CUANDO LA NOTICIA SE CONVIERTE EN SHOW

PRIMETIME, película presentada hoy sábado en el Festival de Venecia con Robert Pattinson, revisa la frontera incómoda entre periodismo, justicia, espectáculo y rating.

Hubo un tiempo en que la noticia quería informar.

Luego descubrió la iluminación dramática, la música de suspenso, el corte a comerciales y el primer plano del conductor mirando a cámara como si acabara de descubrir el pecado original.

Robert Pattinson y Chris Hansen conductor de To Catch a Predator

Y entonces la noticia se puso maquillaje.

Ese parece ser el terreno de PRIMETIME (Primetime), película presentada este sábado 5 de septiembre en el Festival de Venecia, dirigida por Lance Oppenheim y protagonizada por Robert Pattinson. La cinta está inspirada en el polémico programa televisivo TO CATCH A PREDATOR (To Catch a Predator), aquel formato de NBC en el que cámaras ocultas, periodistas, policías y presuntos depredadores sexuales se mezclaban en una fórmula explosiva: investigación, trampa, justicia pública y televisión de alto impacto.

Robert Pattinson y Lance Oppenheim (Director) hoy sábado en Venecia

La película marca el debut de Oppenheim en la ficción narrativa, después de una trayectoria en el documental, y coloca a Pattinson en un papel inspirado en Chris Hansen, el conductor que se volvió rostro de aquel fenómeno televisivo. Hansen no participó en la producción y ha criticado el proyecto, lo que añade otra capa al asunto: incluso cuando el cine intenta revisar la televisión, la televisión revisada también reclama su versión de los hechos.

Pero lo interesante no es solo el caso concreto. Lo interesante es la pregunta que queda flotando sobre la pantalla:

¿En qué momento informar dejó de ser suficiente y empezó a convertirse en espectáculo?

Ahí PRIMETIME (Primetime) dialoga, aunque desde otro terreno, con SEPTEMBER 5 (September 5), la película de Tim Fehlbaum sobre la cobertura televisiva del ataque terrorista contra la delegación israelí en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972. Aquella cinta se centra en el equipo de ABC Sports, que de pronto pasó de narrar competencias olímpicas a transmitir en vivo una tragedia internacional.

La relación entre ambas es muy sugerente. SEPTIEMBRE 5 (September 5) mira el origen de una era: la noticia en vivo como acontecimiento global. PRIMETIME (Primetime) parece mirar una consecuencia posterior: la noticia convertida en formato, en marca, en tensión narrativa, en personaje televisivo y en producto de consumo.

Una muestra el momento en que la cámara llega a una tragedia.

La otra, el momento en que la cámara parece empezar a construir el escenario de la confrontación.

Y ahí la cosa se pone incómoda.

Porque el periodismo necesita mirar. Necesita investigar. Necesita revelar. Pero la televisión, cuando descubre que el público no solo quiere saber sino también sentir adrenalina, puede cruzar una línea delicada. La noticia deja de ser únicamente información y empieza a organizarse como relato: presentación del sospechoso, tensión, confrontación, caída y cierre moral. Casi como si la realidad pidiera estructura de película policiaca.

El problema es que la realidad no siempre obedece al guion.

Chris Hansen

En el caso de TO CATCH A PREDATOR (To Catch a Predator), el programa se volvió un fenómeno cultural en Estados Unidos, pero también fue cuestionado por sus métodos, por la colaboración entre medios y fuerzas policiales, y por el riesgo de convertir la exposición pública en castigo televisado. PRIMETIME (Primetime) toma inspiración también de un caso trágico de 2006, cuando Bill Conradt, fiscal asistente en Texas, murió por suicidio durante una operación vinculada al programa.

Por eso la película no parece tratar solo de un conductor famoso ni de una serie polémica. Trata de una pregunta que sigue viva:

¿Qué pasa cuando la televisión se coloca entre la justicia y el espectáculo?…

¿Qué ocurre cuando una cámara no solo registra una escena, sino que ayuda a convertirla en evento?…

Robert Pattinson, que en los últimos años ha construido una carrera bastante más inquieta de lo que muchos imaginaban en tiempos de vampiros crepusculares, parece encontrar aquí un papel hecho para la ambigüedad. No interpreta simplemente a un héroe ni a un villano. Interpreta a una figura mediática situada en esa zona gris donde la denuncia, el ego, la fama, la utilidad pública y el rating pueden sentarse en la misma mesa.

Y quizá por eso este tema resulta tan atractivo. Porque el cine no solo sirve para contar historias inventadas; también sirve para revisar cómo hemos contado la realidad. Nos permite mirar el aparato detrás de la imagen: la cámara, el productor, el conductor, el editor, la audiencia, el rating y esa pregunta que rara vez aparece en pantalla: ¿Quién se beneficia de que esto se vea así?

En SEPTIEMBRE 5 (September 5), la televisión enfrenta una tragedia que ocurre frente a sus cámaras.

En PRIMETIME (Primetime), la televisión parece haber aprendido a convertir la confrontación en fórmula.

