obliga a poner atención y descubrimos que aquello que parecía tradición también escondía una herida abierta.

Eso ocurre con el corrido de Rosita Alvírez.

Screenshot

Ahora, la película mexicana EL DESAIRE, dirigida por Gabo Ramos, retoma esa historia popular ligada a Saltillo, Coahuila, y la mira desde una sensibilidad contemporánea. IMCINE la ha descrito como una nueva versión crítica de un corrido casi convertido en mito fundacional saltillense, pero subrayando algo esencial: vista de frente, la canción es la crónica de un feminicidio.

El corrido cuenta, en términos generales, una historia brutal: Rosita va a un baile, un hombre quiere bailar con ella, ella lo rechaza y él la mata. Durante décadas, esa tragedia fue cantada con fatalismo, humor negro o advertencia moral. Pero si quitamos el envoltorio musical, lo que queda es estremecedor: una mujer dice “no” y un hombre decide que ese “no” merece castigo.

En algunas versiones tradicionales aparece una línea reveladora: “Rosita, no me desaires, la gente lo va a notar”. Ahí asoma una clave poderosa: el rechazo no solo hiere el deseo masculino; hiere el orgullo público. El “desaire” se vuelve vergüenza social. La pista de baile se convierte en escenario, y la mirada de los demás pesa casi tanto como la negativa de Rosita.

Pero EL DESAIRE no parece quedarse únicamente en esa lectura del corrido. La película traslada la historia a un drama actual donde el detonador principal no es solo la vergüenza, sino los celos enfermizos de Juan, el novio de Rosa. Y ahí el relato se vuelve todavía más cercano e incómodo.

Juan no representa simplemente al hombre rechazado de una canción antigua. Representa una forma de violencia mucho más reconocible: la del amor confundido con posesión, la vigilancia disfrazada de preocupación, la manipulación presentada como cariño, el control manejado como prueba de interés. Ese machismo cotidiano que no siempre empieza con un golpe, sino con una pregunta, una sospecha, una prohibición, una escena de celos.

La película parece entender que la violencia no surge de la nada. Se va construyendo. Crece en frases, gestos, presiones, silencios y amenazas. Primero aparece como incomodidad. Luego como control. Después como miedo. Y cuando Rosa intenta conservar su libertad, su deseo de estudiar, trabajar, moverse y decidir, el entorno empieza a cerrarse sobre ella.

Ahí está el verdadero peso del título. EL DESAIRE puede sonar a una ofensa menor: un gesto frío, una grosería social, una negativa incómoda. Pero en esta historia la palabra carga una tragedia. Porque el problema nunca fue que Rosa desairara a alguien. El problema fue que alguien creyó tener derecho sobre ella.

Ese cambio de enfoque importa. La película no rescata el corrido para repetirlo como estampa folclórica ni para envolverlo en nostalgia norteña. Lo trae al presente para preguntarnos qué hemos estado cantando durante años y qué violencias quedaron normalizadas debajo de la música.

Porque muchas veces la cultura popular guarda historias que repetimos sin analizarlas. Canciones que parecen inocentes. Frases que se vuelven chiste. Tragedias que terminan convertidas en tradición. Y entonces el cine puede hacer algo muy valioso: detener la música por un momento y obligarnos a escuchar la letra de verdad.

EL DESAIRE merece atención precisamente por eso. No porque prometa resolver la historia de Rosita Alvírez ni porque pretenda convertir el corrido en expediente judicial. Su interés está en tomar una memoria popular mexicana y leerla desde una pregunta urgente: ¿Cuántas veces hemos llamado “celos” a lo que en realidad era control?, ¿Cuántas veces hemos confundido pasión con posesión?, ¿Cuántas veces una mujer ha tenido que pagar demasiado caro por decir que no?

Rosita no cometió una provocación.

Rosa no pertenece a nadie.

Y esa diferencia, que debería ser obvia, es justamente lo que la película viene a poner frente a nosotros.

Al final, EL DESAIRE no vuelve al corrido para adornarlo.

Vuelve para corregirnos el oído.



CUANDO COMER PODÍA SER UNA SENTENCIA DE MUERTE…

Las catadoras de Hitler: Inspirada en el testimonio de Margot Wölk y en la novela de Rosella Postorino, la película mira la Segunda Guerra Mundial desde una mesa donde cada bocado podía ser el último.

Por el equipo editorial de Cinesaurio

La Segunda Guerra Mundial ha sido contada muchas veces desde el campo de batalla, desde los discursos de los dictadores, desde los mapas militares, desde los campos de concentración, desde la resistencia y desde las ruinas.

Pero LAS CATADORAS DE HITLER (Le assaggiatrici, conocida internacionalmente como The Tasters) elige un lugar mucho más íntimo y perturbador: una mesa servida.

La película, dirigida por Silvio Soldini, llega a cines de todo México este jueves 20 de agosto. SensaCine México la registra como drama histórico y biográfico, con duración de 2 horas y 3 minutos, y la presenta como una historia basada en la novela de Rosella Postorino, inspirada a su vez en el testimonio de Margot Wölk, considerada la única sobreviviente del grupo de mujeres que probaron la comida de Hitler.

