Una película de concreto…

que no resultó nada pesada.

THE HISTORY OF CONCRETE, el debut como largometraje de John Wilson, convirtió un tema que suena gris y poco atractivo en uno de los estrenos por pantalla más llamativos de Nueva York.

Por el equipo editorial de Cinesaurio

Hay películas sobre guerras, amores imposibles, asesinos, superhéroes, galaxias lejanas y monstruos gigantes.

Y luego está una película sobre concreto.

Sí, concreto.

THE HISTORY OF CONCRETE (The History of Concrete), dirigida por John Wilson, abrió este fin de semana en una sola pantalla del IFC Center de Nueva York y consiguió uno de los mejores estrenos en la historia de esa sala. IndieWire reportó que la cinta se convirtió en el segundo debut más fuerte del recinto, solo detrás de PARÁSITOS (Parasite).

La paradoja es deliciosa: una película cuyo título parece material para una conferencia de ingeniería terminó generando funciones agotadas, presentaciones especiales y largas jornadas de exhibición. El propio IFC Center programó numerosas funciones y encuentros con Wilson durante el fin de semana.

Pero la gracia está en que la película no es realmente una clase sobre cemento, grava y resistencia estructural.

Después de terminar su serie televisiva, Wilson buscaba una nueva salida creativa y asistió a un taller sobre cómo escribir y vender películas tipo Hallmark. Entonces decidió hacer algo bastante absurdo: intentar aplicar esa fórmula narrativa a un documental sobre concreto. Ese es el punto de partida oficial de la cinta, que dura 101 minutos y es distribuida por Magnolia.

En otras palabras, Wilson tomó dos cosas que aparentemente no deberían encontrarse jamás —una fórmula romántica prefabricada y un material de construcción— y decidió mezclarlas.

Y el público respondió.

En una industria obsesionada con encontrar “la fórmula” del éxito, THE HISTORY OF CONCRETE (The History of Concrete) parece burlarse precisamente de las fórmulas. Su atractivo está en la mirada del autor, en su capacidad para encontrar historias donde los demás solo ven banquetas, edificios, grietas y muros.

Porque una buena película no siempre depende del tema.

Depende de cómo se mira.

El concreto puede ser gris, duro, frío y perfectamente inmóvil. Pero alrededor de él hay ciudades, personas, arquitectura, recuerdos, fracasos, obsesiones y decisiones humanas. Y cuando alguien sabe mirar esas cosas con suficiente curiosidad, hasta una pared puede tener algo que contar.

Tal vez por eso la película está funcionando. No porque el mundo haya despertado repentinamente con una pasión secreta por el cemento Portland, sino porque el público todavía responde a una voz original.

Y eso también es una pequeña buena noticia para el cine.

En tiempos de secuelas calculadas, universos compartidos y algoritmos tratando de adivinar qué queremos ver, una película sobre concreto llegó con una propuesta rarísima y consiguió llenar una sala.

Nada mal para un material que, en teoría, está hecho para quedarse quieto.

THE HISTORY OF CONCRETE (The History of Concrete) demuestra que en el cine hasta el tema más pesado puede volverse ligero cuando alguien sabe contar la historia.

O, dicho de otra manera:

el concreto puede pesar toneladas.

La película, por fortuna, no.



EL DESAIRE: CUANDO DECIR “NO” SE VOLVIÓ UNA CONDENA

Inspirada en el corrido de Rosita Alvírez, la película mexicana revisa una historia cantada durante décadas y la coloca frente a una realidad dolorosamente vigente: la violencia contra una mujer que intenta decidir por sí misma.

EL DESAIRE es una película de “bienes”… es decir, bien adaptada por Gabo Ramos Co guionista y Director de la película con un buen tema, bien importante y bien oportuno, la violencia contra la mujer es un asunto al que hay que entrarle hoy con mayor determinación y eficacia. Una historia bien contada; con un reparto bien elegido, bien actuada, bien fotografiada y bien musicalizada, y todo en un Saltillo que luce espectacular como un lugar cualquiera de la provincia mexicana. Está bien que la veas.

Hay canciones que conocemos tan bien que dejamos de escucharlas.

Las tarareamos, las repetimos, las oímos en fiestas, reuniones familiares, cantinas o películas, hasta que un día alguien nos obliga a poner atención y descubrimos que aquello que parecía tradición también escondía una herida abierta.