Entre una y otra hay décadas de evolución mediática, pero también una misma inquietud: cuando la realidad entra a cuadro, ¿la estamos mirando… o la estamos produciendo?

Tal vez por eso estas películas incomodan. Porque no solo hablan de la televisión. Hablan de nosotros, los espectadores. De nuestra curiosidad. De nuestro morbo. De esa parte nuestra que dice “¡Qué horror!”… pero no cambia de canal.

Y ahí está el verdadero golpe.

Cuando la noticia se convierte en show, siempre hay alguien sentado enfrente, viéndola.

Por el equipo editorial de Cinesaurio


DOLLY PARTON: CONVIRTIÓ LAS LENTEJUELAS EN LUZ PROPIA

Por el equipo editorial de Cinesaurio

Dolly Parton murió este martes 25 de agosto de 2026, a los 80 años, en Nashville, Tennessee. La noticia fue confirmada por su familia y representantes. Hasta el momento no se ha informado oficialmente la causa de su muerte; distintos medios señalan que en los últimos meses había enfrentado problemas de salud, pero la versión pública disponible se limita a indicar que falleció pacíficamente.

Con Dolly Parton se va mucho más que una estrella de la música country. Se va una de esas figuras rarísimas que parecían inventadas por el propio espectáculo: voz prodigiosa, pelucas imposibles, vestidos brillantes, humor afilado, inteligencia empresarial y una capacidad enorme para reírse de sí misma antes de que alguien más intentara hacerlo.

Dolly Rebecca Parton nació el 19 de enero de 1946 en Pittman Center, Tennessee, y creció en una familia pobre de las montañas Smoky.

Dolly Parton en los Premios Óscar de 2006

Reuters recuerda que fue una de doce hijos y que su origen humilde marcó profundamente su música, sus letras y su manera de relacionarse con el público. De ahí salió una artista que nunca renegó de sus raíces, pero tampoco permitió que la encerraran en ellas.

Su carrera musical fue monumental. Escribió miles de canciones, vendió más de 100 millones de discos y dejó títulos que ya forman parte de la memoria popular: “Jolene”, “Coat of Many Colors”, “9 to 5” y, por supuesto, “I Will Always Love You”, canción que ella compuso y que décadas después Whitney Houston convirtió en fenómeno mundial. Reuters la describe como autora de aproximadamente 3,000 canciones y una de las figuras más reconocibles de la cultura popular estadounidense.

Pero en CINESAURIO nos toca mirarla también desde la pantalla. Dolly debutó en cine con COMO ELIMINAR A SU JEFE (9 to 5, 1980), junto a Jane Fonda y Lily Tomlin, una comedia laboral que hoy se recuerda como una pequeña bomba feminista envuelta en humor. IMDb señala que por esa película obtuvo una nominación al Óscar por la canción principal, además de premios Grammy por “Nine to Five”.

Después vinieron LA MEJOR CASITA DE PLACER (The Best Little Whorehouse in Texas, 1982), con Burt Reynolds; EL TAXISTA CARADURA (Rhinestone, 1984), con Sylvester Stallone; MAGNOLIAS DE ACERO (Steel Magnolias, 1989), junto a Sally Field, Shirley MacLaine, Olympia Dukakis, Daryl Hannah y Julia Roberts; FAMOSA POR ERROR (Straight Talk, 1992); y RUIDOS GOZOSOS (Joyful Noise, 2012), con Queen Latifah. Su filmografía nunca fue tan extensa como su discografía, pero sí dejó una presencia reconocible: Dolly no “aparecía” en pantalla; entraba como si la luz la hubiera estado esperando.

Como actriz tenía una virtud muy difícil: parecía natural incluso cuando todo en ella era deliberadamente actuado. Su imagen era grande, brillante, exagerada, casi de caricatura; pero detrás de esa superficie había una persona cálida, precisa, inteligente y dueña absoluta de su personaje público. Ella misma convirtió el exceso en marca personal. Las lentejuelas, el peinado, el maquillaje y el humor no eran disfraz: eran armadura, bandera y declaración de independencia.

Dolly Parton en el Songwriters Hall of Fame

Sus premios hablan de una carrera fuera de serie. Fue reconocida con múltiples Grammy; ingresó al Country Music Hall of Fame, al Songwriters Hall of Fame y al Rock & Roll Hall of Fame; recibió la National Medal of Arts y los Kennedy Center Honors. En 2025, la Academia de Hollywood anunció que Dolly Parton recibiría el Premio Humanitario Jean Hersholt, uno de los reconocimientos más importantes que otorga la industria cinematográfica por labores filantrópicas.

Y justamente ahí aparece otra Dolly: la filántropa. Su Imagination Library distribuyó millones de libros gratuitos a niños; también apoyó causas educativas, víctimas de desastres y proyectos de salud. AP recuerda que donó un millón de dólares a investigaciones relacionadas con la vacuna contra COVID-19, además de impulsar programas de lectura infantil y ayuda comunitaria.