La premisa es tan sencilla como escalofriante: Rosa y otras mujeres son reclutadas por las SS para probar los alimentos destinados al Führer y asegurarse de que no estén envenenados. En otras palabras, son obligadas a comer para que otro no muera.

Ahí está el golpe de la historia

La comida, que normalmente asociamos con hogar, cuidado, reunión familiar y vida, se convierte aquí en una ruleta rusa silenciosa. Cada plato puede ser una comida… o una ejecución disfrazada de rutina. Cada bocado tiene suspenso. Cada sobremesa puede ser una cuenta regresiva.

Lo más inquietante es que estas mujeres no están en el centro del poder, pero son usadas por el poder. No deciden la guerra, no firman órdenes, no diseñan estrategias militares. Y, sin embargo, sus cuerpos se vuelven una especie de filtro humano para proteger al dictador más temido de Europa. La película parte de ese punto incómodo: incluso lejos del frente, la guerra encontraba la manera de sentarse a la mesa.

El origen literario también tiene peso. La cinta adapta la novela Le assaggiatrici, de Rosella Postorino, publicada en 2018 y reconocida con el Premio Campiello. El libro se inspiró en Margot Wölk, quien rompió su silencio en 2012, ya nonagenaria, al contar que había formado parte de aquel grupo de mujeres obligadas a probar los alimentos de Hitler cerca de la llamada Guarida del Lobo.

Desde luego, conviene hacer una precisión: no estamos ante un documental, sino ante una ficción inspirada en un episodio histórico. La propia crítica internacional ha señalado que la película toma el punto de partida real y lo desarrolla dramáticamente a través de personajes y conflictos narrativos. Cineuropa describe la cinta como una adaptación del best seller de Postorino y destaca que Soldini pone el foco en un grupo de mujeres sometidas a una estructura de miedo, obediencia y dominación.

Y ahí está el punto de interés: LAS CATADORAS DE HITLER (Le assaggiatrici) no parece importante solo por “hablar de Hitler”, sino por mirar la guerra desde quienes quedaron atrapadas en sus márgenes. Mujeres comunes convertidas en piezas de una maquinaria absurda, cruel y paranoica.

Adolfo Hitler, que aparece aquí cenando con su pareja, Eva Braun

Porque el miedo de Hitler a ser envenenado revela algo más que una anécdota extravagante. Muestra la lógica de un régimen construido sobre la desconfianza, la vigilancia y la idea de que cualquier persona podía ser utilizada, incluso para algo tan básico como comer.

La recepción crítica, por cierto, no ha sido unánime. The Guardian fue severo con la película y la consideró una adaptación poco convincente, mientras otros medios han resaltado más el valor de su premisa histórica y el punto de vista femenino de la historia. Eso también ayuda a colocarla en su justo sitio: quizá no estamos ante una obra maestra segura, pero sí ante una película con un tema suficientemente poderoso como para provocar conversación.

Y a veces eso basta para que una cinta merezca atención.

Porque LAS CATADORAS DE HITLER (Le assaggiatrici) nos recuerda que la guerra no solo se mide por bombas, batallas o cifras. También se mide por los miedos cotidianos que impone. Por la pérdida de libertad. Por la obediencia forzada. Por la angustia de sentarse frente a un plato sin saber si uno se levantará de la mesa.

En el cine, muchas veces hemos visto a personajes luchar por sobrevivir en trincheras, bosques, cárceles o campos minados.

Aquí la trinchera es el comedor.

Y el enemigo puede venir servido en porcelana.




¡MAMÁ! ¡HAY UN DINOSAURIO EN EL PATIO!

EL FINAL DE LA CALLE OAK llega a México con aroma a 1982: vecindarios tranquilos, familias en crisis y una amenaza prehistórica que revela que, a veces, el monstruo no solo está fuera de casa.

Por Andrés Bermea y Mr. Chips

Mañana jueves 13 de agosto llega a los cines de México EL FINAL DE LA CALLE OAK (The End of Oak Street), una película que a primera vista parece vendernos una premisa irresistible: una calle residencial, una familia en crisis, un extraño evento cósmico… y dinosaurios. Sí, dinosaurios. Porque cuando la vida familiar se pone complicada, Hollywood siempre puede empeorarla con una criatura prehistórica en el jardín.

La cinta está escrita y dirigida por David Robert Mitchell, el mismo realizador de ESTÁ DETRÁS DE TI (It Follows) y EL MISTERIO DE SILVER LAKE (Under the Silver Lake), y es producida por J. J. Abrams. El reparto lo encabezan Anne Hathaway e Ewan McGregor. La premisa plantea que un misterioso evento cósmico arranca la calle Oak de su entorno habitual y transporta a todo el vecindario a un lugar desconocido, obligando a la familia Platt a mantenerse unida para sobrevivir.

Pero lo interesante no está solamente en los dinosaurios. Lo interesante está en el vecindario.

La historia se ubica en los años ochenta -algunas reseñas la sitúan específicamente en 1982-, y ese dato abre una puerta muy sabrosa. Porque 1982 no fue cualquier año para el cine fantástico. Ese año se estrenaron dos películas fundamentales para entender cómo Hollywood convirtió la vida doméstica en territorio de asombro y amenaza: E.T. EL EXTRATERRESTRE (E.T. the Extra-Terrestrial) y POLTERGEIST: JUEGOS DIABÓLICOS (Poltergeist).