Eso ocurre con el corrido de Rosita Alvírez.

Screenshot

Ahora, la película mexicana EL DESAIRE, dirigida por Gabo Ramos, retoma esa historia popular ligada a Saltillo, Coahuila, y la mira desde una sensibilidad contemporánea. IMCINE la ha descrito como una nueva versión crítica de un corrido casi convertido en mito fundacional saltillense, pero subrayando algo esencial: vista de frente, la canción es la crónica de un feminicidio.

El corrido cuenta, en términos generales, una historia brutal: Rosita va a un baile, un hombre quiere bailar con ella, ella lo rechaza y él la mata. Durante décadas, esa tragedia fue cantada con fatalismo, humor negro o advertencia moral. Pero si quitamos el envoltorio musical, lo que queda es estremecedor: una mujer dice “no” y un hombre decide que ese “no” merece castigo.

En algunas versiones tradicionales aparece una línea reveladora: “Rosita, no me desaires, la gente lo va a notar”. Ahí asoma una clave poderosa: el rechazo no solo hiere el deseo masculino; hiere el orgullo público. El “desaire” se vuelve vergüenza social. La pista de baile se convierte en escenario, y la mirada de los demás pesa casi tanto como la negativa de Rosita.

Pero EL DESAIRE no parece quedarse únicamente en esa lectura del corrido. La película traslada la historia a un drama actual donde el detonador principal no es solo la vergüenza, sino los celos enfermizos de Juan, el novio de Rosa. Y ahí el relato se vuelve todavía más cercano e incómodo.

Juan no representa simplemente al hombre rechazado de una canción antigua. Representa una forma de violencia mucho más reconocible: la del amor confundido con posesión, la vigilancia disfrazada de preocupación, la manipulación presentada como cariño, el control manejado como prueba de interés. Ese machismo cotidiano que no siempre empieza con un golpe, sino con una pregunta, una sospecha, una prohibición, una escena de celos.

La película parece entender que la violencia no surge de la nada. Se va construyendo. Crece en frases, gestos, presiones, silencios y amenazas. Primero aparece como incomodidad. Luego como control. Después como miedo. Y cuando Rosa intenta conservar su libertad, su deseo de estudiar, trabajar, moverse y decidir, el entorno empieza a cerrarse sobre ella.

Ahí está el verdadero peso del título. EL DESAIRE puede sonar a una ofensa menor: un gesto frío, una grosería social, una negativa incómoda. Pero en esta historia la palabra carga una tragedia. Porque el problema nunca fue que Rosa desairara a alguien. El problema fue que alguien creyó tener derecho sobre ella.

Ese cambio de enfoque importa. La película no rescata el corrido para repetirlo como estampa folclórica ni para envolverlo en nostalgia norteña. Lo trae al presente para preguntarnos qué hemos estado cantando durante años y qué violencias quedaron normalizadas debajo de la música.

Porque muchas veces la cultura popular guarda historias que repetimos sin analizarlas. Canciones que parecen inocentes. Frases que se vuelven chiste. Tragedias que terminan convertidas en tradición. Y entonces el cine puede hacer algo muy valioso: detener la música por un momento y obligarnos a escuchar la letra de verdad.

EL DESAIRE merece atención precisamente por eso. No porque prometa resolver la historia de Rosita Alvírez ni porque pretenda convertir el corrido en expediente judicial. Su interés está en tomar una memoria popular mexicana y leerla desde una pregunta urgente: ¿Cuántas veces hemos llamado “celos” a lo que en realidad era control?, ¿Cuántas veces hemos confundido pasión con posesión?, ¿Cuántas veces una mujer ha tenido que pagar demasiado caro por decir que no?

Rosita no cometió una provocación.

Rosa no pertenece a nadie.

Y esa diferencia, que debería ser obvia, es justamente lo que la película viene a poner frente a nosotros.

Al final, EL DESAIRE no vuelve al corrido para adornarlo.

Vuelve para corregirnos el oído.



HOMERO TAMBIÉN VENDE PALOMITAS…

Por el equipo editorial de Cinesaurio

Durante años nos han dicho que el público ya no tiene paciencia. Que las películas largas espantan. Que las historias complejas no venden. Que si no hay superhéroes, multiversos, cameos sorpresa o muñecos coleccionables, la taquilla se pone nerviosa.