Dolly Parton en el Rock & Roll Hall of Fame, 2022

Dolly Parton fue única porque nunca pidió permiso para ser varias cosas a la vez. Fue cantante country y estrella pop. Compositora sentimental y empresaria astuta. Mujer de fe y figura camp. Símbolo del sur estadounidense y celebridad global. Una artista profundamente popular que podía cantar una pena amorosa con absoluta sinceridad y, al minuto siguiente, soltar una broma sobre su propio escote.

Quizá por eso la quiso tanta gente tan distinta. Dolly no parecía hablar desde una torre de fama, sino desde una cocina iluminada, un camerino lleno de brillo o una carretera de Tennessee. Tenía esa cualidad rara de las estrellas verdaderas: era más grande que la vida, pero nunca dejó de sonar cercana.

En el cine, en la música y en la cultura popular, Dolly Parton deja algo más que canciones y películas. Deja una lección de identidad: se puede ser brillante sin volverse frío, poderoso sin perder ternura, famoso sin olvidar de dónde se viene.

Hoy se apaga una voz inmensa.

Pero Dolly Parton hizo lo que solo logran los artistas inolvidables: dejó suficiente luz como para que el escenario no se quede oscuro.



HOMERO TAMBIÉN VENDE PALOMITAS…

Por el equipo editorial de Cinesaurio

Durante años nos han dicho que el público ya no tiene paciencia. Que las películas largas espantan. Que las historias complejas no venden. Que si no hay superhéroes, multiversos, cameos sorpresa o muñecos coleccionables, la taquilla se pone nerviosa.

Y entonces llegó Homero.

Bueno, llegó Christopher Nolan con Homero bajo el brazo.

LA ODISEA (The Odyssey) acaba de convertirse en la película clasificación ‘R’ más taquillera de todos los tiempos, superando a DEADPOOL & WOLVERINE, que tenía el récord desde 2024. Según reportes recientes, la cinta de Nolan ya ronda los 1,400 millones de dólares a nivel mundial y también se convirtió en la película más taquillera de toda su carrera.

LA ODISEA (The Odyssey) acaba de convertirse en la película clasificación ‘R’ más taquillera de todos los tiempos, superando a DEADPOOL & WOLVERINE (Deadpool & Wolverine), que tenía el récord desde 2024. Según reportes recientes, la cinta de Nolan ya ronda los 1,400 millones de dólares a nivel mundial y también se convirtió en la película más taquillera de toda su carrera.

El dato es notable por muchas razones. Primero, porque estamos hablando de una película clasificación R en Estados Unidos, lo que limita el acceso de menores de 17 años si no van acompañados por un adulto. Segundo, porque no se trata precisamente de una comedia ligera de hora y media. Es una epopeya antigua, basada en un poema atribuido a Homero, con viaje, guerra, monstruos, dioses, regreso al hogar y bastante sufrimiento humano. Nada de “me la explicas en TikTok en treinta segundos”.

Y aun así, el público compró boleto.

Ahí está la noticia verdadera.

Nolan tomó una obra literaria que tiene casi tres mil años de antigüedad y la convirtió en acontecimiento cinematográfico. No la vendió como tarea escolar ni como lectura obligatoria con examen el lunes. La presentó como espectáculo: gran formato, reparto estelar, aventura, misterio, prestigio y esa sensación de que, si no la ves en sala, te estás perdiendo algo.

Eso es algo que Hollywood debería anotar con plumón rojo: el público no necesariamente huye de las historias ambiciosas. Huye del aburrimiento. Huye de las películas que parecen diseñadas por comité. Huye de los estrenos que prometen mucho ruido pero poca emoción. Pero cuando una película logra convencerlo de que hay una experiencia grande esperándolo, el público todavía sale de casa.

Claro, Nolan no es cualquier director. Su nombre ya funciona casi como marca de garantía. Después de BATMAN: EL CABALLERO DE LA NOCHE (The Dark Knight), EL ORIGEN (Inception), INTERESTELAR (Interstellar) y OPPENHEIMER (Oppenheimer), buena parte de la audiencia sabe que una película suya no se estrena: se anuncia como evento. Y esa diferencia cuenta.

Pero el triunfo de LA ODISEA (The Odyssey) también tiene algo de saludable provocación cultural. En una temporada dominada por franquicias, secuelas y héroes en traje ajustado, un poema épico de la Grecia antigua se sentó en la mesa de la taquilla y pidió palomitas grandes.

Y se las dieron.

El éxito no significa que mañana todos los estudios vayan a adaptar a los clásicos griegos. Tampoco veremos necesariamente una avalancha de películas sobre Sófocles, Eurípides o Hesíodo con palomera conmemorativa. Pero sí demuestra que el cine comercial todavía puede dialogar con materiales culturales profundos, antiguos y aparentemente “difíciles”, siempre que los convierta en experiencia viva.

Porque LA ODISEA (The Odyssey) no solo vende la historia de Odiseo intentando regresar a casa. Vende la promesa de un viaje. Y el cine, desde sus orígenes, ha sido precisamente eso: una invitación a sentarse en la oscuridad para ir a otro lugar.