En E.T. lo imposible llega al patio de una casa común. En POLTERGEIST, el horror entra por la televisión, ese altar luminoso de la sala familiar. Las dos películas hicieron algo enorme: demostraron que la aventura ya no necesitaba castillos, galaxias lejanas o mansiones góticas. Bastaba un vecindario tranquilo, una calle silenciosa, una familia aparentemente normal… y algo raro detrás de la puerta o en la sala de la casa.

Ahí parece colocarse EL FINAL DE LA CALLE OAK (The End of Oak Street). La diferencia es que aquí no entra un monstruo a la casa: la casa, la calle y el vecindario entero son arrancados de su realidad. Es como si la tranquilidad residencial -con sus jardines, sus cocheras, sus vecinos saludando desde la banqueta- fuera levantada del suelo y arrojada a un mundo donde la cortesía vecinal ya no sirve de mucho frente a un dinosaurio con hambre.

Y entonces aparece el ángulo más interesante: el vecindario como jaula.

Porque un vecindario puede parecer refugio, pero también puede ser encierro. En esas calles perfectamente ordenadas se guardan frustraciones, matrimonios cansados, silencios familiares, sueños pospuestos y esa sensación de que la vida ya decidió por uno. Algunas reseñas han señalado precisamente a Denise, el personaje de Anne Hathaway, como una ama de casa frustrada o desencantada dentro de ese mundo doméstico aparentemente estable.

Por eso los dinosaurios pueden ser el espectáculo, pero no necesariamente el tema. El verdadero monstruo quizá no está solo afuera, rugiendo entre los árboles. También puede estar dentro: en lo que una familia no se dice, en lo que una madre quiere ser y no ha podido, en lo que un vecindario oculta debajo del pasto bien cortado.

David Robert Mitchell ya había demostrado en ESTÁ DETRÁS DE TI que sabe convertir un miedo abstracto en algo físico, cotidiano, casi inevitable. Y en EL MISTERIO DE SILVER LAKE jugó con la paranoia, los códigos ocultos y la sensación de que el mundo aparentemente normal esconde otra cosa.

Ahora, con EL FINAL DE LA CALLE OAK, Mitchell parece entrar al terreno del gran espectáculo, pero sin abandonar del todo su obsesión por lo invisible: aquello que persigue, aquello que se oculta, aquello que convierte la normalidad en amenaza.

También hay una sombra inevitable: la de PARQUE JURÁSICO (Jurassic Park), otra película donde los dinosaurios no son solo atracción, sino advertencia. Pero mientras Spielberg llevó al público a una isla diseñada para exhibir criaturas imposibles, Mitchell parece hacer lo contrario: traer lo imposible al vecindario, al lugar donde supuestamente nada debía pasar.

Y quizá por eso la premisa funciona. Porque todos entendemos esa fantasía inquietante: ¿Qué pasaría si un día nuestra calle, nuestra casa, nuestra rutina y nuestros pendientes quedaran atrapados en un lugar donde ya no sirven las reglas de siempre?

Los ochenta nos enseñaron que lo extraordinario podía aparecer en una recámara infantil, en una televisión encendida o en un cobertizo del patio. EL FINAL DE LA CALLE OAK actualiza esa advertencia con humor, aventura y dientes muy grandes.

Cuidado con desear que algo emocionante pase en el vecindario.

A veces pasa.

Y se lleva toda la cuadra.





LA BATALLA QUE COMENZÓ MIRANDO AL CIELO

Antes de dispararse el primer tiro, hubo que librar una batalla contra la incertidumbre.

Por Andrés Bermea

Desde el comienzo, PRESSURE: ‘EL DÍA D BAJO PRESIÓN’ hace una afirmación que llama la atención: ésta es una historia real. No dice solamente “basada” o “inspirada” en hechos verdaderos. Y, en lo esencial, tiene razón.

James Stagg existió. Fue el meteorólogo encargado de asesorar al general Dwight D. Eisenhower ante una de las decisiones militares más trascendentes de la Segunda Guerra Mundial. La película comprime tiempos y dramatiza algunas relaciones y enfrentamientos, pero el dilema fundamental que presenta ocurrió realmente.

Para entender la magnitud de esa decisión hay que situarnos en junio de 1944. Francia llevaba cuatro años bajo la ocupación de la Alemania nazi y los Aliados -principalmente Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá, acompañados por fuerzas de la Francia Libre y de otros países aliados- necesitaban abrir un gran frente occidental: cruzar el Canal de la Mancha, desembarcar un enorme ejército en Normandía, establecer una cabeza de playa y comenzar desde ahí la liberación de Francia y el avance hacia Alemania.

La Operación Overlord no podía ser simplemente un ataque más. Había miles de soldados preparados, barcos, aviones, armamento y meses de planificación detrás de ella. Pero todo dependía de algo que ningún general podía controlar: encontrar el momento adecuado para atacar. Una decisión equivocada podía convertir aquella gigantesca operación en una catástrofe.

Y EL DÍA D BAJO PRESIÓN tiene la inteligencia de colocarnos no tanto entre quienes van a combatir, sino junto al hombre que deberá decidir cuándo enviarlos.

Brendan Fraser es un magnífico Eisenhower

Pensemos por un momento como Eisenhower.