Y entonces llegó Homero.

Bueno, llegó Christopher Nolan con Homero bajo el brazo.

LA ODISEA (The Odyssey) acaba de convertirse en la película clasificación ‘R’ más taquillera de todos los tiempos, superando a DEADPOOL & WOLVERINE, que tenía el récord desde 2024. Según reportes recientes, la cinta de Nolan ya ronda los 1,400 millones de dólares a nivel mundial y también se convirtió en la película más taquillera de toda su carrera.

LA ODISEA (The Odyssey) acaba de convertirse en la película clasificación ‘R’ más taquillera de todos los tiempos, superando a DEADPOOL & WOLVERINE (Deadpool & Wolverine), que tenía el récord desde 2024. Según reportes recientes, la cinta de Nolan ya ronda los 1,400 millones de dólares a nivel mundial y también se convirtió en la película más taquillera de toda su carrera.

El dato es notable por muchas razones. Primero, porque estamos hablando de una película clasificación R en Estados Unidos, lo que limita el acceso de menores de 17 años si no van acompañados por un adulto. Segundo, porque no se trata precisamente de una comedia ligera de hora y media. Es una epopeya antigua, basada en un poema atribuido a Homero, con viaje, guerra, monstruos, dioses, regreso al hogar y bastante sufrimiento humano. Nada de “me la explicas en TikTok en treinta segundos”.

Y aun así, el público compró boleto.

Ahí está la noticia verdadera.

Nolan tomó una obra literaria que tiene casi tres mil años de antigüedad y la convirtió en acontecimiento cinematográfico. No la vendió como tarea escolar ni como lectura obligatoria con examen el lunes. La presentó como espectáculo: gran formato, reparto estelar, aventura, misterio, prestigio y esa sensación de que, si no la ves en sala, te estás perdiendo algo.

Eso es algo que Hollywood debería anotar con plumón rojo: el público no necesariamente huye de las historias ambiciosas. Huye del aburrimiento. Huye de las películas que parecen diseñadas por comité. Huye de los estrenos que prometen mucho ruido pero poca emoción. Pero cuando una película logra convencerlo de que hay una experiencia grande esperándolo, el público todavía sale de casa.

Claro, Nolan no es cualquier director. Su nombre ya funciona casi como marca de garantía. Después de BATMAN: EL CABALLERO DE LA NOCHE (The Dark Knight), EL ORIGEN (Inception), INTERESTELAR (Interstellar) y OPPENHEIMER (Oppenheimer), buena parte de la audiencia sabe que una película suya no se estrena: se anuncia como evento. Y esa diferencia cuenta.

Pero el triunfo de LA ODISEA (The Odyssey) también tiene algo de saludable provocación cultural. En una temporada dominada por franquicias, secuelas y héroes en traje ajustado, un poema épico de la Grecia antigua se sentó en la mesa de la taquilla y pidió palomitas grandes.

Y se las dieron.

El éxito no significa que mañana todos los estudios vayan a adaptar a los clásicos griegos. Tampoco veremos necesariamente una avalancha de películas sobre Sófocles, Eurípides o Hesíodo con palomera conmemorativa. Pero sí demuestra que el cine comercial todavía puede dialogar con materiales culturales profundos, antiguos y aparentemente “difíciles”, siempre que los convierta en experiencia viva.

Porque LA ODISEA (The Odyssey) no solo vende la historia de Odiseo intentando regresar a casa. Vende la promesa de un viaje. Y el cine, desde sus orígenes, ha sido precisamente eso: una invitación a sentarse en la oscuridad para ir a otro lugar.

Quizá por eso este récord importa. No solo porque Nolan rompió una marca de taquilla. No solo porque desplazó a un gigante reciente como DEADPOOL & WOLVERINE (Deadpool & Wolverine). Importa porque recuerda que el público puede seguir respondiendo a historias con peso, con tradición y con ambición, siempre que la pantalla las haga respirar.

A Hollywood le gusta pensar que la fórmula del éxito está en calcular tendencias.

Homero, desde algún rincón del Olimpo literario, acaba de sugerir otra cosa: quizá la fórmula estaba en contar bien un gran viaje.

Con monstruos, sí.

Con tragedia, también.

Pero sobre todo con una razón para que el espectador quiera subirse al barco.

