EL DESAIRE: CUANDO DECIR “NO” SE VOLVIÓ UNA CONDENA

Inspirada en el corrido de Rosita Alvírez, la película mexicana revisa una historia cantada durante décadas y la coloca frente a una realidad dolorosamente vigente: la violencia contra una mujer que intenta decidir por sí misma.

EL DESAIRE es una película de “bienes”… es decir, bien adaptada por Gabo Ramos Co guionista y Director de la película con un buen tema, bien importante y bien oportuno, la violencia contra la mujer es un asunto al que hay que entrarle hoy con mayor determinación y eficacia. Una historia bien contada; con un reparto bien elegido, bien actuada, bien fotografiada y bien musicalizada, y todo en un Saltillo que luce espectacular como un lugar cualquiera de la provincia mexicana. Está bien que la veas.

Hay canciones que conocemos tan bien que dejamos de escucharlas.

Las tarareamos, las repetimos, las oímos en fiestas, reuniones familiares, cantinas o películas, hasta que un día alguien nos obliga a poner atención y descubrimos que aquello que parecía tradición también escondía una herida abierta.

Eso ocurre con el corrido de Rosita Alvírez.

Screenshot

Ahora, la película mexicana EL DESAIRE, dirigida por Gabo Ramos, retoma esa historia popular ligada a Saltillo, Coahuila, y la mira desde una sensibilidad contemporánea. IMCINE la ha descrito como una nueva versión crítica de un corrido casi convertido en mito fundacional saltillense, pero subrayando algo esencial: vista de frente, la canción es la crónica de un feminicidio.

El corrido cuenta, en términos generales, una historia brutal: Rosita va a un baile, un hombre quiere bailar con ella, ella lo rechaza y él la mata. Durante décadas, esa tragedia fue cantada con fatalismo, humor negro o advertencia moral. Pero si quitamos el envoltorio musical, lo que queda es estremecedor: una mujer dice “no” y un hombre decide que ese “no” merece castigo.

En algunas versiones tradicionales aparece una línea reveladora: “Rosita, no me desaires, la gente lo va a notar”. Ahí asoma una clave poderosa: el rechazo no solo hiere el deseo masculino; hiere el orgullo público. El “desaire” se vuelve vergüenza social. La pista de baile se convierte en escenario, y la mirada de los demás pesa casi tanto como la negativa de Rosita.

Pero EL DESAIRE no parece quedarse únicamente en esa lectura del corrido. La película traslada la historia a un drama actual donde el detonador principal no es solo la vergüenza, sino los celos enfermizos de Juan, el novio de Rosa. Y ahí el relato se vuelve todavía más cercano e incómodo.

Juan no representa simplemente al hombre rechazado de una canción antigua. Representa una forma de violencia mucho más reconocible: la del amor confundido con posesión, la vigilancia disfrazada de preocupación, la manipulación presentada como cariño, el control manejado como prueba de interés. Ese machismo cotidiano que no siempre empieza con un golpe, sino con una pregunta, una sospecha, una prohibición, una escena de celos.

La película parece entender que la violencia no surge de la nada. Se va construyendo. Crece en frases, gestos, presiones, silencios y amenazas. Primero aparece como incomodidad. Luego como control. Después como miedo. Y cuando Rosa intenta conservar su libertad, su deseo de estudiar, trabajar, moverse y decidir, el entorno empieza a cerrarse sobre ella.

Ahí está el verdadero peso del título. EL DESAIRE puede sonar a una ofensa menor: un gesto frío, una grosería social, una negativa incómoda. Pero en esta historia la palabra carga una tragedia. Porque el problema nunca fue que Rosa desairara a alguien. El problema fue que alguien creyó tener derecho sobre ella.

Ese cambio de enfoque importa. La película no rescata el corrido para repetirlo como estampa folclórica ni para envolverlo en nostalgia norteña. Lo trae al presente para preguntarnos qué hemos estado cantando durante años y qué violencias quedaron normalizadas debajo de la música.

Porque muchas veces la cultura popular guarda historias que repetimos sin analizarlas. Canciones que parecen inocentes. Frases que se vuelven chiste. Tragedias que terminan convertidas en tradición. Y entonces el cine puede hacer algo muy valioso: detener la música por un momento y obligarnos a escuchar la letra de verdad.

EL DESAIRE merece atención precisamente por eso. No porque prometa resolver la historia de Rosita Alvírez ni porque pretenda convertir el corrido en expediente judicial. Su interés está en tomar una memoria popular mexicana y leerla desde una pregunta urgente: ¿Cuántas veces hemos llamado “celos” a lo que en realidad era control?, ¿Cuántas veces hemos confundido pasión con posesión?, ¿Cuántas veces una mujer ha tenido que pagar demasiado caro por decir que no?

Rosita no cometió una provocación.

Rosa no pertenece a nadie.

Y esa diferencia, que debería ser obvia, es justamente lo que la película viene a poner frente a nosotros.

Al final, EL DESAIRE no vuelve al corrido para adornarlo.

Vuelve para corregirnos el oído.



HOMERO TAMBIÉN VENDE PALOMITAS…

Por el equipo editorial de Cinesaurio

Durante años nos han dicho que el público ya no tiene paciencia. Que las películas largas espantan. Que las historias complejas no venden. Que si no hay superhéroes, multiversos, cameos sorpresa o muñecos coleccionables, la taquilla se pone nerviosa.