Quizá por eso este récord importa. No solo porque Nolan rompió una marca de taquilla. No solo porque desplazó a un gigante reciente como DEADPOOL & WOLVERINE (Deadpool & Wolverine). Importa porque recuerda que el público puede seguir respondiendo a historias con peso, con tradición y con ambición, siempre que la pantalla las haga respirar.

A Hollywood le gusta pensar que la fórmula del éxito está en calcular tendencias.

Homero, desde algún rincón del Olimpo literario, acaba de sugerir otra cosa: quizá la fórmula estaba en contar bien un gran viaje.

Con monstruos, sí.

Con tragedia, también.

Pero sobre todo con una razón para que el espectador quiera subirse al barco.

Al final, la lección es sencilla: no hay que subestimar al público.

Puede que hoy vea videos cortos, series a doble velocidad y avances en el celular.

Pero si el viaje promete valer la pena, todavía compra boleto, apaga la luz y se deja llevar.

Porque, como acaba de demostrar Nolan, Homero también vende boletos de cine y  palomitas.



CUANDO COMER PODÍA SER UNA SENTENCIA DE MUERTE…

Las catadoras de Hitler: Inspirada en el testimonio de Margot Wölk y en la novela de Rosella Postorino, la película mira la Segunda Guerra Mundial desde una mesa donde cada bocado podía ser el último.

Por el equipo editorial de Cinesaurio

La Segunda Guerra Mundial ha sido contada muchas veces desde el campo de batalla, desde los discursos de los dictadores, desde los mapas militares, desde los campos de concentración, desde la resistencia y desde las ruinas.

Pero LAS CATADORAS DE HITLER (Le assaggiatrici, conocida internacionalmente como The Tasters) elige un lugar mucho más íntimo y perturbador: una mesa servida.

La película, dirigida por Silvio Soldini, llega a cines de todo México este jueves 20 de agosto. SensaCine México la registra como drama histórico y biográfico, con duración de 2 horas y 3 minutos, y la presenta como una historia basada en la novela de Rosella Postorino, inspirada a su vez en el testimonio de Margot Wölk, considerada la única sobreviviente del grupo de mujeres que probaron la comida de Hitler.

La premisa es tan sencilla como escalofriante: Rosa y otras mujeres son reclutadas por las SS para probar los alimentos destinados al Führer y asegurarse de que no estén envenenados. En otras palabras, son obligadas a comer para que otro no muera.

Ahí está el golpe de la historia

La comida, que normalmente asociamos con hogar, cuidado, reunión familiar y vida, se convierte aquí en una ruleta rusa silenciosa. Cada plato puede ser una comida… o una ejecución disfrazada de rutina. Cada bocado tiene suspenso. Cada sobremesa puede ser una cuenta regresiva.

Lo más inquietante es que estas mujeres no están en el centro del poder, pero son usadas por el poder. No deciden la guerra, no firman órdenes, no diseñan estrategias militares. Y, sin embargo, sus cuerpos se vuelven una especie de filtro humano para proteger al dictador más temido de Europa. La película parte de ese punto incómodo: incluso lejos del frente, la guerra encontraba la manera de sentarse a la mesa.

El origen literario también tiene peso. La cinta adapta la novela Le assaggiatrici, de Rosella Postorino, publicada en 2018 y reconocida con el Premio Campiello. El libro se inspiró en Margot Wölk, quien rompió su silencio en 2012, ya nonagenaria, al contar que había formado parte de aquel grupo de mujeres obligadas a probar los alimentos de Hitler cerca de la llamada Guarida del Lobo.

Desde luego, conviene hacer una precisión: no estamos ante un documental, sino ante una ficción inspirada en un episodio histórico. La propia crítica internacional ha señalado que la película toma el punto de partida real y lo desarrolla dramáticamente a través de personajes y conflictos narrativos. Cineuropa describe la cinta como una adaptación del best seller de Postorino y destaca que Soldini pone el foco en un grupo de mujeres sometidas a una estructura de miedo, obediencia y dominación.

Y ahí está el punto de interés: LAS CATADORAS DE HITLER (Le assaggiatrici) no parece importante solo por “hablar de Hitler”, sino por mirar la guerra desde quienes quedaron atrapadas en sus márgenes. Mujeres comunes convertidas en piezas de una maquinaria absurda, cruel y paranoica.

Adolfo Hitler, que aparece aquí cenando con su pareja, Eva Braun

Porque el miedo de Hitler a ser envenenado revela algo más que una anécdota extravagante. Muestra la lógica de un régimen construido sobre la desconfianza, la vigilancia y la idea de que cualquier persona podía ser utilizada, incluso para algo tan básico como comer.

La recepción crítica, por cierto, no ha sido unánime. The Guardian fue severo con la película y la consideró una adaptación poco convincente, mientras otros medios han resaltado más el valor de su premisa histórica y el punto de vista femenino de la historia. Eso también ayuda a colocarla en su justo sitio: quizá no estamos ante una obra maestra segura, pero sí ante una película con un tema suficientemente poderoso como para provocar conversación.