¿Cuál es la situación que enfrento? Tengo preparada una operación militar de dimensiones nunca vistas que depende de que fuerzas terrestres, navales y aéreas actúen prácticamente al mismo tiempo. ¿Quiénes son mis enemigos? El ejército alemán, desde luego, pero también el secreto que puede descubrirse, el tiempo que se agota, las opiniones contradictorias y algo contra lo que ningún general puede disparar: el clima.

¿Qué debo considerar? El viento, el oleaje, la visibilidad, las nubes, las mareas. Un mar demasiado bravo puede convertir las lanchas de desembarco en trampas; las nubes pueden impedir el apoyo aéreo; el viento puede dispersar a los paracaidistas y una mala combinación de condiciones puede desarticular una operación cuidadosamente planeada durante meses. Una invasión anfibia obliga a coordinar aire, tierra y mar, cada uno con necesidades meteorológicas diferentes.

¿Cuáles son mis recursos? Barcos, aviones, armas, inteligencia, soldados entrenados y una gigantesca estructura militar. Pero para decidir cuándo poner todo eso en movimiento necesito también algo aparentemente mucho más modesto: un pronóstico del tiempo.

En 1944 no existen satélites, modelos computacionales ni el Weather Channel, ni la capacidad tecnológica actual para observar de manera instantánea lo que ocurre sobre todo el Atlántico. Los meteorólogos trabajan con información limitada, frecuentemente vieja y, para complicar todavía más las cosas, no todos interpretan esos datos de la misma manera.

Andrew Scott como el «Capitán James Stagg» Una película de Focus Features. Créditos: Alex Bailey/Focus Features/StudioCanal © 2026 All Rights Reserved.

Ahí comienza verdaderamente EL DÍA D BAJO PRESIÓN.

James Stagg, interpretado espléndidamente por Andrew Scott, debe transformar ciencia e información imperfecta en una recomendación que puede afectar la vida de miles de hombres. Frente a él, Eisenhower -un Brendan Fraser (¡Insuperable!! Le anticipo nominación al Óscar) contenido, humano y cargado de responsabilidad- debe decidir a quién escuchar.

Y nosotros quedamos atrapados exactamente ahí.

¿Quién tiene razón? ¿Qué tan confiable puede ser una predicción meteorológica bajo esas condiciones? ¿Es más peligroso avanzar o esperar? ¿Cuánto puede retrasarse una operación de semejante magnitud sin perder la sorpresa? ¿Y cómo se toma finalmente una decisión cuando ninguna alternativa garantiza el éxito?

Ésa es la gran virtud de la película: conocemos históricamente el Día D, pero PRESSURE: EL DÍA D BAJO PRESIÓN consigue hacernos sentir que todavía no ha sucedido.

Y ahí encontramos también su verdadero tema.

PRESSURE no trata realmente sobre meteorología. Trata sobre tomar decisiones cuando no existe certeza.

El director Anthony Maras ha explicado que le interesaba precisamente ese conflicto: cómo un líder reconoce aquello que no sabe, determina en quién confiar y escucha incluso a quien está diciéndole exactamente lo que no desea escuchar.

Por eso resulta fascinante descubrir que una de las operaciones militares más enormes de la historia no dependió únicamente de generales, soldados, barcos y aviones.

También dependió de hombres mirando mapas, interpretando nubes y tratando de responder una pregunta aparentemente sencilla:

¿Qué va a hacer el cielo?

Y mientras ellos intentan averiguarlo, la película consigue algo admirable: que nosotros también miremos hacia arriba esperando la respuesta.

I a D: Andrew Scott, Brendan Fraser, Kerry Condon, Chris Messina y Damian Lewis Getty/Chad Griffith/Cortesía/Getty/Clint Spaulding

PRESSURE: ‘EL DÍA D BAJO PRESIÓN’ me mantuvo todo el tiempo interesado, muy entretenido, disfrutando de excelentes actuaciones de todo el reparto; una magnífica narrativa del Director Anthony Maras; así como de una cinematografía ejemplar, una edición que le da gran ritmo y una música que nos sumerge en la trama.  ¡La recomiendo!

FUENTES: Me apoyé en el ChatGPT para las consultas de las Fuentes históricas: National WWII Museum; Royal Meteorological Society; Associated Press.





ROBIN HOOD: EL LADRÓN QUE EL CINE NUNCA DEJA JUBILARSE

Una investigación de Andrés Bermea y el equipo editorial de Cinesaurio

Hollywood vuelve a demostrar que no le gusta tirar nada a la basura. Si algo funcionó antes, se desempolva, se maquilla, se oscurece, se rejuvenece o se convierte en “nueva visión”.

Y entonces aparece LA MUERTE DE ROBIN HOOD (The Death of Robin Hood), producción de A24 protagonizada por Hugh Jackman, Jodie Comer y Bill Skarsgård. La película, dirigida y escrita por Michael Sarnoski, se estrena en los cines de México este jueves 6 de agosto, y plantea una pregunta muy CINESAURIO: ¿Otra vez Robin Hood?…

Porque, aceptémoslo, al famoso ladrón del bosque de Sherwood le han dado más oportunidades que a muchos actores de reparto. Lo hemos visto noble, aventurero, romántico, caricaturesco, paródico, musculoso, sombrío, moderno, medieval y hasta convertido en zorro animado. Entonces, ¿para qué otra versión? ¿Falta de creatividad? ¿Apuesta segura? ¿O todavía queda algo nuevo que decir sobre el hombre que robaba a los ricos para dar a los pobres?