Y entonces llegó Homero.

Bueno, llegó Christopher Nolan con Homero bajo el brazo.

LA ODISEA (The Odyssey) acaba de convertirse en la película clasificación ‘R’ más taquillera de todos los tiempos, superando a DEADPOOL & WOLVERINE, que tenía el récord desde 2024. Según reportes recientes, la cinta de Nolan ya ronda los 1,400 millones de dólares a nivel mundial y también se convirtió en la película más taquillera de toda su carrera.

LA ODISEA (The Odyssey) acaba de convertirse en la película clasificación ‘R’ más taquillera de todos los tiempos, superando a DEADPOOL & WOLVERINE (Deadpool & Wolverine), que tenía el récord desde 2024. Según reportes recientes, la cinta de Nolan ya ronda los 1,400 millones de dólares a nivel mundial y también se convirtió en la película más taquillera de toda su carrera.

El dato es notable por muchas razones. Primero, porque estamos hablando de una película clasificación R en Estados Unidos, lo que limita el acceso de menores de 17 años si no van acompañados por un adulto. Segundo, porque no se trata precisamente de una comedia ligera de hora y media. Es una epopeya antigua, basada en un poema atribuido a Homero, con viaje, guerra, monstruos, dioses, regreso al hogar y bastante sufrimiento humano. Nada de “me la explicas en TikTok en treinta segundos”.

Y aun así, el público compró boleto.

Ahí está la noticia verdadera.

Nolan tomó una obra literaria que tiene casi tres mil años de antigüedad y la convirtió en acontecimiento cinematográfico. No la vendió como tarea escolar ni como lectura obligatoria con examen el lunes. La presentó como espectáculo: gran formato, reparto estelar, aventura, misterio, prestigio y esa sensación de que, si no la ves en sala, te estás perdiendo algo.

Eso es algo que Hollywood debería anotar con plumón rojo: el público no necesariamente huye de las historias ambiciosas. Huye del aburrimiento. Huye de las películas que parecen diseñadas por comité. Huye de los estrenos que prometen mucho ruido pero poca emoción. Pero cuando una película logra convencerlo de que hay una experiencia grande esperándolo, el público todavía sale de casa.

Claro, Nolan no es cualquier director. Su nombre ya funciona casi como marca de garantía. Después de BATMAN: EL CABALLERO DE LA NOCHE (The Dark Knight), EL ORIGEN (Inception), INTERESTELAR (Interstellar) y OPPENHEIMER (Oppenheimer), buena parte de la audiencia sabe que una película suya no se estrena: se anuncia como evento. Y esa diferencia cuenta.

Pero el triunfo de LA ODISEA (The Odyssey) también tiene algo de saludable provocación cultural. En una temporada dominada por franquicias, secuelas y héroes en traje ajustado, un poema épico de la Grecia antigua se sentó en la mesa de la taquilla y pidió palomitas grandes.

Y se las dieron.

El éxito no significa que mañana todos los estudios vayan a adaptar a los clásicos griegos. Tampoco veremos necesariamente una avalancha de películas sobre Sófocles, Eurípides o Hesíodo con palomera conmemorativa. Pero sí demuestra que el cine comercial todavía puede dialogar con materiales culturales profundos, antiguos y aparentemente “difíciles”, siempre que los convierta en experiencia viva.

Porque LA ODISEA (The Odyssey) no solo vende la historia de Odiseo intentando regresar a casa. Vende la promesa de un viaje. Y el cine, desde sus orígenes, ha sido precisamente eso: una invitación a sentarse en la oscuridad para ir a otro lugar.

Quizá por eso este récord importa. No solo porque Nolan rompió una marca de taquilla. No solo porque desplazó a un gigante reciente como DEADPOOL & WOLVERINE (Deadpool & Wolverine). Importa porque recuerda que el público puede seguir respondiendo a historias con peso, con tradición y con ambición, siempre que la pantalla las haga respirar.

A Hollywood le gusta pensar que la fórmula del éxito está en calcular tendencias.

Homero, desde algún rincón del Olimpo literario, acaba de sugerir otra cosa: quizá la fórmula estaba en contar bien un gran viaje.

Con monstruos, sí.

Con tragedia, también.

Pero sobre todo con una razón para que el espectador quiera subirse al barco.

Al final, la lección es sencilla: no hay que subestimar al público.

Puede que hoy vea videos cortos, series a doble velocidad y avances en el celular.

Pero si el viaje promete valer la pena, todavía compra boleto, apaga la luz y se deja llevar.

Porque, como acaba de demostrar Nolan, Homero también vende boletos de cine y  palomitas.



UN BECERRITO CON MUCHA CARNITA EN LA TAQUILLA

Niu Lai, una modestísima animación china hecha casi en casa, pasó de la burla en redes al fenómeno de taquilla. Hollywood, toma nota: a veces el público no quiere más presupuesto, quiere algo de qué hablar.

Por el equipo editorial de Cinesaurio

A ver, Hollywood, siéntate tantito. Tenemos que hablar.