Al final, la lección es sencilla: no hay que subestimar al público.

Puede que hoy vea videos cortos, series a doble velocidad y avances en el celular.

Pero si el viaje promete valer la pena, todavía compra boleto, apaga la luz y se deja llevar.

Porque, como acaba de demostrar Nolan, Homero también vende boletos de cine y  palomitas.



UN BECERRITO CON MUCHA CARNITA EN LA TAQUILLA

Niu Lai, una modestísima animación china hecha casi en casa, pasó de la burla en redes al fenómeno de taquilla. Hollywood, toma nota: a veces el público no quiere más presupuesto, quiere algo de qué hablar.

Por el equipo editorial de Cinesaurio

A ver, Hollywood, siéntate tantito. Tenemos que hablar.

Tú que a veces crees que para emocionar al público necesitas presupuestos capaces de financiar un país pequeño, estrellas con contrato blindado, computadoras sudando CGI, universos compartidos, poscréditos, precuelas, secuelas, multiversos, muñecos coleccionables y ejecutivos usando palabras como “sinergia” en juntas con café caro… resulta que una película animada china, hecha con recursos modestísimos, acaba de recordarte algo elemental:

El público no siempre necesita que lo apantallen.

A veces basta con que le despierten curiosidad.

La película se llama Niu Lai, también traducida como The Bull Comes o The Cow Is Coming, y se ha convertido en una de las historias más raras y sabrosas de la taquilla china en 2026. Se trata de una animación rudimentaria sobre un becerrito, realizada por un equipo mínimo —reportado en varios medios como una madre y su hijo— que primero fue ridiculizada en redes por su apariencia extraña, sus recursos básicos y su animación casi casera. Reuters la describió como una película hecha con presupuesto de “zapato”, mientras otros reportes han señalado cifras tan bajas como unos cuantos miles de dólares, e incluso versiones que hablan de apenas 200 dólares. Conviene tomar esa cifra con cautela, pero el punto central no cambia: esto no nació como una superproducción.

Lo más divertido es que al principio casi nadie la estaba viendo. Associated Press reportó que hubo días en que Niu Lai recaudaba apenas unos 200 yuanes, alrededor de 30 dólares, en la taquilla china. Es decir: hubo jornadas en que la película probablemente ganó menos que una familia grande gastando en palomitas, refrescos y nachos.

Pero entonces ocurrió la magia rara de Internet.

La gente empezó a compartir clips, capturas y comentarios burlones. Que si la animación parecía “terrible”. Que si los personajes eran feos. Que si aquello era tan malo que daba curiosidad. Y lo que comenzó como escarnio digital terminó convirtiéndose en campaña involuntaria. Las burlas hicieron lo que una agencia de publicidad carísima sueña con lograr: que todo mundo hablara de la película.

Y cuando todo mundo habla de una película, tarde o temprano alguien compra boleto.

Así, Niu Lai pasó de ser chiste en redes a fenómeno de taquilla. Reuters reportó que la película ya había superado los 4 millones de dólares de recaudación en China para ayer 20 de agosto, mientras otros medios destacaron que llegó a competir en rankings junto a títulos muchísimo más grandes y costosos.

Aquí es donde Hollywood debería sacar libreta y apuntar.

Porque esta historia no significa que ya no importen la técnica, el talento, la animación sofisticada o los grandes presupuestos. Claro que importan. Nadie está diciendo que Pixar deba despedir a sus animadores y comprar una laptop usada en oferta. Tampoco se trata de celebrar la mediocridad como si fuera virtud artística automática.

Pero sí nos recuerda algo que a veces la industria olvida: el éxito comercial no siempre obedece al dinero invertido. También puede nacer de la conversación, de la rareza, de la simpatía, del morbo, del entusiasmo colectivo o de esa extraña ternura que produce ver a alguien intentar algo con más ganas que recursos.

En tiempos de películas calculadas al milímetro, Niu Lai parece un accidente. Y quizá por eso funciona. Porque el público detecta cuando algo no viene pulido por veinte departamentos de mercadotecnia. Detecta cuando hay torpeza, sí, pero también impulso. Detecta cuando algo parece hecho no para cumplir con una franquicia, sino porque alguien, contra toda lógica, quiso hacerlo.