Y a veces eso basta para que una cinta merezca atención.

Porque LAS CATADORAS DE HITLER (Le assaggiatrici) nos recuerda que la guerra no solo se mide por bombas, batallas o cifras. También se mide por los miedos cotidianos que impone. Por la pérdida de libertad. Por la obediencia forzada. Por la angustia de sentarse frente a un plato sin saber si uno se levantará de la mesa.

En el cine, muchas veces hemos visto a personajes luchar por sobrevivir en trincheras, bosques, cárceles o campos minados.

Aquí la trinchera es el comedor.

Y el enemigo puede venir servido en porcelana.




¡DON ALFREDO ERA UN FISGÓN!

Era un gran observador de la conducta humana, y qué mejor prueba que LA VENTANA INDISCRETA (Rear Window): Hitchcock sabía que todos miramos… aunque nos hagamos los muy decentes.

Por Andrés Bermea y Mr. Chips

Hoy 13 de agosto, el hombre de la redonda figura, el perfil inconfundible y la mirada de quien ya sabía dónde estaba escondido el cadáver, cumpliría 127 años. Su nombre: Alfred Hitchcock, aunque para la historia del cine bien podría ser simplemente Don Alfredo, señor del suspenso, maestro de la sospecha y gran fisgón profesional.

Fisgón, sí, pero con clase y con propósito.

Porque Hitchcock no miraba por mirar. Observaba. Estudiaba. Esperaba. Se asomaba -metafóricamente, claro- por la rendija de la conducta humana para descubrir qué hacemos cuando creemos que nadie nos ve. Y luego, con toda la elegancia británica del mundo, convertía esa curiosidad en cine.

Por eso su importancia va mucho más allá de haber dirigido películas famosas. Hitchcock no sólo hacía thrillers. Construía trampas emocionales. Nos sentaba cómodamente en la butaca, nos daba palomitas, apagaba la luz… y luego nos decía al oído: “Mira bien, porque aquí algo no está en su lugar”.

Y claro, uno miraba.

Ahí está LA VENTANA INDISCRETA (Rear Window), quizá su confesión más descarada. Un hombre inmóvil, mirando a sus vecinos desde su departamento, convierte el chisme vecinal en arte cinematográfico. Hitchcock sabía que todos tenemos un pequeño detective doméstico por dentro. Ese que oye un ruido raro y dice: “No me importa… pero voy a ver”. Ese que no se mete en vidas ajenas… Bueno,nomás tantito.

Pero su genio no estaba sólo en el tema. Estaba en la forma.

Hitchcock entendió que el suspenso no depende necesariamente del susto, sino de la espera. Si una bomba explota sin avisar, el público se sorprende. Pero si el público sabe que hay una bomba debajo de la mesa y los personajes siguen platicando como si estuvieran en café de señoras, entonces cada segundo se vuelve insoportable. Esa era su especialidad: no aventarnos el miedo encima, sino cocerlo a fuego lento.

Como buen gourmet -y él de comida sabía bastante-, Hitchcock no servía el suspenso crudo. Lo marinaba. Lo sazonaba. Lo dejaba reposar. Y cuando ya nos tenía con los nervios al punto exacto, entonces sí: cuchillito, sombra, escalera, ventana, tren, motel o pájaros desquiciados.

Su cine tiene algo muy particular: convierte lo cotidiano en amenaza. Una ducha puede volverse pesadilla.

Una carretera, persecución. Una ventana, tentación. Un motel de carretera, trampa. Un ramo de flores, sospecha. Una mujer elegante, misterio. Y si además era rubia, mejor todavía.

Porque sí: Don Alfredo tenía una fascinación muy conocida por las rubias. Pero no por cualquier rubia. Le interesaban esas mujeres impecables por fuera y enigmáticas por dentro: frías en apariencia, elegantes, controladas, pero capaces de esconder una tormenta completa detrás de una mirada.

Grace Kelly, Kim Novak, Tippi Hedren, Eva Marie Saint y hasta Ingrid Bergman… en su cine, la rubia no era adorno: era laberinto.

Y ahí vuelve a aparecer su verdadera grandeza: Hitchcock sabía que el peligro no siempre grita. A veces sonríe. A veces se peina perfecto. A veces toma té. A veces entra a cuadro como si nada, mientras la música y la cámara nos avisan que más vale no confiarse.

También fue un maestro de la cámara. Para él, la cámara no era una grabadora obediente. Era cómplice, testigo, acusadora y, muchas veces, fisgona también. Nos hacía mirar desde donde no deberíamos, saber lo que un personaje ignora, sospechar antes de tiempo o sentir culpa por estar disfrutando demasiado aquello que no tendríamos derecho a mirar.