Tú que a veces crees que para emocionar al público necesitas presupuestos capaces de financiar un país pequeño, estrellas con contrato blindado, computadoras sudando CGI, universos compartidos, poscréditos, precuelas, secuelas, multiversos, muñecos coleccionables y ejecutivos usando palabras como “sinergia” en juntas con café caro… resulta que una película animada china, hecha con recursos modestísimos, acaba de recordarte algo elemental:

El público no siempre necesita que lo apantallen.

A veces basta con que le despierten curiosidad.

La película se llama Niu Lai, también traducida como The Bull Comes o The Cow Is Coming, y se ha convertido en una de las historias más raras y sabrosas de la taquilla china en 2026. Se trata de una animación rudimentaria sobre un becerrito, realizada por un equipo mínimo —reportado en varios medios como una madre y su hijo— que primero fue ridiculizada en redes por su apariencia extraña, sus recursos básicos y su animación casi casera. Reuters la describió como una película hecha con presupuesto de “zapato”, mientras otros reportes han señalado cifras tan bajas como unos cuantos miles de dólares, e incluso versiones que hablan de apenas 200 dólares. Conviene tomar esa cifra con cautela, pero el punto central no cambia: esto no nació como una superproducción.

Lo más divertido es que al principio casi nadie la estaba viendo. Associated Press reportó que hubo días en que Niu Lai recaudaba apenas unos 200 yuanes, alrededor de 30 dólares, en la taquilla china. Es decir: hubo jornadas en que la película probablemente ganó menos que una familia grande gastando en palomitas, refrescos y nachos.

Pero entonces ocurrió la magia rara de Internet.

La gente empezó a compartir clips, capturas y comentarios burlones. Que si la animación parecía “terrible”. Que si los personajes eran feos. Que si aquello era tan malo que daba curiosidad. Y lo que comenzó como escarnio digital terminó convirtiéndose en campaña involuntaria. Las burlas hicieron lo que una agencia de publicidad carísima sueña con lograr: que todo mundo hablara de la película.

Y cuando todo mundo habla de una película, tarde o temprano alguien compra boleto.

Así, Niu Lai pasó de ser chiste en redes a fenómeno de taquilla. Reuters reportó que la película ya había superado los 4 millones de dólares de recaudación en China para ayer 20 de agosto, mientras otros medios destacaron que llegó a competir en rankings junto a títulos muchísimo más grandes y costosos.

Aquí es donde Hollywood debería sacar libreta y apuntar.

Porque esta historia no significa que ya no importen la técnica, el talento, la animación sofisticada o los grandes presupuestos. Claro que importan. Nadie está diciendo que Pixar deba despedir a sus animadores y comprar una laptop usada en oferta. Tampoco se trata de celebrar la mediocridad como si fuera virtud artística automática.

Pero sí nos recuerda algo que a veces la industria olvida: el éxito comercial no siempre obedece al dinero invertido. También puede nacer de la conversación, de la rareza, de la simpatía, del morbo, del entusiasmo colectivo o de esa extraña ternura que produce ver a alguien intentar algo con más ganas que recursos.

En tiempos de películas calculadas al milímetro, Niu Lai parece un accidente. Y quizá por eso funciona. Porque el público detecta cuando algo no viene pulido por veinte departamentos de mercadotecnia. Detecta cuando hay torpeza, sí, pero también impulso. Detecta cuando algo parece hecho no para cumplir con una franquicia, sino porque alguien, contra toda lógica, quiso hacerlo.

Ahí está la lección incómoda: a veces una película imperfecta puede tener más personalidad que una producción carísima diseñada para no incomodar a nadie. Y en una época donde muchos estrenos se sienten fabricados por comité, hasta lo raro, lo mal hecho o lo artesanal puede convertirse en acontecimiento.

Por supuesto, no hay que exagerar. Niu Lai no va a derrumbar el sistema de estudios ni a jubilar al CGI. Tampoco significa que mañana todas las películas deban costar lo mismo que una cena. Pero sí es un recordatorio delicioso: el cine no solo vive de perfección técnica. También vive de historias improbables, fenómenos populares y películas que nadie vio venir… porque, francamente, ni ellas mismas parecían saber hacia dónde iban.

Hollywood lleva años preguntándose cómo recuperar al público.

Tal vez la respuesta no siempre está en hacer todo más grande.

A veces está en hacer algo que la gente quiera comentar.

Aunque sea para decir: “No puede ser… tengo que ver esto”.

Y así, mientras los grandes estudios afinan sus universos, protegen sus marcas y calculan sus próximos mil millones, un becerrito animado con cara rara salió de China para recordarles una verdad incómoda:

No todo éxito necesita doctorado en cine.

A veces solo necesita una idea, terquedad, conversación… y tantito descaro.



CUANDO COMER PODÍA SER UNA SENTENCIA DE MUERTE…

Las catadoras de Hitler: Inspirada en el testimonio de Margot Wölk y en la novela de Rosella Postorino, la película mira la Segunda Guerra Mundial desde una mesa donde cada bocado podía ser el último.

Por el equipo editorial de Cinesaurio

La Segunda Guerra Mundial ha sido contada muchas veces desde el campo de batalla, desde los discursos de los dictadores, desde los mapas militares, desde los campos de concentración, desde la resistencia y desde las ruinas.

Pero LAS CATADORAS DE HITLER (Le assaggiatrici, conocida internacionalmente como The Tasters) elige un lugar mucho más íntimo y perturbador: una mesa servida.