La diferencia de LA MUERTE DE ROBIN HOOD está precisamente en que no parece interesada en el Robin Hood de la postal heroica. Sarnoski se aleja del arquero luminoso y presenta a un hombre envejecido, herido, culpable y perseguido por su propio pasado. El director ha explicado que le interesaba explorar la balada antigua sobre la muerte de Robin Hood: la idea de que una figura casi inmortal del folclor pudiera tener un final sencillo, humano y silencioso.

Este Robin no es tanto “el príncipe de los ladrones” como un bandido que empieza a preguntarse cuánto daño dejó detrás. Variety describe la propuesta como una versión más cercana a Unforgiven o Valhalla Rising que a los alegres hombres en mallas de tantas películas anteriores. Según Sarnoski, el punto era imaginar cómo habría sido realmente la vida de un bandido medieval: brutal, sucia, violenta y nada glamorosa. (Variety Australia)

Ahí está su posible aportación: no reciclar el mito para volver a vender la misma aventura, sino para desmontarla. La película pregunta qué queda del héroe cuando se apaga la leyenda. Qué pasa cuando el arco pesa, las heridas no cierran y la fama ya no alcanza para justificar la violencia. En ese sentido, LA MUERTE DE ROBIN HOOD no quiere ser el inicio de una franquicia, sino casi lo contrario: el epílogo de una figura que el cine ha tratado de mantener joven durante más de cien años.

Y vaya que Robin Hood tiene historial en pantalla. Douglas Fairbanks lo interpretó en el cine mudo en 1922. Errol Flynn lo volvió definitivo en LAS AVENTURAS DE ROBIN HOOD (The Adventures of Robin Hood en 1938), con capa, espada y sonrisa de comercial de pasta dental. Disney lo convirtió en un zorro irresistible en 1973, con la voz original de Brian Bedford (¡Magnífica la adaptación al español!). Sean Connery lo mostró maduro y melancólico en ROBIN Y MARIAN en 1976.

Kevin Costner lo volvió superproducción noventera en Robin Hood: EL PRÍNCIPE DE LOS LADRONES (Robin Hood: Prince of Thieves en 1991). Cary Elwes lo parodió con elegancia en LAS LOCAS AVENTURAS DE ROBIN HOOD (Robin Hood: Men in Tights en 1993). Russell Crowe lo hizo más guerrero en 2010, y Taron Egerton intentó relanzarlo con energía juvenil en 2018.

La trivia sabrosa: Errol Flynn, quizá el Robin Hood más icónico del cine clásico, solo interpretó al personaje una vez. Una sola película bastó para fijar durante décadas la imagen del héroe aventurero, elegante y burlón. Eso sí que es puntería.

También es curioso que Sarnoski haya reconocido la sombra de la versión animada de Disney de 1973, aquella del zorro encantador que dejó a generaciones preguntándose por qué un dibujo podía tener tanto carisma. Pero su reacción fue casi la opuesta: “eso no era una muerte tranquila”, pensó al leer la balada antigua. Y de ahí nació esta versión áspera, crepuscular y nada bailarina. (Rotten Tomatoes Editorial)

Así que sí: Hollywood vuelve a Robin Hood porque el nombre ya viene con flecha, bosque, villano y reconocimiento mundial. Pero esta vez la pregunta no es si Robin podrá derrotar al Sheriff de Nottingham. La pregunta es más incómoda: ¿Puede un héroe sobrevivir a su propia leyenda?

Tal vez por eso el personaje sigue regresando. No porque Hollywood no tenga ideas -aunque a veces hace méritos para que sospechemos-, sino porque los mitos funcionan como espejos. Cada época inventa el Robin Hood que necesita. Hubo uno para la aventura clásica, otro para la caricatura, otro para la épica, otro para la parodia y ahora uno para tiempos y públicos más escépticos: un Robin cansado, culpable, humano.

El ladrón de Sherwood todavía roba. Pero esta vez no viene por monedas.

Viene por una última oportunidad de redención.

El origen real de Robin Hood es más legendario que biográfico: no hay prueba concluyente de que haya existido un solo Robin Hood histórico al que luego “le hicieron” una balada. Lo que sí sabemos es que el nombre y las historias ya circulaban en la Inglaterra medieval: una de las referencias literarias más antiguas aparece en Piers Plowman, de finales del siglo XIV, y las primeras baladas conservadas son de los siglos XIV y XV, donde Robin aparece como un forajido/yeoman violento (campesino libre o pequeño propietario), asociado con el bosque, sus hombres y el Sheriff de Nottingham, no todavía como el noble romántico que “robaba a los ricos para dar a los pobres”. (Cambridge University Press)

Tampoco hay un autor identificado. Robin Hood nace de tradición oral, baladas populares y recreaciones sucesivas. Con el tiempo se le fueron agregando capas: Lady Marian, el tono caballeresco, la lealtad al rey Ricardo Corazón de León y el ideal de justicia social se consolidaron mucho después, especialmente a partir de versiones literarias y teatrales posteriores. En resumen: probablemente no hubo “el verdadero Robin Hood”, sino varios posibles ecos de forajidos medievales convertidos por el pueblo en mito. Y como suele pasar con los buenos mitos, cada época le puso su propia flecha.