DE ENTRE LOS MUERTOS (Vertigo)

En DE ENTRE LOS MUERTOS (Vertigo), la obsesión se vuelve abismo. En INTRIGA INTERNACIONAL (North By Northwest) y EN MANOS DEL DESTINO (The Man Who Knew Too Much) un hombre común acaba metido en una conspiración que no pidió, como quien se equivoca de fila y termina perseguido por medio mundo. En PSICOSIS (Psycho), Hitchcock cambió las reglas a media película y nos enseñó que nadie está a salvo, ni siquiera la protagonista… ni siquiera en la regadera. Sobre todo en la regadera.

Ese es otro punto clave: Hitchcock jugaba con nuestras expectativas. Cuando creíamos saber por dónde iba la película, él nos movía el tapete. Cuando esperábamos una explicación, nos daba una mirada de jugador de póker. Cuando queríamos alivio, nos apretaba un poquito más la cuerda. Y cuando ya estábamos demasiado tensos, soltaba una pizca de humor negro, como diciendo: “Tranquilos, esto también me divierte”.

Su contribución al cine mundial está ahí: en haber perfeccionado el lenguaje del suspenso moderno. El falso culpable, el objeto misterioso que todos persiguen -el famoso MacGuffin-, la información que el público sabe antes que los personajes, el crimen elegante, la tensión psicológica, el humor oscuro, la cámara subjetiva, el montaje como instrumento de ansiedad.

Todo eso sigue vivo en películas, series, thrillers políticos, historias de espionaje y hasta en relatos cotidianos donde alguien sospecha que el vecino no anda en buenos pasos.

Con PSICOSIS Inventó la alerta de Spoiler y le decía al público como ver su cine

Y aunque muchas veces se le recuerda como “el maestro del suspenso”, Hitchcock fue también un extraordinario director de espectadores. Sabía cómo respiramos frente a una escena, cuándo nos adelantamos, cuándo cerramos los ojos y cuándo, aunque nos dé vergüenza admitirlo, queremos seguir viendo más.

Por eso su cine sigue vigente.

Podrán cambiar los ritmos, las tecnologías, los efectos visuales y las plataformas. Pero seguimos siendo los mismos bichos curiosos de siempre. Seguimos mirando por ventanas reales o digitales. Seguimos sospechando. Seguimos queriendo saber qué hay detrás de la puerta cerrada, quién miente, quién esconde algo y por qué esa música se puso tan inquietante.

Hitchcock entendió que el cine entra por los ojos, pero se queda trabajando en la nuca.

Y quizá por eso nunca se ha ido del todo. Cada vez que una película nos hace mirar donde no debemos, cada vez que una cámara convierte un pasillo en amenaza, cada vez que el silencio pesa más que un grito, ahí anda Don Alfredo, redondito, elegante, haciendo gala de su humor en cada uno de sus famosos “cameos”; irónico, acomodándose la corbata y diciendo: “Yo les avisé”.

Así que hoy en CINESAURIO celebremos a Hitchcock no sólo como un director famoso, sino como uno de los grandes arquitectos del lenguaje cinematográfico.

El hombre que hizo del miedo una coreografía.
Del suspenso, una ciencia.
Del fisgoneo, una obra de arte.

Y del espectador, su cómplice favorito.



¡MAMÁ! ¡HAY UN DINOSAURIO EN EL PATIO!

EL FINAL DE LA CALLE OAK llega a México con aroma a 1982: vecindarios tranquilos, familias en crisis y una amenaza prehistórica que revela que, a veces, el monstruo no solo está fuera de casa.

Por Andrés Bermea y Mr. Chips

Mañana jueves 13 de agosto llega a los cines de México EL FINAL DE LA CALLE OAK (The End of Oak Street), una película que a primera vista parece vendernos una premisa irresistible: una calle residencial, una familia en crisis, un extraño evento cósmico… y dinosaurios. Sí, dinosaurios. Porque cuando la vida familiar se pone complicada, Hollywood siempre puede empeorarla con una criatura prehistórica en el jardín.

La cinta está escrita y dirigida por David Robert Mitchell, el mismo realizador de ESTÁ DETRÁS DE TI (It Follows) y EL MISTERIO DE SILVER LAKE (Under the Silver Lake), y es producida por J. J. Abrams. El reparto lo encabezan Anne Hathaway e Ewan McGregor. La premisa plantea que un misterioso evento cósmico arranca la calle Oak de su entorno habitual y transporta a todo el vecindario a un lugar desconocido, obligando a la familia Platt a mantenerse unida para sobrevivir.

Pero lo interesante no está solamente en los dinosaurios. Lo interesante está en el vecindario.

La historia se ubica en los años ochenta -algunas reseñas la sitúan específicamente en 1982-, y ese dato abre una puerta muy sabrosa. Porque 1982 no fue cualquier año para el cine fantástico. Ese año se estrenaron dos películas fundamentales para entender cómo Hollywood convirtió la vida doméstica en territorio de asombro y amenaza: E.T. EL EXTRATERRESTRE (E.T. the Extra-Terrestrial) y POLTERGEIST: JUEGOS DIABÓLICOS (Poltergeist).