La película, dirigida por Silvio Soldini, llega a cines de todo México este jueves 20 de agosto. SensaCine México la registra como drama histórico y biográfico, con duración de 2 horas y 3 minutos, y la presenta como una historia basada en la novela de Rosella Postorino, inspirada a su vez en el testimonio de Margot Wölk, considerada la única sobreviviente del grupo de mujeres que probaron la comida de Hitler.

La premisa es tan sencilla como escalofriante: Rosa y otras mujeres son reclutadas por las SS para probar los alimentos destinados al Führer y asegurarse de que no estén envenenados. En otras palabras, son obligadas a comer para que otro no muera.

Ahí está el golpe de la historia

La comida, que normalmente asociamos con hogar, cuidado, reunión familiar y vida, se convierte aquí en una ruleta rusa silenciosa. Cada plato puede ser una comida… o una ejecución disfrazada de rutina. Cada bocado tiene suspenso. Cada sobremesa puede ser una cuenta regresiva.

Lo más inquietante es que estas mujeres no están en el centro del poder, pero son usadas por el poder. No deciden la guerra, no firman órdenes, no diseñan estrategias militares. Y, sin embargo, sus cuerpos se vuelven una especie de filtro humano para proteger al dictador más temido de Europa. La película parte de ese punto incómodo: incluso lejos del frente, la guerra encontraba la manera de sentarse a la mesa.

El origen literario también tiene peso. La cinta adapta la novela Le assaggiatrici, de Rosella Postorino, publicada en 2018 y reconocida con el Premio Campiello. El libro se inspiró en Margot Wölk, quien rompió su silencio en 2012, ya nonagenaria, al contar que había formado parte de aquel grupo de mujeres obligadas a probar los alimentos de Hitler cerca de la llamada Guarida del Lobo.

Desde luego, conviene hacer una precisión: no estamos ante un documental, sino ante una ficción inspirada en un episodio histórico. La propia crítica internacional ha señalado que la película toma el punto de partida real y lo desarrolla dramáticamente a través de personajes y conflictos narrativos. Cineuropa describe la cinta como una adaptación del best seller de Postorino y destaca que Soldini pone el foco en un grupo de mujeres sometidas a una estructura de miedo, obediencia y dominación.

Y ahí está el punto de interés: LAS CATADORAS DE HITLER (Le assaggiatrici) no parece importante solo por “hablar de Hitler”, sino por mirar la guerra desde quienes quedaron atrapadas en sus márgenes. Mujeres comunes convertidas en piezas de una maquinaria absurda, cruel y paranoica.

Adolfo Hitler, que aparece aquí cenando con su pareja, Eva Braun

Porque el miedo de Hitler a ser envenenado revela algo más que una anécdota extravagante. Muestra la lógica de un régimen construido sobre la desconfianza, la vigilancia y la idea de que cualquier persona podía ser utilizada, incluso para algo tan básico como comer.

La recepción crítica, por cierto, no ha sido unánime. The Guardian fue severo con la película y la consideró una adaptación poco convincente, mientras otros medios han resaltado más el valor de su premisa histórica y el punto de vista femenino de la historia. Eso también ayuda a colocarla en su justo sitio: quizá no estamos ante una obra maestra segura, pero sí ante una película con un tema suficientemente poderoso como para provocar conversación.

Y a veces eso basta para que una cinta merezca atención.

Porque LAS CATADORAS DE HITLER (Le assaggiatrici) nos recuerda que la guerra no solo se mide por bombas, batallas o cifras. También se mide por los miedos cotidianos que impone. Por la pérdida de libertad. Por la obediencia forzada. Por la angustia de sentarse frente a un plato sin saber si uno se levantará de la mesa.

En el cine, muchas veces hemos visto a personajes luchar por sobrevivir en trincheras, bosques, cárceles o campos minados.

Aquí la trinchera es el comedor.

Y el enemigo puede venir servido en porcelana.




¡MAMÁ! ¡HAY UN DINOSAURIO EN EL PATIO!

EL FINAL DE LA CALLE OAK llega a México con aroma a 1982: vecindarios tranquilos, familias en crisis y una amenaza prehistórica que revela que, a veces, el monstruo no solo está fuera de casa.

Por Andrés Bermea y Mr. Chips

Mañana jueves 13 de agosto llega a los cines de México EL FINAL DE LA CALLE OAK (The End of Oak Street), una película que a primera vista parece vendernos una premisa irresistible: una calle residencial, una familia en crisis, un extraño evento cósmico… y dinosaurios. Sí, dinosaurios. Porque cuando la vida familiar se pone complicada, Hollywood siempre puede empeorarla con una criatura prehistórica en el jardín.

La cinta está escrita y dirigida por David Robert Mitchell, el mismo realizador de ESTÁ DETRÁS DE TI (It Follows) y EL MISTERIO DE SILVER LAKE (Under the Silver Lake), y es producida por J. J. Abrams. El reparto lo encabezan Anne Hathaway e Ewan McGregor. La premisa plantea que un misterioso evento cósmico arranca la calle Oak de su entorno habitual y transporta a todo el vecindario a un lugar desconocido, obligando a la familia Platt a mantenerse unida para sobrevivir.