Ahí está la lección incómoda: a veces una película imperfecta puede tener más personalidad que una producción carísima diseñada para no incomodar a nadie. Y en una época donde muchos estrenos se sienten fabricados por comité, hasta lo raro, lo mal hecho o lo artesanal puede convertirse en acontecimiento.

Por supuesto, no hay que exagerar. Niu Lai no va a derrumbar el sistema de estudios ni a jubilar al CGI. Tampoco significa que mañana todas las películas deban costar lo mismo que una cena. Pero sí es un recordatorio delicioso: el cine no solo vive de perfección técnica. También vive de historias improbables, fenómenos populares y películas que nadie vio venir… porque, francamente, ni ellas mismas parecían saber hacia dónde iban.

Hollywood lleva años preguntándose cómo recuperar al público.

Tal vez la respuesta no siempre está en hacer todo más grande.

A veces está en hacer algo que la gente quiera comentar.

Aunque sea para decir: “No puede ser… tengo que ver esto”.

Y así, mientras los grandes estudios afinan sus universos, protegen sus marcas y calculan sus próximos mil millones, un becerrito animado con cara rara salió de China para recordarles una verdad incómoda:

No todo éxito necesita doctorado en cine.

A veces solo necesita una idea, terquedad, conversación… y tantito descaro.



CUANDO COMER PODÍA SER UNA SENTENCIA DE MUERTE…

Las catadoras de Hitler: Inspirada en el testimonio de Margot Wölk y en la novela de Rosella Postorino, la película mira la Segunda Guerra Mundial desde una mesa donde cada bocado podía ser el último.

Por el equipo editorial de Cinesaurio

La Segunda Guerra Mundial ha sido contada muchas veces desde el campo de batalla, desde los discursos de los dictadores, desde los mapas militares, desde los campos de concentración, desde la resistencia y desde las ruinas.

Pero LAS CATADORAS DE HITLER (Le assaggiatrici, conocida internacionalmente como The Tasters) elige un lugar mucho más íntimo y perturbador: una mesa servida.

La película, dirigida por Silvio Soldini, llega a cines de todo México este jueves 20 de agosto. SensaCine México la registra como drama histórico y biográfico, con duración de 2 horas y 3 minutos, y la presenta como una historia basada en la novela de Rosella Postorino, inspirada a su vez en el testimonio de Margot Wölk, considerada la única sobreviviente del grupo de mujeres que probaron la comida de Hitler.

La premisa es tan sencilla como escalofriante: Rosa y otras mujeres son reclutadas por las SS para probar los alimentos destinados al Führer y asegurarse de que no estén envenenados. En otras palabras, son obligadas a comer para que otro no muera.

Ahí está el golpe de la historia

La comida, que normalmente asociamos con hogar, cuidado, reunión familiar y vida, se convierte aquí en una ruleta rusa silenciosa. Cada plato puede ser una comida… o una ejecución disfrazada de rutina. Cada bocado tiene suspenso. Cada sobremesa puede ser una cuenta regresiva.

Lo más inquietante es que estas mujeres no están en el centro del poder, pero son usadas por el poder. No deciden la guerra, no firman órdenes, no diseñan estrategias militares. Y, sin embargo, sus cuerpos se vuelven una especie de filtro humano para proteger al dictador más temido de Europa. La película parte de ese punto incómodo: incluso lejos del frente, la guerra encontraba la manera de sentarse a la mesa.

El origen literario también tiene peso. La cinta adapta la novela Le assaggiatrici, de Rosella Postorino, publicada en 2018 y reconocida con el Premio Campiello. El libro se inspiró en Margot Wölk, quien rompió su silencio en 2012, ya nonagenaria, al contar que había formado parte de aquel grupo de mujeres obligadas a probar los alimentos de Hitler cerca de la llamada Guarida del Lobo.

Desde luego, conviene hacer una precisión: no estamos ante un documental, sino ante una ficción inspirada en un episodio histórico. La propia crítica internacional ha señalado que la película toma el punto de partida real y lo desarrolla dramáticamente a través de personajes y conflictos narrativos. Cineuropa describe la cinta como una adaptación del best seller de Postorino y destaca que Soldini pone el foco en un grupo de mujeres sometidas a una estructura de miedo, obediencia y dominación.