En E.T. lo imposible llega al patio de una casa común. En POLTERGEIST, el horror entra por la televisión, ese altar luminoso de la sala familiar. Las dos películas hicieron algo enorme: demostraron que la aventura ya no necesitaba castillos, galaxias lejanas o mansiones góticas. Bastaba un vecindario tranquilo, una calle silenciosa, una familia aparentemente normal… y algo raro detrás de la puerta o en la sala de la casa.

Ahí parece colocarse EL FINAL DE LA CALLE OAK (The End of Oak Street). La diferencia es que aquí no entra un monstruo a la casa: la casa, la calle y el vecindario entero son arrancados de su realidad. Es como si la tranquilidad residencial -con sus jardines, sus cocheras, sus vecinos saludando desde la banqueta- fuera levantada del suelo y arrojada a un mundo donde la cortesía vecinal ya no sirve de mucho frente a un dinosaurio con hambre.

Y entonces aparece el ángulo más interesante: el vecindario como jaula.

Porque un vecindario puede parecer refugio, pero también puede ser encierro. En esas calles perfectamente ordenadas se guardan frustraciones, matrimonios cansados, silencios familiares, sueños pospuestos y esa sensación de que la vida ya decidió por uno. Algunas reseñas han señalado precisamente a Denise, el personaje de Anne Hathaway, como una ama de casa frustrada o desencantada dentro de ese mundo doméstico aparentemente estable.

Por eso los dinosaurios pueden ser el espectáculo, pero no necesariamente el tema. El verdadero monstruo quizá no está solo afuera, rugiendo entre los árboles. También puede estar dentro: en lo que una familia no se dice, en lo que una madre quiere ser y no ha podido, en lo que un vecindario oculta debajo del pasto bien cortado.

David Robert Mitchell ya había demostrado en ESTÁ DETRÁS DE TI que sabe convertir un miedo abstracto en algo físico, cotidiano, casi inevitable. Y en EL MISTERIO DE SILVER LAKE jugó con la paranoia, los códigos ocultos y la sensación de que el mundo aparentemente normal esconde otra cosa.

Ahora, con EL FINAL DE LA CALLE OAK, Mitchell parece entrar al terreno del gran espectáculo, pero sin abandonar del todo su obsesión por lo invisible: aquello que persigue, aquello que se oculta, aquello que convierte la normalidad en amenaza.

También hay una sombra inevitable: la de PARQUE JURÁSICO (Jurassic Park), otra película donde los dinosaurios no son solo atracción, sino advertencia. Pero mientras Spielberg llevó al público a una isla diseñada para exhibir criaturas imposibles, Mitchell parece hacer lo contrario: traer lo imposible al vecindario, al lugar donde supuestamente nada debía pasar.

Y quizá por eso la premisa funciona. Porque todos entendemos esa fantasía inquietante: ¿Qué pasaría si un día nuestra calle, nuestra casa, nuestra rutina y nuestros pendientes quedaran atrapados en un lugar donde ya no sirven las reglas de siempre?

Los ochenta nos enseñaron que lo extraordinario podía aparecer en una recámara infantil, en una televisión encendida o en un cobertizo del patio. EL FINAL DE LA CALLE OAK actualiza esa advertencia con humor, aventura y dientes muy grandes.

Cuidado con desear que algo emocionante pase en el vecindario.

A veces pasa.

Y se lleva toda la cuadra.





¡FELICES 51 CINEMA ATENEA!

Hubo cines que nacieron con grandes marquesinas, vestíbulos amplios y salas capaces de recibir multitudes. Y hubo otros, más discretos, casi escondidos, que encontraron su lugar dentro de edificios cargados de historia.

Uno de esos casos fue el Cine ATENEA, inaugurado en Monterrey el viernes 8 de agosto de 1975, en Zaragoza y Juan Ignacio Ramón, en pleno centro de la ciudad. Su historia no empieza realmente en 1975, sino mucho antes: en ese mismo predio estuvieron los teatros Juárez y el Independencia, el Cine Rex y luego el Olympia.

El Atenea era parte del mismo edificio.

Pero no era simplemente “otra sala del Olympia”. Tenía su propio acceso, ubicado a la izquierda, y los desplegados de prensa lo anunciaban claramente como una sala “junto al cine Olympia”.

Para entrar al Atenea había que subir a un segundo piso. Ese detalle permite pensar —con prudencia, pero con lógica arquitectónica— que pudo ocupar lo que alguna vez fue el anfiteatro del REX, o algún otro espacio superior del mismo edificio. En cualquier caso, eso le daba una personalidad propia: no era la gran sala de abajo, sino una experiencia más íntima, casi secreta, dentro de un inmueble con pasado cinematográfico.

Y su película inaugural no pudo ser más elegante: AMARCORD, la cinta franco-italiana de 1973, escrita y dirigida por Federico Fellini. La película había ganado el Óscar a la Mejor Película Extranjera, y llegaba al Atenea como carta de presentación de una sala que parecía apostar por un cine distinto, más autoral, más europeo, más de conversación después de la función.