Pero lo interesante no está solamente en los dinosaurios. Lo interesante está en el vecindario.

La historia se ubica en los años ochenta -algunas reseñas la sitúan específicamente en 1982-, y ese dato abre una puerta muy sabrosa. Porque 1982 no fue cualquier año para el cine fantástico. Ese año se estrenaron dos películas fundamentales para entender cómo Hollywood convirtió la vida doméstica en territorio de asombro y amenaza: E.T. EL EXTRATERRESTRE (E.T. the Extra-Terrestrial) y POLTERGEIST: JUEGOS DIABÓLICOS (Poltergeist).

En E.T. lo imposible llega al patio de una casa común. En POLTERGEIST, el horror entra por la televisión, ese altar luminoso de la sala familiar. Las dos películas hicieron algo enorme: demostraron que la aventura ya no necesitaba castillos, galaxias lejanas o mansiones góticas. Bastaba un vecindario tranquilo, una calle silenciosa, una familia aparentemente normal… y algo raro detrás de la puerta o en la sala de la casa.

Ahí parece colocarse EL FINAL DE LA CALLE OAK (The End of Oak Street). La diferencia es que aquí no entra un monstruo a la casa: la casa, la calle y el vecindario entero son arrancados de su realidad. Es como si la tranquilidad residencial -con sus jardines, sus cocheras, sus vecinos saludando desde la banqueta- fuera levantada del suelo y arrojada a un mundo donde la cortesía vecinal ya no sirve de mucho frente a un dinosaurio con hambre.

Y entonces aparece el ángulo más interesante: el vecindario como jaula.

Porque un vecindario puede parecer refugio, pero también puede ser encierro. En esas calles perfectamente ordenadas se guardan frustraciones, matrimonios cansados, silencios familiares, sueños pospuestos y esa sensación de que la vida ya decidió por uno. Algunas reseñas han señalado precisamente a Denise, el personaje de Anne Hathaway, como una ama de casa frustrada o desencantada dentro de ese mundo doméstico aparentemente estable.

Por eso los dinosaurios pueden ser el espectáculo, pero no necesariamente el tema. El verdadero monstruo quizá no está solo afuera, rugiendo entre los árboles. También puede estar dentro: en lo que una familia no se dice, en lo que una madre quiere ser y no ha podido, en lo que un vecindario oculta debajo del pasto bien cortado.

David Robert Mitchell ya había demostrado en ESTÁ DETRÁS DE TI que sabe convertir un miedo abstracto en algo físico, cotidiano, casi inevitable. Y en EL MISTERIO DE SILVER LAKE jugó con la paranoia, los códigos ocultos y la sensación de que el mundo aparentemente normal esconde otra cosa.

Ahora, con EL FINAL DE LA CALLE OAK, Mitchell parece entrar al terreno del gran espectáculo, pero sin abandonar del todo su obsesión por lo invisible: aquello que persigue, aquello que se oculta, aquello que convierte la normalidad en amenaza.

También hay una sombra inevitable: la de PARQUE JURÁSICO (Jurassic Park), otra película donde los dinosaurios no son solo atracción, sino advertencia. Pero mientras Spielberg llevó al público a una isla diseñada para exhibir criaturas imposibles, Mitchell parece hacer lo contrario: traer lo imposible al vecindario, al lugar donde supuestamente nada debía pasar.

Y quizá por eso la premisa funciona. Porque todos entendemos esa fantasía inquietante: ¿Qué pasaría si un día nuestra calle, nuestra casa, nuestra rutina y nuestros pendientes quedaran atrapados en un lugar donde ya no sirven las reglas de siempre?

Los ochenta nos enseñaron que lo extraordinario podía aparecer en una recámara infantil, en una televisión encendida o en un cobertizo del patio. EL FINAL DE LA CALLE OAK actualiza esa advertencia con humor, aventura y dientes muy grandes.

Cuidado con desear que algo emocionante pase en el vecindario.

A veces pasa.

Y se lleva toda la cuadra.





LA BATALLA QUE COMENZÓ MIRANDO AL CIELO

Antes de dispararse el primer tiro, hubo que librar una batalla contra la incertidumbre.

Por Andrés Bermea

Desde el comienzo, PRESSURE: ‘EL DÍA D BAJO PRESIÓN’ hace una afirmación que llama la atención: ésta es una historia real. No dice solamente “basada” o “inspirada” en hechos verdaderos. Y, en lo esencial, tiene razón.

James Stagg existió. Fue el meteorólogo encargado de asesorar al general Dwight D. Eisenhower ante una de las decisiones militares más trascendentes de la Segunda Guerra Mundial. La película comprime tiempos y dramatiza algunas relaciones y enfrentamientos, pero el dilema fundamental que presenta ocurrió realmente.

Para entender la magnitud de esa decisión hay que situarnos en junio de 1944. Francia llevaba cuatro años bajo la ocupación de la Alemania nazi y los Aliados -principalmente Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá, acompañados por fuerzas de la Francia Libre y de otros países aliados- necesitaban abrir un gran frente occidental: cruzar el Canal de la Mancha, desembarcar un enorme ejército en Normandía, establecer una cabeza de playa y comenzar desde ahí la liberación de Francia y el avance hacia Alemania.