Y ahí está el punto de interés: LAS CATADORAS DE HITLER (Le assaggiatrici) no parece importante solo por “hablar de Hitler”, sino por mirar la guerra desde quienes quedaron atrapadas en sus márgenes. Mujeres comunes convertidas en piezas de una maquinaria absurda, cruel y paranoica.

Adolfo Hitler, que aparece aquí cenando con su pareja, Eva Braun

Porque el miedo de Hitler a ser envenenado revela algo más que una anécdota extravagante. Muestra la lógica de un régimen construido sobre la desconfianza, la vigilancia y la idea de que cualquier persona podía ser utilizada, incluso para algo tan básico como comer.

La recepción crítica, por cierto, no ha sido unánime. The Guardian fue severo con la película y la consideró una adaptación poco convincente, mientras otros medios han resaltado más el valor de su premisa histórica y el punto de vista femenino de la historia. Eso también ayuda a colocarla en su justo sitio: quizá no estamos ante una obra maestra segura, pero sí ante una película con un tema suficientemente poderoso como para provocar conversación.

Y a veces eso basta para que una cinta merezca atención.

Porque LAS CATADORAS DE HITLER (Le assaggiatrici) nos recuerda que la guerra no solo se mide por bombas, batallas o cifras. También se mide por los miedos cotidianos que impone. Por la pérdida de libertad. Por la obediencia forzada. Por la angustia de sentarse frente a un plato sin saber si uno se levantará de la mesa.

En el cine, muchas veces hemos visto a personajes luchar por sobrevivir en trincheras, bosques, cárceles o campos minados.

Aquí la trinchera es el comedor.

Y el enemigo puede venir servido en porcelana.




¡MAMÁ! ¡HAY UN DINOSAURIO EN EL PATIO!

EL FINAL DE LA CALLE OAK llega a México con aroma a 1982: vecindarios tranquilos, familias en crisis y una amenaza prehistórica que revela que, a veces, el monstruo no solo está fuera de casa.

Por Andrés Bermea y Mr. Chips

Mañana jueves 13 de agosto llega a los cines de México EL FINAL DE LA CALLE OAK (The End of Oak Street), una película que a primera vista parece vendernos una premisa irresistible: una calle residencial, una familia en crisis, un extraño evento cósmico… y dinosaurios. Sí, dinosaurios. Porque cuando la vida familiar se pone complicada, Hollywood siempre puede empeorarla con una criatura prehistórica en el jardín.

La cinta está escrita y dirigida por David Robert Mitchell, el mismo realizador de ESTÁ DETRÁS DE TI (It Follows) y EL MISTERIO DE SILVER LAKE (Under the Silver Lake), y es producida por J. J. Abrams. El reparto lo encabezan Anne Hathaway e Ewan McGregor. La premisa plantea que un misterioso evento cósmico arranca la calle Oak de su entorno habitual y transporta a todo el vecindario a un lugar desconocido, obligando a la familia Platt a mantenerse unida para sobrevivir.

Pero lo interesante no está solamente en los dinosaurios. Lo interesante está en el vecindario.

La historia se ubica en los años ochenta -algunas reseñas la sitúan específicamente en 1982-, y ese dato abre una puerta muy sabrosa. Porque 1982 no fue cualquier año para el cine fantástico. Ese año se estrenaron dos películas fundamentales para entender cómo Hollywood convirtió la vida doméstica en territorio de asombro y amenaza: E.T. EL EXTRATERRESTRE (E.T. the Extra-Terrestrial) y POLTERGEIST: JUEGOS DIABÓLICOS (Poltergeist).

En E.T. lo imposible llega al patio de una casa común. En POLTERGEIST, el horror entra por la televisión, ese altar luminoso de la sala familiar. Las dos películas hicieron algo enorme: demostraron que la aventura ya no necesitaba castillos, galaxias lejanas o mansiones góticas. Bastaba un vecindario tranquilo, una calle silenciosa, una familia aparentemente normal… y algo raro detrás de la puerta o en la sala de la casa.

Ahí parece colocarse EL FINAL DE LA CALLE OAK (The End of Oak Street). La diferencia es que aquí no entra un monstruo a la casa: la casa, la calle y el vecindario entero son arrancados de su realidad. Es como si la tranquilidad residencial -con sus jardines, sus cocheras, sus vecinos saludando desde la banqueta- fuera levantada del suelo y arrojada a un mundo donde la cortesía vecinal ya no sirve de mucho frente a un dinosaurio con hambre.