DWAYNE JOHNSON: LA ROCA QUE VALE ORO PURO

De escorpión digital a semidiós de Disney, pasando por récord Guinness, lucha libre y taquillazos: ¿Qué tanto sabes de Dwayne Johnson?

Por Andrés Bermea y el equipo editorial de Cinesaurio

Dwayne Johnson anda muy activo este 2026. Actualmente se le ve como Maui en la versión “Live action” de MOANA, donde repite -ahora en carne, músculo, tatuajes y peluca- al semidiós que ya había interpretado con la voz en la cinta animada de 2016 y en MOANA 2. La nueva versión de Disney llegó a los cines el 10 de julio de 2026.

Y para cerrar el año, Johnson volverá a ponerse en modo videojuego salvaje con JUMANJI: EN EL MUNDO REAL (Jumanji: Open World), nueva entrega de la franquicia junto a Kevin Hart, Jack Black y Karen Gillan, programada para estrenarse el 25 de diciembre de 2026. Según reportes recientes, esta película cerraría la trilogía iniciada con JUMANJI: EN LA SELVA (Jumanji: Welcome to the Jungle).

Pero antes de convertirse en héroe familiar, estrella de acción, productor todoterreno y señor capaz de levantar media selva con una ceja, Johnson tuvo un inicio cinematográfico bastante curioso.

Pregunta para cinéfilos: ¿Recuerdas cuál fue su primera aparición en cine?

La respuesta es LA MOMIA REGRESA (The Mummy Returns, 2001), donde interpretó al Rey Escorpión. Eso sí: no era precisamente un papel de mucho diálogo. Su presencia humana era breve y la parte final del personaje quedó convertida en una criatura digital que, con los años, se volvió famosa… aunque no siempre por las mejores razones.

Y aquí viene otra trivia: ¿Qué récord Guinness consiguió después?

Guinness World Records registra que Johnson obtuvo el récord al salario más alto para un primer papel protagónico: 5.5 millones de dólares por EL REY ESCORPIÓN (The Scorpion King en 2002), derivada justamente de su aparición en La momia regresa.

¿Sabes por qué le dicen “The Rock”?

Cuando Dwayne Johnson era Rocky Maivia

El apodo nació en la lucha libre. Cuando llegó a la WWF, hoy WWE, debutó como Rocky Maivia, una combinación del nombre de su padre, el luchador Rocky Johnson, y el apellido de su abuelo materno, Peter Maivia. Pero ese personaje inicial no terminó de conectar con el público. Después, al reinventarse como luchador más arrogante, carismático y provocador, adoptó el nombre de The Rock. El propio Johnson ha contado que Pat Patterson, figura clave de la lucha libre y una especie de mentor para él, le sugirió acortar la identidad a “The Rock”.

¿Y qué personaje ha interpretado más veces en cine?…

Probablemente Luke Hobbs, de la saga RÁPIDO & FURIOSO (Fast & Furious): apareció en Fast Five, Fast & Furious 6, Furious 7, The Fate of the Furious, Hobbs & Shaw y tuvo cameo en Fast X.

Así que hoy, viendo a Maui cantar, presumir tatuajes y prepararse para regresar a JUMANJI en plena Navidad, vale recordar algo: Dwayne Johnson no llegó al cine caminando. Llegó como escorpión, sobrevivió al CGI, cambió el ring por la pantalla grande… y terminó convertido en una franquicia humana.

Tiene una figura de cera que se asemeja a él en el museo Madame Tussauds; y desde 2016, todas las películas en las que Johnson ha actuado han sido producidas por Seven Bucks Productions, que es su propia compañía.

JUMANJI se estrena el 25 de diciembre

Pregunta final para nuestros lectores:

¿Cuál es tu película favorita de Dwayne Johnson… o hay alguna que te da pena admitir que sí disfrutaste?



¿Otra vez Spider-Man? Sí… pero ahora empieza un nuevo día

Por el equipo editorial de Cinesaurio

Ya se descolgó por los cines Spider-Man: Un nuevo día (Spider-Man: Brand New Day), cuarta película en solitario de Tom Holland como el Hombre Araña dentro del Universo Cinematográfico de Marvel. Y la pregunta se impone sola: ¿De verdad necesitábamos otra película de Spider-Man?

La respuesta corta: Hollywood, seguro que sí. La taquilla también. Pero quizá el personaje todavía tiene algo más que ofrecer.

Spider-Man es una de las franquicias más rentables y resistentes del cine moderno. Ha pasado por Tobey Maguire, Andrew Garfield, Tom Holland, series animadas, multiversos, videojuegos, memes y hasta crisis existenciales con telaraña incluida. Pero su atractivo sigue siendo el mismo: Peter Parker no es un dios, ni un millonario, ni un guerrero intergaláctico. Es un muchacho con problemas, culpa, cansancio, amor, renta emocional vencida… y para colmo tiene que salvar Nueva York… ¡Uf!