La Operación Overlord no podía ser simplemente un ataque más. Había miles de soldados preparados, barcos, aviones, armamento y meses de planificación detrás de ella. Pero todo dependía de algo que ningún general podía controlar: encontrar el momento adecuado para atacar. Una decisión equivocada podía convertir aquella gigantesca operación en una catástrofe.

Y EL DÍA D BAJO PRESIÓN tiene la inteligencia de colocarnos no tanto entre quienes van a combatir, sino junto al hombre que deberá decidir cuándo enviarlos.

Brendan Fraser es un magnífico Eisenhower

Pensemos por un momento como Eisenhower.

¿Cuál es la situación que enfrento? Tengo preparada una operación militar de dimensiones nunca vistas que depende de que fuerzas terrestres, navales y aéreas actúen prácticamente al mismo tiempo. ¿Quiénes son mis enemigos? El ejército alemán, desde luego, pero también el secreto que puede descubrirse, el tiempo que se agota, las opiniones contradictorias y algo contra lo que ningún general puede disparar: el clima.

¿Qué debo considerar? El viento, el oleaje, la visibilidad, las nubes, las mareas. Un mar demasiado bravo puede convertir las lanchas de desembarco en trampas; las nubes pueden impedir el apoyo aéreo; el viento puede dispersar a los paracaidistas y una mala combinación de condiciones puede desarticular una operación cuidadosamente planeada durante meses. Una invasión anfibia obliga a coordinar aire, tierra y mar, cada uno con necesidades meteorológicas diferentes.

¿Cuáles son mis recursos? Barcos, aviones, armas, inteligencia, soldados entrenados y una gigantesca estructura militar. Pero para decidir cuándo poner todo eso en movimiento necesito también algo aparentemente mucho más modesto: un pronóstico del tiempo.

En 1944 no existen satélites, modelos computacionales ni el Weather Channel, ni la capacidad tecnológica actual para observar de manera instantánea lo que ocurre sobre todo el Atlántico. Los meteorólogos trabajan con información limitada, frecuentemente vieja y, para complicar todavía más las cosas, no todos interpretan esos datos de la misma manera.

Andrew Scott como el «Capitán James Stagg» Una película de Focus Features. Créditos: Alex Bailey/Focus Features/StudioCanal © 2026 All Rights Reserved.

Ahí comienza verdaderamente EL DÍA D BAJO PRESIÓN.

James Stagg, interpretado espléndidamente por Andrew Scott, debe transformar ciencia e información imperfecta en una recomendación que puede afectar la vida de miles de hombres. Frente a él, Eisenhower -un Brendan Fraser (¡Insuperable!! Le anticipo nominación al Óscar) contenido, humano y cargado de responsabilidad- debe decidir a quién escuchar.

Y nosotros quedamos atrapados exactamente ahí.

¿Quién tiene razón? ¿Qué tan confiable puede ser una predicción meteorológica bajo esas condiciones? ¿Es más peligroso avanzar o esperar? ¿Cuánto puede retrasarse una operación de semejante magnitud sin perder la sorpresa? ¿Y cómo se toma finalmente una decisión cuando ninguna alternativa garantiza el éxito?

Ésa es la gran virtud de la película: conocemos históricamente el Día D, pero PRESSURE: EL DÍA D BAJO PRESIÓN consigue hacernos sentir que todavía no ha sucedido.

Y ahí encontramos también su verdadero tema.

PRESSURE no trata realmente sobre meteorología. Trata sobre tomar decisiones cuando no existe certeza.

El director Anthony Maras ha explicado que le interesaba precisamente ese conflicto: cómo un líder reconoce aquello que no sabe, determina en quién confiar y escucha incluso a quien está diciéndole exactamente lo que no desea escuchar.

Por eso resulta fascinante descubrir que una de las operaciones militares más enormes de la historia no dependió únicamente de generales, soldados, barcos y aviones.

También dependió de hombres mirando mapas, interpretando nubes y tratando de responder una pregunta aparentemente sencilla:

¿Qué va a hacer el cielo?

Y mientras ellos intentan averiguarlo, la película consigue algo admirable: que nosotros también miremos hacia arriba esperando la respuesta.

I a D: Andrew Scott, Brendan Fraser, Kerry Condon, Chris Messina y Damian Lewis Getty/Chad Griffith/Cortesía/Getty/Clint Spaulding

PRESSURE: ‘EL DÍA D BAJO PRESIÓN’ me mantuvo todo el tiempo interesado, muy entretenido, disfrutando de excelentes actuaciones de todo el reparto; una magnífica narrativa del Director Anthony Maras; así como de una cinematografía ejemplar, una edición que le da gran ritmo y una música que nos sumerge en la trama.  ¡La recomiendo!

FUENTES: Me apoyé en el ChatGPT para las consultas de las Fuentes históricas: National WWII Museum; Royal Meteorological Society; Associated Press.





SPIDER-MAN, LOS SPOILERS Y EL SAGRADO DERECHO A SORPRENDERSE

Por el equipo editorial de Cinesaurio

«Spiderman: Un Nuevo Día«, acaba de lograr una hazaña arácnida: abrir con más de 932 millones de dólares a nivel mundial y unos 360 millones en Estados Unidos y Canadá, colocándose entre los estrenos más grandes de la historia reciente. Según reportes publicados esta semana, la película incluso superó el arranque doméstico de Avengers: Endgame, lo que confirma que, si existe fatiga de superhéroes, a Spider-Man todavía no le llegó el memorándum.