Y entonces aparece el ángulo más interesante: el vecindario como jaula.

Porque un vecindario puede parecer refugio, pero también puede ser encierro. En esas calles perfectamente ordenadas se guardan frustraciones, matrimonios cansados, silencios familiares, sueños pospuestos y esa sensación de que la vida ya decidió por uno. Algunas reseñas han señalado precisamente a Denise, el personaje de Anne Hathaway, como una ama de casa frustrada o desencantada dentro de ese mundo doméstico aparentemente estable.

Por eso los dinosaurios pueden ser el espectáculo, pero no necesariamente el tema. El verdadero monstruo quizá no está solo afuera, rugiendo entre los árboles. También puede estar dentro: en lo que una familia no se dice, en lo que una madre quiere ser y no ha podido, en lo que un vecindario oculta debajo del pasto bien cortado.

David Robert Mitchell ya había demostrado en ESTÁ DETRÁS DE TI que sabe convertir un miedo abstracto en algo físico, cotidiano, casi inevitable. Y en EL MISTERIO DE SILVER LAKE jugó con la paranoia, los códigos ocultos y la sensación de que el mundo aparentemente normal esconde otra cosa.

Ahora, con EL FINAL DE LA CALLE OAK, Mitchell parece entrar al terreno del gran espectáculo, pero sin abandonar del todo su obsesión por lo invisible: aquello que persigue, aquello que se oculta, aquello que convierte la normalidad en amenaza.

También hay una sombra inevitable: la de PARQUE JURÁSICO (Jurassic Park), otra película donde los dinosaurios no son solo atracción, sino advertencia. Pero mientras Spielberg llevó al público a una isla diseñada para exhibir criaturas imposibles, Mitchell parece hacer lo contrario: traer lo imposible al vecindario, al lugar donde supuestamente nada debía pasar.

Y quizá por eso la premisa funciona. Porque todos entendemos esa fantasía inquietante: ¿Qué pasaría si un día nuestra calle, nuestra casa, nuestra rutina y nuestros pendientes quedaran atrapados en un lugar donde ya no sirven las reglas de siempre?

Los ochenta nos enseñaron que lo extraordinario podía aparecer en una recámara infantil, en una televisión encendida o en un cobertizo del patio. EL FINAL DE LA CALLE OAK actualiza esa advertencia con humor, aventura y dientes muy grandes.

Cuidado con desear que algo emocionante pase en el vecindario.

A veces pasa.

Y se lleva toda la cuadra.





¡FELICES 51 CINEMA ATENEA!

Hubo cines que nacieron con grandes marquesinas, vestíbulos amplios y salas capaces de recibir multitudes. Y hubo otros, más discretos, casi escondidos, que encontraron su lugar dentro de edificios cargados de historia.

Uno de esos casos fue el Cine ATENEA, inaugurado en Monterrey el viernes 8 de agosto de 1975, en Zaragoza y Juan Ignacio Ramón, en pleno centro de la ciudad. Su historia no empieza realmente en 1975, sino mucho antes: en ese mismo predio estuvieron los teatros Juárez y el Independencia, el Cine Rex y luego el Olympia.

El Atenea era parte del mismo edificio.

Pero no era simplemente “otra sala del Olympia”. Tenía su propio acceso, ubicado a la izquierda, y los desplegados de prensa lo anunciaban claramente como una sala “junto al cine Olympia”.

Para entrar al Atenea había que subir a un segundo piso. Ese detalle permite pensar —con prudencia, pero con lógica arquitectónica— que pudo ocupar lo que alguna vez fue el anfiteatro del REX, o algún otro espacio superior del mismo edificio. En cualquier caso, eso le daba una personalidad propia: no era la gran sala de abajo, sino una experiencia más íntima, casi secreta, dentro de un inmueble con pasado cinematográfico.

Y su película inaugural no pudo ser más elegante: AMARCORD, la cinta franco-italiana de 1973, escrita y dirigida por Federico Fellini. La película había ganado el Óscar a la Mejor Película Extranjera, y llegaba al Atenea como carta de presentación de una sala que parecía apostar por un cine distinto, más autoral, más europeo, más de conversación después de la función.