Abrir con Fellini no era cualquier cosa. Amarcord es una película de memoria, nostalgia, humor, fantasía y personajes desbordados. Muy apropiada, curiosamente, para una sala que también parecía vivir entre recuerdos: los del viejo Rex, los del centro de Monterrey y los de una ciudad que todavía conservaba sus cines de calle.

El nombre también tenía lo suyo. Atenea, diosa griega de la sabiduría, las artes y la estrategia, hacía pareja simbólica con Olympia, nombre asociado al mundo clásico y al monte de los dioses. En una misma esquina del centro regiomontano convivían, por unos años, dos nombres de resonancia mitológica: Olympia y Atenea. Muy solemne todo… aunque afuera rugiera el tráfico y uno tuviera que encontrar estacionamiento como pudiera.

El Cine Atenea pertenece a una etapa de transición.

Para mediados de los años setenta, los grandes palacios cinematográficos del centro comenzaban a transformarse. Las enormes salas únicas empezaban a ceder espacio a formatos más pequeños, más flexibles y, en algunos casos, más especializados. La ciudad también estaba cambiando. Años después, muchas de esas construcciones desaparecerían con las obras y demoliciones vinculadas a la Macroplaza.

Por eso, el ATENEA merece recordarse no sólo como un nombre perdido en la cartelera, sino como una pequeña sala con identidad propia. Una sala de segundo piso. Una sala junto al Olympia, pero distinta. Una sala nacida en el edificio heredero del Rex. Una sala que abrió con Fellini.

No todos los cines desaparecidos fueron gigantes. Algunos dejaron huella precisamente por lo contrario: por ser pequeños, discretos, un poco escondidos… y por formar parte de esa geografía sentimental del Monterrey que iba al cine caminando por el centro.

El Atenea fue uno de ellos.

Desplegado publicado en el diario EL PORVENIR el jueves 7 de agosto de 1975

Un cine de segundo piso, con nombre de diosa griega, que abrió sus puertas con Amarcord y que hoy sobrevive en la memoria de quienes todavía pueden decir: “Yo estuve ahí”.



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¡LA MAMÁ DE MARILYN MONROE NACIÓ EN MÉXICO!…

Y LE DIO EL APELLIDO A UNA LEYENDA

Por Andrés Bermea y Mr. Chips

Gladys Pearl Monroe la mamá de Marilyn Monroe

¿Sabías que… una parte esencial del nombre más famoso de Hollywood comenzó en Coahuila?

Deja te cuento que la madre de Marilyn Monroe se llamaba Gladys Pearl Monroe, conocida después como Gladys Baker. Nació el 27 de mayo de 1902 en Piedras Negras, Coahuila, ciudad que entonces se llamaba Porfirio Díaz. ¡Sí! Aquí en México. Te paso este dato:… Sus padres eran estadounidenses pero residieron temporalmente en México porque su padre trabajaba pintando vagones para el ferrocarril. Poco después, la familia se mudó a California.

Pero, checa esto: Gladys terminó trabajando como cortadora de negativos cinematográficos. Es decir: antes de que su hija se convirtiera en una de las mujeres más fotografiadas del planeta, su madre ya vivía rodeada de rollos de película. Hollywood, por lo visto, había empezado a acercarse a la familia sin avisar.

El 1 de junio de 1926 nació su hija Norma Jeane, es decir, que acabaría de cumplir 100 años hace unos días… Sin embargo, Gladys padeció graves problemas de salud mental y fue internada cuando la niña tenía ocho años. Norma Jeane pasó entonces por hogares sustitutos, separaciones y una infancia profundamente inestable. Años después, Marilyn hablaría del abandono y de su deseo de pertenecer a una familia; resulta difícil no relacionar esa necesidad afectiva con aquellos primeros años, aunque reducir toda su compleja vida a una sola causa sería injusto.

Pero aquí aparece el giro digno de guion.

Cuando Norma Jeane buscaba un nombre artístico, el ejecutivo Ben Lyon propuso Marilyn, inspirado en la actriz teatral Marilyn Miller. Para el apellido eligieron Monroe, el apellido de soltera de su madre. Así que Gladys, la mujer nacida en Piedras Negras, terminó aportando la mitad del nombre que Hollywood convertiría en leyenda.

Madre e hija mantuvieron una relación difícil y distante, aunque Marilyn contribuyó económicamente a su manutención.

Y mira, este dato es insólito, Gladys sobrevivió a su hija ¡más de veinte años!: salió del hospital en 1967, vivió una temporada con su hija Berniece y murió en Gainesville, Florida, en 1984, a los 81 años.

Marilyn Monroe no nació en México. Pero su apellido artístico sí llevaba una inesperada conexión coahuilense, y varias veces visitó el país.

La bella María Félix acompaña a Marilyn en una de sus visitas al país

Hollywood puso las luces, el vestido blanco y el glamour. Piedras Negras aportó el “Monroe”…

Marilyn falleció justo un 5 de agosto, como hoy, pero en 1962… Hace exactamente sesenta y cuatro años…

Con información disponible en la web.

Fuentes: BIOGRAPHY | HISTORY DEFINED |WIKIPEDIA