Pero con cada gran estreno llega también un villano silencioso, sin capa, sin máscara y sin necesidad de efectos digitales: el Spoiler.

La pelea se registró en un cine en la India. Foto: X/@globovision

Un incidente ocurrido durante una función de Spider-Man: Un nuevo día, cinta protagonizada por Tom Holland, Zendaya, Sadie Sink y Jacob Batalon, acaparó la atención de los usuarios en redes sociales.

Y para muestra, basta recordar un caso muy mexicano. Durante el furor de Spider-Man: No Way Home, medios nacionales reportaron una pelea en un cine de Ciudad Juárez luego de que algunos asistentes que salían de la función comenzaron a revelar detalles importantes de la trama frente a personas que todavía esperaban entrar. La cosa terminó a golpes y el video se volvió viral.

No, desde luego, no estamos recomendando convertir el lobby del cine en función de lucha libre. Pero la anécdota sí revela algo muy serio envuelto en telaraña: para muchos espectadores, el derecho a sorprenderse sigue siendo sagrado.

Un spoiler no es solamente “contar qué pasa”. Es quitarle al otro el momento exacto en que la historia debía pegarle en la butaca. Es abrirle el regalo antes de Navidad y luego decirle: “te ahorré la molestia”. Es salir del cine convertido en villano de bajo presupuesto.

Por eso, con Brand New Day llenando salas y conversaciones, vale recordar una regla elemental de cortesía cinéfila: si ya la viste, comenta, celebra, presume tu boleto, califica las palomitas, discute los efectos, la música o el traje nuevo… pero no sueltes la trama frente a quien todavía no entra a la función.

Ten presente: un gran poder conlleva una gran responsabilidad.



ROBIN HOOD: EL LADRÓN QUE EL CINE NUNCA DEJA JUBILARSE

Una investigación de Andrés Bermea y el equipo editorial de Cinesaurio

Hollywood vuelve a demostrar que no le gusta tirar nada a la basura. Si algo funcionó antes, se desempolva, se maquilla, se oscurece, se rejuvenece o se convierte en “nueva visión”.

Y entonces aparece LA MUERTE DE ROBIN HOOD (The Death of Robin Hood), producción de A24 protagonizada por Hugh Jackman, Jodie Comer y Bill Skarsgård. La película, dirigida y escrita por Michael Sarnoski, se estrena en los cines de México este jueves 6 de agosto, y plantea una pregunta muy CINESAURIO: ¿Otra vez Robin Hood?…

Porque, aceptémoslo, al famoso ladrón del bosque de Sherwood le han dado más oportunidades que a muchos actores de reparto. Lo hemos visto noble, aventurero, romántico, caricaturesco, paródico, musculoso, sombrío, moderno, medieval y hasta convertido en zorro animado. Entonces, ¿para qué otra versión? ¿Falta de creatividad? ¿Apuesta segura? ¿O todavía queda algo nuevo que decir sobre el hombre que robaba a los ricos para dar a los pobres?

La diferencia de LA MUERTE DE ROBIN HOOD está precisamente en que no parece interesada en el Robin Hood de la postal heroica. Sarnoski se aleja del arquero luminoso y presenta a un hombre envejecido, herido, culpable y perseguido por su propio pasado. El director ha explicado que le interesaba explorar la balada antigua sobre la muerte de Robin Hood: la idea de que una figura casi inmortal del folclor pudiera tener un final sencillo, humano y silencioso.

Este Robin no es tanto “el príncipe de los ladrones” como un bandido que empieza a preguntarse cuánto daño dejó detrás. Variety describe la propuesta como una versión más cercana a Unforgiven o Valhalla Rising que a los alegres hombres en mallas de tantas películas anteriores. Según Sarnoski, el punto era imaginar cómo habría sido realmente la vida de un bandido medieval: brutal, sucia, violenta y nada glamorosa. (Variety Australia)

Ahí está su posible aportación: no reciclar el mito para volver a vender la misma aventura, sino para desmontarla. La película pregunta qué queda del héroe cuando se apaga la leyenda. Qué pasa cuando el arco pesa, las heridas no cierran y la fama ya no alcanza para justificar la violencia. En ese sentido, LA MUERTE DE ROBIN HOOD no quiere ser el inicio de una franquicia, sino casi lo contrario: el epílogo de una figura que el cine ha tratado de mantener joven durante más de cien años.

Y vaya que Robin Hood tiene historial en pantalla. Douglas Fairbanks lo interpretó en el cine mudo en 1922. Errol Flynn lo volvió definitivo en LAS AVENTURAS DE ROBIN HOOD (The Adventures of Robin Hood en 1938), con capa, espada y sonrisa de comercial de pasta dental. Disney lo convirtió en un zorro irresistible en 1973, con la voz original de Brian Bedford (¡Magnífica la adaptación al español!). Sean Connery lo mostró maduro y melancólico en ROBIN Y MARIAN en 1976.