Abrir con Fellini no era cualquier cosa. Amarcord es una película de memoria, nostalgia, humor, fantasía y personajes desbordados. Muy apropiada, curiosamente, para una sala que también parecía vivir entre recuerdos: los del viejo Rex, los del centro de Monterrey y los de una ciudad que todavía conservaba sus cines de calle.

El nombre también tenía lo suyo. Atenea, diosa griega de la sabiduría, las artes y la estrategia, hacía pareja simbólica con Olympia, nombre asociado al mundo clásico y al monte de los dioses. En una misma esquina del centro regiomontano convivían, por unos años, dos nombres de resonancia mitológica: Olympia y Atenea. Muy solemne todo… aunque afuera rugiera el tráfico y uno tuviera que encontrar estacionamiento como pudiera.

El Cine Atenea pertenece a una etapa de transición.

Para mediados de los años setenta, los grandes palacios cinematográficos del centro comenzaban a transformarse. Las enormes salas únicas empezaban a ceder espacio a formatos más pequeños, más flexibles y, en algunos casos, más especializados. La ciudad también estaba cambiando. Años después, muchas de esas construcciones desaparecerían con las obras y demoliciones vinculadas a la Macroplaza.

Por eso, el ATENEA merece recordarse no sólo como un nombre perdido en la cartelera, sino como una pequeña sala con identidad propia. Una sala de segundo piso. Una sala junto al Olympia, pero distinta. Una sala nacida en el edificio heredero del Rex. Una sala que abrió con Fellini.

No todos los cines desaparecidos fueron gigantes. Algunos dejaron huella precisamente por lo contrario: por ser pequeños, discretos, un poco escondidos… y por formar parte de esa geografía sentimental del Monterrey que iba al cine caminando por el centro.

El Atenea fue uno de ellos.

Desplegado publicado en el diario EL PORVENIR el jueves 7 de agosto de 1975

Un cine de segundo piso, con nombre de diosa griega, que abrió sus puertas con Amarcord y que hoy sobrevive en la memoria de quienes todavía pueden decir: “Yo estuve ahí”.



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UN SERVICIO DE CINESAURIO



SPIDER-MAN, LOS SPOILERS Y EL SAGRADO DERECHO A SORPRENDERSE

Por el equipo editorial de Cinesaurio

«Spiderman: Un Nuevo Día«, acaba de lograr una hazaña arácnida: abrir con más de 932 millones de dólares a nivel mundial y unos 360 millones en Estados Unidos y Canadá, colocándose entre los estrenos más grandes de la historia reciente. Según reportes publicados esta semana, la película incluso superó el arranque doméstico de Avengers: Endgame, lo que confirma que, si existe fatiga de superhéroes, a Spider-Man todavía no le llegó el memorándum.

Pero con cada gran estreno llega también un villano silencioso, sin capa, sin máscara y sin necesidad de efectos digitales: el Spoiler.

La pelea se registró en un cine en la India. Foto: X/@globovision

Un incidente ocurrido durante una función de Spider-Man: Un nuevo día, cinta protagonizada por Tom Holland, Zendaya, Sadie Sink y Jacob Batalon, acaparó la atención de los usuarios en redes sociales.

Y para muestra, basta recordar un caso muy mexicano. Durante el furor de Spider-Man: No Way Home, medios nacionales reportaron una pelea en un cine de Ciudad Juárez luego de que algunos asistentes que salían de la función comenzaron a revelar detalles importantes de la trama frente a personas que todavía esperaban entrar. La cosa terminó a golpes y el video se volvió viral.

No, desde luego, no estamos recomendando convertir el lobby del cine en función de lucha libre. Pero la anécdota sí revela algo muy serio envuelto en telaraña: para muchos espectadores, el derecho a sorprenderse sigue siendo sagrado.

Un spoiler no es solamente “contar qué pasa”. Es quitarle al otro el momento exacto en que la historia debía pegarle en la butaca. Es abrirle el regalo antes de Navidad y luego decirle: “te ahorré la molestia”. Es salir del cine convertido en villano de bajo presupuesto.

Por eso, con Brand New Day llenando salas y conversaciones, vale recordar una regla elemental de cortesía cinéfila: si ya la viste, comenta, celebra, presume tu boleto, califica las palomitas, discute los efectos, la música o el traje nuevo… pero no sueltes la trama frente a quien todavía no entra a la función.

Ten presente: un gran poder conlleva una gran responsabilidad.