Según reportes recientes, Brand New Day llega con un despliegue enorme y con Tom Holland nuevamente acompañado por Zendaya, Jacob Batalon, Mark Ruffalo y Jon Bernthal, bajo la dirección de Destin Daniel Cretton. En España incluso logró el mejor día de estreno registrado en ese mercado, con 3.2 millones de euros en su primera jornada.

¿Es Holland el mejor Spider-Man? Tal vez no hace falta coronarlo. Tobey tuvo el drama clásico, Andrew la melancolía romántica, pero Holland entiende muy bien al Peter vulnerable, torpe, joven y emocionalmente golpeado. Su Spider-Man parece cargar mochila, trauma y tarea pendiente.

Zendaya, por su parte, no interpreta a la Mary Jane tradicional. Su MJ es más seca, irónica, menos “chica ideal” y más persona real: desconfiada, inteligente, difícil de impresionar. Eso le da al romance otra textura.

Así que sí: otra película de Spider-Man. Pero mientras Peter Parker siga intentando levantarse después de cada caída, quizá todavía hay telaraña para rato.



CÓMO PREPARAR UNA PELÍCULA PALOMERA

IMPACTO MORTAL: cuando ‘Aeropuerto‘ se encontró con ‘Tiburón‘ en medio del Pacífico

Por Andrés Bermea y el equipo editorial de CINESAURIO

Para preparar una buena película palomera no se necesita inventar nuevamente el cine. Basta tomar algunos ingredientes que hayan demostrado su eficacia, mezclarlos con entusiasmo y servirlos muy calientes antes de que el público tenga tiempo de cuestionar demasiado la receta.

Comience con un avión comercial que viaja de Los Ángeles a Shanghái. Coloque en su interior a un grupo variado de pasajeros: familias con problemas, jóvenes enamorados, deportistas, un niño vulnerable, un piloto atormentado, una tripulación dispuesta al sacrificio y, por supuesto, el imprescindible personaje odioso que, a los pocos minutos, consigue que varios espectadores consideren seriamente convertirse en sus asesinos. Añada una emergencia en pleno vuelo, agite violentamente y deje caer todo en aguas infestadas de tiburones. Ésa es la fórmula básica de IMPACTO MORTAL (Deep Water), dirigida por Renny Harlin y protagonizada por Aaron Eckhart, Ben Kingsley y un numeroso reparto del que, podemos anticiparlo, no todos llegarán muy enteros a los créditos finales.

La película es una sabrosa ensalada de clásicos del cine de desastres. Lleva una generosa porción de Aeropuerto, algunas cucharadas de La aventura del Poseidón, abundante salsa de Tiburón y un toque de esas producciones en las que cada personaje parece caminar por la historia con una fecha de caducidad pegada en la frente. Renny Harlin, quien ya había nadado entre depredadores marinos en Deep Blue Sea, conoce perfectamente esta cocina: sabe cuándo aumentar la tensión, cuándo lanzar otro problema sobre los sobrevivientes y cuándo dejar que los tiburones hagan el trabajo sucio. La crítica también ha reconocido esa mezcla deliberada de desastre aéreo, supervivencia y terror marino.

La primera parte cumple con uno de los mandamientos del género: demostrar que viajar en avión puede convertirse rápidamente en una pésima idea. La secuencia del accidente es aparatosa, larga y eficaz. Cuando creemos que los personajes ya han sobrevivido a lo peor, la película les informa -y a nosotros con ellos- que apenas terminó la entrada y comienza el plato fuerte.

Porque caer al océano no basta. Hay que añadir balsas insuficientes, restos del avión que se hunden, heridas oportunamente sangrantes y tiburones (que desde luego ya vieron la de Spielberg) que parecen haber recibido el manifiesto de pasajeros con anticipación. Los escualos no aparecen a cada momento; Harlin los administra con cierta prudencia y deja que la imaginación del público haga parte del trabajo. Cuando atacan, lo hacen con la eficiencia de quien sabe que la función no puede durar toda la noche.

Los personajes responden a tipos fácilmente reconocibles y no siempre requieren demasiada profundidad. En esta clase de películas basta con que sepamos rápidamente a quién queremos salvar, quién nos cae bien y quién podría ser utilizado como carnada sin provocar demasiadas protestas. Aaron Eckhart aporta la seriedad necesaria para impedir que todo se convierta en una parodia; Ben Kingsley presta categoría y autoridad, y Angus Sampson se encarga de condimentar la historia con uno de esos sujetos que ignoran las reglas, causan problemas y logran que hasta los tiburones parezcan defensores del orden público.

¿Es todo completamente lógico y verosímil? Naturalmente que no. Examinar una película como ésta con lupa científica sería como reclamar que las palomitas no constituyen una alimentación equilibrada. IMPACTO MORTAL no pretende ofrecernos alta cocina cinematográfica, sino una función abundante en accidentes, sobresaltos, sacrificios, héroes improvisados y criaturas con demasiados dientes.

¡Y cumple!

Es una película palomera en el mejor sentido de la expresión: conoce los ingredientes, respeta la receta y los sirve con ritmo, espectáculo y suficiente buen humor. Tal vez mañana no recordemos todos los nombres de los pasajeros, pero durante casi dos horas desearemos saber quién sobrevivirá, quién será el siguiente y si, después de semejante experiencia, alguna aerolínea se atreverá a ofrecerles un vuelo de cortesía.