Kevin Costner lo volvió superproducción noventera en Robin Hood: EL PRÍNCIPE DE LOS LADRONES (Robin Hood: Prince of Thieves en 1991). Cary Elwes lo parodió con elegancia en LAS LOCAS AVENTURAS DE ROBIN HOOD (Robin Hood: Men in Tights en 1993). Russell Crowe lo hizo más guerrero en 2010, y Taron Egerton intentó relanzarlo con energía juvenil en 2018.

La trivia sabrosa: Errol Flynn, quizá el Robin Hood más icónico del cine clásico, solo interpretó al personaje una vez. Una sola película bastó para fijar durante décadas la imagen del héroe aventurero, elegante y burlón. Eso sí que es puntería.

También es curioso que Sarnoski haya reconocido la sombra de la versión animada de Disney de 1973, aquella del zorro encantador que dejó a generaciones preguntándose por qué un dibujo podía tener tanto carisma. Pero su reacción fue casi la opuesta: “eso no era una muerte tranquila”, pensó al leer la balada antigua. Y de ahí nació esta versión áspera, crepuscular y nada bailarina. (Rotten Tomatoes Editorial)

Así que sí: Hollywood vuelve a Robin Hood porque el nombre ya viene con flecha, bosque, villano y reconocimiento mundial. Pero esta vez la pregunta no es si Robin podrá derrotar al Sheriff de Nottingham. La pregunta es más incómoda: ¿Puede un héroe sobrevivir a su propia leyenda?

Tal vez por eso el personaje sigue regresando. No porque Hollywood no tenga ideas -aunque a veces hace méritos para que sospechemos-, sino porque los mitos funcionan como espejos. Cada época inventa el Robin Hood que necesita. Hubo uno para la aventura clásica, otro para la caricatura, otro para la épica, otro para la parodia y ahora uno para tiempos y públicos más escépticos: un Robin cansado, culpable, humano.

El ladrón de Sherwood todavía roba. Pero esta vez no viene por monedas.

Viene por una última oportunidad de redención.

El origen real de Robin Hood es más legendario que biográfico: no hay prueba concluyente de que haya existido un solo Robin Hood histórico al que luego “le hicieron” una balada. Lo que sí sabemos es que el nombre y las historias ya circulaban en la Inglaterra medieval: una de las referencias literarias más antiguas aparece en Piers Plowman, de finales del siglo XIV, y las primeras baladas conservadas son de los siglos XIV y XV, donde Robin aparece como un forajido/yeoman violento (campesino libre o pequeño propietario), asociado con el bosque, sus hombres y el Sheriff de Nottingham, no todavía como el noble romántico que “robaba a los ricos para dar a los pobres”. (Cambridge University Press)

Tampoco hay un autor identificado. Robin Hood nace de tradición oral, baladas populares y recreaciones sucesivas. Con el tiempo se le fueron agregando capas: Lady Marian, el tono caballeresco, la lealtad al rey Ricardo Corazón de León y el ideal de justicia social se consolidaron mucho después, especialmente a partir de versiones literarias y teatrales posteriores. En resumen: probablemente no hubo “el verdadero Robin Hood”, sino varios posibles ecos de forajidos medievales convertidos por el pueblo en mito. Y como suele pasar con los buenos mitos, cada época le puso su propia flecha.



¿Otra vez Spider-Man? Sí… pero ahora empieza un nuevo día

Por el equipo editorial de Cinesaurio

Ya se descolgó por los cines Spider-Man: Un nuevo día (Spider-Man: Brand New Day), cuarta película en solitario de Tom Holland como el Hombre Araña dentro del Universo Cinematográfico de Marvel. Y la pregunta se impone sola: ¿De verdad necesitábamos otra película de Spider-Man?

La respuesta corta: Hollywood, seguro que sí. La taquilla también. Pero quizá el personaje todavía tiene algo más que ofrecer.

Spider-Man es una de las franquicias más rentables y resistentes del cine moderno. Ha pasado por Tobey Maguire, Andrew Garfield, Tom Holland, series animadas, multiversos, videojuegos, memes y hasta crisis existenciales con telaraña incluida. Pero su atractivo sigue siendo el mismo: Peter Parker no es un dios, ni un millonario, ni un guerrero intergaláctico. Es un muchacho con problemas, culpa, cansancio, amor, renta emocional vencida… y para colmo tiene que salvar Nueva York… ¡Uf!

Según reportes recientes, Brand New Day llega con un despliegue enorme y con Tom Holland nuevamente acompañado por Zendaya, Jacob Batalon, Mark Ruffalo y Jon Bernthal, bajo la dirección de Destin Daniel Cretton. En España incluso logró el mejor día de estreno registrado en ese mercado, con 3.2 millones de euros en su primera jornada.

¿Es Holland el mejor Spider-Man? Tal vez no hace falta coronarlo. Tobey tuvo el drama clásico, Andrew la melancolía romántica, pero Holland entiende muy bien al Peter vulnerable, torpe, joven y emocionalmente golpeado. Su Spider-Man parece cargar mochila, trauma y tarea pendiente.

Zendaya, por su parte, no interpreta a la Mary Jane tradicional. Su MJ es más seca, irónica, menos “chica ideal” y más persona real: desconfiada, inteligente, difícil de impresionar. Eso le da al romance otra textura.

Así que sí: otra película de Spider-Man. Pero mientras Peter Parker siga intentando levantarse después de cada caída, quizá todavía hay telaraña para rato.