Recomendación final: Aférrate a la butaca… y no olvides llevar tu repelente para tiburones.

El enfoque reconoce que la película está hecha con materiales conocidos, pero convierte ese reciclaje en parte de la diversión.

LA ODISEA DE NOLAN: SIGNOS, SÍMBOLOS Y SIGNIFICADOS

La verdadera batalla no es cruzar el mar, sino redescubrir quiénes somos y volver a casa

Por Andrés Bermea y el equipo editorial de CINESAURIO

Es fácil pensar que, para el director Christopher Nolan, LA ODISEA no podía ser una película de aventuritas ni la simple pretensión de montar un espectáculo de proporciones colosales nomás por darse el gusto. Nolan tiene un propósito, algo QUÉ contarnos, y ha elegido narrarlo de una manera muy particular. Vale la pena explorar qué quiere decirnos y descubrir los signos, símbolos y significados que entraña la cinta.

Nolan no lleva a la pantalla cada verso ni cada episodio del poema de Homero. Su adaptación es selectiva: conserva el viaje de Odiseo, la espera de Penélope, la maduración de Telémaco, la amenaza de los pretendientes y varios de los encuentros más emblemáticos; pero comprime aventuras, reduce la intervención directa de los dioses y transforma al protagonista en un hombre marcado por las consecuencias de la guerra. Es fiel al esqueleto y al espíritu del regreso, aunque no reproduce toda la complejidad, el humor y la exuberancia fantástica del poema original.

El lenguaje tampoco pretende imitar la manera en que habrían hablado los antiguos griegos. Los diálogos coloquiales emplean palabras y giros contemporáneos para producir una emoción inmediata. Sin embargo, la película sí conserva un tono poético: no tanto por su vocabulario, sino por la cadencia de las frases, los silencios y la repetición de imágenes como el mar, el fuego, la oscuridad y el hogar distante. La poesía, podríamos decir, fue trasladada de las palabras a las imágenes y eso mis amigos de CINESAURIO es: ¡HACER CINE!

Geográficamente, Troya e Ítaca no están en extremos opuestos del mundo. Tomando como referencia el sitio arqueológico de Troya, en la actual Turquía, y la isla moderna de Ítaca, las separan aproximadamente 510 kilómetros en línea recta; por mar, la ruta sería considerablemente mayor, pero de ninguna manera justificaría diez años de navegación. Esa década pertenece al terreno del mito: Odiseo es desviado por tormentas, naufragios, errores propios, pérdidas y la ira de Poseidón. Además, en el poema permanece alrededor de un año con Circe y siete años retenido por Calipso. El viaje se prolonga porque no representa solamente una distancia geográfica: es un recorrido moral y espiritual. Odiseo debe transformarse antes de poder volver.

¿De qué habla realmente LA ODISEA? De lo difícil que resulta regresar después de una guerra sin llevar la guerra dentro de uno mismo. Odiseo quiere recuperar a su esposa, a su hijo y su reino, pero antes necesita recuperar su identidad (Esto se nota claramente en el episodio con la ninfa Calipso). Se puede ganar una batalla con la astucia, recibir honores y sobrevivir a los enemigos y, aun así, no saber cómo volver a ser esposo, padre, gobernante y ser humano.

Cada escala representa una prueba interior. Polifemo, el cíclope, es hijo de Poseidón. Odiseo consigue escapar gracias a su inteligencia, pero después, dominado por el orgullo, revela su verdadero nombre. Al dejar ciego al hijo del dios del mar, desata contra él una venganza de proporciones divinas. Su astucia lo salva; su ego prolonga su desgracia.

Circe muestra cómo la violencia y los instintos pueden convertir a los hombres en bestias. Calipso representa la tentación de olvidar el pasado, abandonar las responsabilidades y aceptar una comodidad sin futuro; pero en última instancia, el momento de la búsqueda de la propia identidad. Las sirenas ofrecen conocimiento, fascinación y gloria, pero escuchar su canto implica el riesgo de perder el rumbo. Cada encuentro no es sólo una aventura: refleja un miedo, un deseo o una debilidad del propio Odiseo. Escila y Caribdis expresan la tragedia del mando: hay decisiones en las que no es posible salvar a todos. Representan dos peligros situados a ambos lados de un paso marítimo: evitar completamente a uno puede significar caer en el otro; encontrarse atrapado entre dos males y tener que elegir el menos devastador.

Mientras tanto, los pretendientes invaden su casa, consumen sus alimentos, dilapidan su riqueza y presionan a Penélope. No buscan únicamente casarse con ella: pretenden obtener la legitimidad y el reino del monarca ausente. Representan el oportunismo que ocupa cualquier vacío de autoridad y violan la xenía, la ley sagrada de hospitalidad: llegaron como huéspedes y terminaron comportándose como dueños. La invasión del palacio simboliza un hogar sin orden, un país sin gobierno y una identidad familiar amenazada.

El mar representa la incertidumbre; el arco, la autoridad que nadie puede usurpar; los disfraces, la necesidad de ocultarse para descubrir la verdad; y el nombre de Odiseo, la tensión entre el anonimato que lo protege y el orgullo que lo condena.

Nolan ofrece un espectáculo monumental, pero su idea central es íntima: la auténtica odisea no consiste en cruzar el mar, sino redescubrir quiénes somos y volver a casa.